CULTURA / ESPECTáCULOS › POESíA. SOLILOQUIOS EL ÚLTIMO LIBRO DE BEATRIZ VIGNOLI

Una voz que se propaga

La autora rosarina demuestra una vez más en este trabajo su indudable calidad y la madurez que alcanzó su producción.

 Por Sonia Scarabelli

La editorial independiente Huesos de Jibia, de Buenos Aires, ha publicado recientemente Soliloquios, nuevo libro de poemas de la autora rosarina Beatriz Vignoli, que una vez más hace patente la indudable calidad y madurez de su producción. Beatriz Vignoli (Rosario, 1965) es poeta, narradora, traductora literaria y crítica de arte; colabora en Rosario/12 y diversas publicaciones de poesía desde 1980, y también coordina talleres de escritura. Entre sus libros de poemas se encuentran Almagro (2000), Viernes (2001), Itaca (2004), Antología Personal (2004) y Bengala, de próxima aparición.

Los poemas que integran su último libro ﷓dividido en tres secciones, I. Clásicos, II. Modernos y III. Bonus Tracks﷓ parten de una forma común, la del "soliloquio". A este respecto, señala Vignoli en el Epílogo que "la convención teatral según la cual el actor o actriz, apartándose de la escena, pronuncia en voz alta y sólo para el público los pensamientos íntimos de su personaje, puede servir de máscara para la primera persona de la poesía lírica". Así, más allá de la máscara, lo que cuenta aquí es lo que llega a través de ella, esto es, una voz que se propaga por los poemas para tomar por asalto la fortaleza del nombre propio y devolverlo allí donde ese nombre nos conduce a una reflexión acerca de nosotros mismos y nuestra experiencia como sujetos.

Literarias o históricas, las personas, las máscaras que son puestas aquí cara a cara con el lector, toman la palabra de manera tal que hacen resquebrajarse los límites de su fisonomía, la que la literatura, el mito o la historia le han conferido. De este modo, su decir "se diferencia de cualquier indigna confesión pública" porque la voz poética que las sustenta no se contenta con abrirles la boca, sino que las sostiene aguda, sólidamente en el terreno del agón, en tanto lucha verbal y proceso en el que el yo lírico, detrás de su máscara, se opone y apela a los otros, y fundamentalmente al lector, para que ﷓retomando a Vignoli﷓ "con piedad reflexione, reflejándose en este doble, sobre los límites entre la responsabilidad y la fatalidad".

Cuando Ifigenia se levanta de su ara sacrificial para decir: "Padre: la suerte de tus armas/ no dependía de mi muerte./ Nada une a la cordera con tu enemigo./ Nada unge al metal./ No hay magia en las estrellas/ y la sangre, diversa/ jamás entrará en la letra", está muy lejos de la hija conducida con engaños a abonar la victoria del padre guerrero, que acepta finalmente su destino y cuya única elocuencia son las lágrimas. Y las palabras de Nathanael son aquí muy distintas de las de aquel estudiante decimonónico que perdió el seso luego de saber que se había enamorado de una autómata: "¿Qué es la alegría/ si el alma se maneja con resortes? [...] Fumo y bebo en el mundo como un ciego./ No quiero ver qué nueva diva han estampado/ en las cajas de fasos, no quiero/ mirar la matriz móvil de celuloide y plata/ grabarse en la pantalla, prostituir la Luz". E igualmente está muy lejos de su locura cervantina el Alonso Q. que afirma: "También son letras ellos, quienes me compadecen./ Yo he comprendido: sé que se me escribe."

Valgan estos mínimos ejemplos para dar cuenta de la manera en que Vignoli hace bailar la referencia a través de la lengua del poema en una espiral que la proyecta fuera del cuadro estricto de su anécdota y la vuelca en la mayor proximidad del lector, en su completa actualidad con "todos estos [que murieron] sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra", según confirma y advierte el epígrafe con el que se abre el libro.

De ahí que estos poemas produzcan la impresión de salirse del tiempo para instalar uno propio, ucrónico, en el que recibir la lógica de lo que no fue; y recurriendo intencionadamente al anacronismo de toda especie, y en particular al verbal, dar cuenta de la ubicuidad de la voz poética, su capacidad de desdoblarse en el tiempo y en el espacio, e inquietar toda convención sin perder su ritmo, su estela de canto. En este sentido, Soliloquios constituye también una prueba brillante y feliz ﷓de la cual Vignoli sale largamente airosa﷓, de que la lírica, como género proteico, siempre es mucho más que sólo pensamientos en voz alta.

El libro será presentado el próximo martes 14, en el Espacio Literario Juan L. Ortiz, del Centro Cultural de la Cooperación, en la ciudad de Buenos Aires, donde la editorial Huesos de Jibia lanzará además cuatro nuevos títulos de su catálogo de poesía: Un rastrojero bajo el sol, de Gustavo Gottfried; Movimientos incorpóreos, de Nurit Kasztelan; ¿Con quién dormías?, de Guadalupe Muro y Del Coyote al Correcaminos, de Osvaldo Bossi.

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Vignoli, traductora y crítica.
 
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