CONTRATAPA

Cruel en el cartel

 Por Luis Novaresio

Te falta primavera. Sí, a vos, te falta primavera. Mirá. ¿Y quién lo dice? Una marca de preservativos. Por todo el centro de la ciudad. Mirá.

Cuatro pibes con cara de algo parecido a la tristeza, algo parecido a la desazón o algo parecido al aburrimiento, te miran directo a los ojos con ese efecto siniestro que tienen los carteles publicitarios que hacen que desde el lado que los contemples, los ojos de los personajes, te miren directo a los tuyos. Puedo asegurarte que esa fue la causa de mi primera pesadilla, pibe nomás, caminando por la galería Rosario y una señorita vestida de azafata de Alitalia nos indicaba a los transeúntes con una sonrisa pulida a dentífrico con exceso de flúor que entráramos a la casa de viajes para volar a la península de nuestros abuelos. La tipa encerrada en cartel con forma de silueta humana, tamaño real, vestida de verde con gorro de enfermera pituca te miraba a los ojos cuando vos pasabas y al seguir caminando, vos, no ella que era de cartón, te seguía con la mirada. Le pedí a mi viejo que me esperara. Volví hacia atrás, la miré amenazante y volví a pasar delante del cartón. Volvió a mirarme, a cada paso, sin detenerse. No pude percibir si me sonreía o no. Del susto. A la noche soñé que ella era el diablo que había bajado a la tierra y, como Dios, nos veía aunque no la viéramos, mirá el efecto de una publicidad tonta y del catecismo recibido en la Iglesia que creía que la letra con susto a la olla pirula de los pecados entra más fácilmente.

Será por la azafata o será porque la publicidad es una de las ciencias más geniales inventadas por estos tiempos, lo concreto es que los anuncios callejeros me siguen llamando la atención. Y, sí, lo reconozco, me siguen influyendo hasta en sueños. Ya pasaron las pesadillas con los señores sonrientes que prometían cambiar a Santa Fe para el lado de los buenos tiempos o mantenerlo en la misma dirección con la experiencia de un escritor, ensayista y constitucionalista. Confieso que no fue nada grato ser testigo onírico de debates entre ellos para saber de verdad qué piensan, toda vez que el debate de ideas quedó reducido a nuestros sueños. Pero ése en otro tema.

El jueves pasé caminando por Catamarca, creo que a la altura de San Martín y digo creo porque justo ahí las calles se achican, se tuercen, generan un paso que une la Avenida del Huerto con Catamarca y no tengo claro cómo se llaman. En cualquier caso es sencillo ubicarlo, porque es a cien metros hacia el río de donde estalló la central de energía que le quitó la vida un chico de 33 años que ahora parece tiene toda la culpa de no ser perito en tanto voltios, no tener supervisión de la empresa que se quedó en el estado por orden del gobernador pero que subcontrata a cuanto privado se le cruce y todo por un poco más de mil pesos. Allí mismo, aparecieron los afiches. De colores apagados pero modernos, cuatro cuadros idénticos con adolescentes taciturnos, algunos con acné y todos con la misma sentencia: a vos te falta primavera. Firma una marca de preservativos.

Lamento estar haciendo tanta autoreferencia, me dijiste sin el menor signo de pesar, modo hipócrita de hacer creer que es justo que sigas contando en primera persona. Y dale. Tuve acné en proporciones bíblicas. Ya sé que no hay peor infierno adolescente que el propio, pero yo te aseguro, me dijiste, que mis granos florecían con una convicción notable. Y con especial dedicación en mi cara. Visitamos con mi vieja a dermatólogos, médicos generalistas, cosmetólogas y hasta una curandera que aseguraba que el limón verde y un poco de romero eran milagrosos. Probablemente el milagro haya sido haber sobrevivido. Los granos fortalecidos y yo colorado como un payo que se queda dormido al sol. Por entonces Tulipán no era tan creativo pero el imaginario popular decía lo mismo. Tanto forúnculo y divieso sólo podía obedecer a falta de sexo. Te confieso, me dijiste ahora sí con pesar y algo de vergüenza, que nunca fui precoz. En nada. Ni para pasar de escribir con lápiz a tinta ni para avivarme, verle la cara a Dios, o, hagámosla corta, para debutar en el sexo.

El caso era grave. En la clase de gimnasia de la escuela, los más grandes se reían de los que teníamos granos por ausencia de aquello. Los hermanos de nuestros amigos, los mayores, presumían de haber experimentado la cura del acné, tan natural y antigua como la vida mientras se reían de tu grano que nacía en la nariz con punta blanca destinada al apriete y a la roncha subsiguiente. Yo sentí que quería tener la piel lisa antes que saber de qué se trataba revolcarse con otro cuerpo. En cualquier caso, tenía mucho miedo.

Juan José me cuenta que integra un grupo católico que trabaja con los jóvenes que no la pasan bien y me dice que no entiende cómo un fiscal no interviene y pide que se retire la publicidad de preservativos. El cree que es una inadmisible imposición de una compañía que sólo mira su lucro, incentivando sin filtro a que los pibes sean felices sólo si tienen sexo. ¿Por qué hay que ser triste si no debutás en la cama cuando ellos quieren? ¿Por qué la primavera es sexo obligado cueste lo que cueste? Eso pregunta Juan José que se indigna con los preservativos. Con la empresa, mejor dicho.

Quiero decirte, me contaste, que inmediatamente sentí que me oponía a Juan José. Creí que esa sola preocupación con exclusiva dedicación por la cama ajena de los que dicen estar preocupados por los jóvenes me saca de mi. Pero intenté pensarlo. ¿No será que hay algo de cierto en eso de creer que la felicidad es efusividad a toda costa?, pensé. ¿No hay felicidad a medio tono? Y no te hablo nada más que del sexo. Las fiestas se celebran a los gritos, con pirotecnia y música que ensordezca y, cómo no, fuera de uno mismo a base de vino, cerveza y mucha comida. La felicidad, y me siento un amargo diciendo esto, es no responder con cuerpo y alma a lo que se siente, sino salirse de uno mismo, enajenados con alcohol o ruido para garantizar alegría. ¿O no fuiste el aburrido del grupo si preferías algo de calma en medio del delirio con música de Brasil, trencito, corbata en la cabeza y sudor compartido con el que te baila enfrente?

Aparte de ser un amargo, me dijiste, me parece que esto no tiene nada que ver con la primavera y los preservativos. Es tonto desconocer que el clima más agradable, el poder mostrar más los cuerpos menos vestidos, las ganas que da el calorcito, generan una sensación, dije sensación de calentura general. Los pibes, con o sin acné, se acuestan más que en tu época. Esa es otra realidad que se prueba con números y no con opiniones. Y, entonces, está muy bien que se cuiden con condones. ¿Es más grave ser inducido a tener sexo, acto natural si lo hay, o que una piba de 15 años quede embarazada?

A mi acné hubo que soportarlo bastante tiempo. Demasiado. La prostituta con la que debuté, me contaste, no usaba Tulipán porque aquellas épocas no eran las de los preservativos. Lo pienso y me da mucho menos temor haber fracaso como amante combatiendo los granos que la posibilidad de haber tenido que recurrir al remedio de la penicilina. Entonces había eso. Hoy, ya se sabe, no alcanza.

Y los afiches no están tan mal. Aunque mi felicidad tenga medios tonos.

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