CONTRATAPA

Inquilinas de temporada

 Por Sonia Catela

Para dársela a la vieja de arriba le basta con refregarse un poco en las nalgas de Nelly, apretándole las carnes y cacheándola de bultos; luego subir a toda prisa, antes de que las arremetidas que acopia su entrepierna se le evaporen. Las damas que le alquilan un departamento de temporada, verdaderas antigüedades enchapadas en oro con cartelito de año de origen arrastran sus labios bottox y sus pasitos, aunque ésta, porteña y pelirroja, no se echa en el sofá mostrando los muslos plisados ni trota por el flat convidando: ¿un daiquiri, Marito, un tequilita?, esponjándose el ralo plumaje amarillento: ¿ves qué rápido que me he bronceado? No, ésta, Gina, lo examina desde detrás de un catalejo personal, distante. Empujándola -cierta rudeza les equivale a deseo﷓ la conduce al dormitorio, a que eche espumarajos cuando él la desflora, atención de la casa.

Y ellas (todas) lagrimean; tal la pretensión de sus inquilinas de temporada: el balcón al mar, la aventura de cama, el cirujano plástico de milagros que aloja la villa, a eso vienen y eso se llevan, "me casaría con vos, Marito, si no tuviera la sarta de sanguijuelas que parí y me han hecho firmar acuerdos y contratos, procreé judas", lloriquean; mienten. Esta, Gina, acaba de aterrizar de Buenos Aires, y tendida boca abajo entre las almohadas, igual que las ruinas de una Mata Hari, no se conforma, diagnostica, como cuando ella vivía y era algo parecido a una psicóloga; ninguna ejerce ya, ninguna se conjuga en presente; sólo se comen los recuerdos. "¿Y yo te gusto, amorcito? aparte de la plata, claro", le hinca el colmillo; él se dedica a lo suyo: la escenografía: "¿No hay mucho resplandor, Gina? ¿cierro la persiana, o lo preferís así?", "Hagámoslo a carne viva, palomito, ¿sos casado?"; las viejas siempre quieren sacarle algo extra, regatean precios, protestan porque comparan lo que ven con la película de su imaginación Disney, examinan el televisor, olisquean las flores, "ah de plástico, no", la marca del perfume que él les regala, la heterogeneidad de la vajilla,

"No me contestaste, Mario, ¿hay esposa?", "Tengo, sí", ella le clava una risita: "La que no está al tanto del sucio secretito de su maridoà ¿no?", "¿Cuál? ¿Qué manejo una inmobiliaria?", Gina usa la risa como tijera; va tajeándolo; "Puerquito, puerquito". La desnuda con suavidad; ésta se ha teñido su mata púbica de un rojo volcán y se ha colgado un arito en el ombligo inflado, "Linda vida la tuya, amorcito" acota con sorna y sorbe el último trago de licor que él le acaba de alcanzar, "Fácil ¿no", ¿por qué sigue batiendo el buche? busca abrirle puertas esa mujer, puertas por las que se le cuelen intrusos, por eso tanta pregunta de cuando vivía y era psicóloga,

"¿Y madre, tenés?"; Gina se acomoda el corpiño; antes de ir a la isla todas las inquilinan se pasan el dato y se compran ropa Victoria Secret; cuando llegan conocen el mecanismo, el trago de bienvenida, la ilusión, "Y decime ¿madre tenés?", "Claro; vive en Argentina", "¿Cómo lo hacés?", dice ésta, "¿Cómo hago qué?", ella cabecea hacia su arma que acaba de vaciar todas sus municiones, "¿Cómo te las arreglás? yo podría ser tu madre", "O mi abuela", chacotea Mario; total, qué grosería nueva le pueden dedicar, ya lo ha escuchado todo, "Claro, si te atracaste a mi vieja, en el 2006, Lola Méndez, te acordás?", "¿Cómo?" se turba, "Era una broma, querido, pero se ve que no estás vacunado".

La porteña quiere dejarlo de puertas desatrancadas y que lo invadan villanos, preguntas forajidas, depravados.

Pese al sarcasmo, acaba exitosamente la performance, aplausos para Mario, "¿Te gustó?". Cuando arman sus maletas y parten, las viejas dejan una notita con plata suelta para que él la tome de propina, les gusta pagarle a un hombre, su desquite de eternas mantenidas, pero Gina larga un llanto a destiempo, amargo; Mario palpa una de esas lágrimas porque la mujer llora esperma, su esperma, ¿dónde va a ir, si no, lo que él le coloca gentilmente? "Sabés Mario, yo era una mina cautivante, ¿por qué tengo que recurrir a vos, a alguien que se refriega contra las nalgas de su secretaria para poder encararme?", "Tranquila, Gina", sin embargo él sabe que lo peor para ellas es ese conjugarse en "era", era joven, era jefa del departamento de Psicología, era atractiva. Las "era", como las llama. La mujer vuelca hacia atrás su cabeza, se sorbe los mocos, la rabia, ahora se dispone a morder: "Conozco a los canallas como vos. Vos buscás tu plata, puta. Eso sos, puta". Con movimientos estudiados él se incorpora, recoge la remera y responde exactamente lo que debe que responder, "¿Lo hacemos de nuevo, chiquita?" sabiendo que produce la mentira que, también ella, como cualquiera de las otras, como todas, necesita oír. Injertarle nuevos recuerdos postizos a los que poder hincarles el diente también postizo.

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