CONTRATAPA

Las hermanas inglesas

 Por Miguel Roig (*)

En los últimos días del año, como es habitual, hay tiempo para demorarse con amigos. Me ha llamado la atención, entre quienes afectivamente me siento más cerca, el dolor que experimentan por desentendimientos sentimentales. Lo curioso, quiero decir, es que, de repente, parece que todos hablaran de lo mismo.

Una amiga que inició una relación hace poco tiempo ha perdido el contacto con su pareja sin explicación ni razones; un amigo, bastante joven, se enamoró de alguien que le corresponde, pero está inmovilizado, asustado y superado por la situación, incapaz de dar rienda suelta a sus impulsos; otro amigo me contaba que conoció a alguien que podía echar luz sobre su aburrida vida sentimental, consistente en una relación de varios años que no iba a ningún sitio, y un par de semanas después me comenta que no cree que ninguna de las dos alternativas le resulta satisfactoria.

Todo esto me ha recordado a Katherine y Sylvia.

Hace ya bastante tiempo, pasé largas temporadas en Londres. A través de una amiga inglesa me puse en contacto con Katherine para alquilar una habitación en su casa.

Un taxi me llevó a Hampstead Heath, un barrio en el norte de Londres, y me dejó con mi valija frente a una casa de dos plantas con un amplio jardín. Salió a recibirme una mujer mayor, de inmensa figura, y antes de poner un pie dentro de su casa me informó que no vivía sola; señaló, entonces, una pequeña abertura en forma de arco en la parte inferior de la puerta. En la casa viven Beatriz y Oskar, me dijo. Entonces me di cuenta de que estaba escoltada por dos gatos. Ellos, los gatos, me advirtió, son los verdaderos huéspedes de la casa y hay que respetar sus costumbres y caprichos, ¿está claro?

Katherine Mulisch era ginecóloga y vivía sola. Junto a su ex marido introdujeron en los años sesenta la píldora anticonceptiva en el Reino Unido, razón por la cual contaba con cierto prestigio y su consultorio estaba siempre atestado de pacientes. Ella vivía en la planta baja y yo ocupaba el primer piso, aunque sólo le pagaba por el alquiler de una habitación. Con el correr de los días me di cuenta de que ya me consideraba uno más de la casa ﷓junto a Oskar y a Beatriz﷓ cuando a mi llegada, al anochecer, sacaba la botella de sherry, servía dos copas generosas y acto seguido, se pinchaba con un alfiler el dedo para medir el nivel de azúcar que tenía en la sangre.

Una noche me contó la historia de su familia. Su padre había nacido en Ciudad del Cabo, pero sus abuelos eran holandeses, por lo tanto, al alcanzar la mayoría de edad, podía elegir entre la nacionalidad holandesa o la inglesa, ya que Sudáfrica pertenecía a la Commonwealth. Ante la disyuntiva, optó por viajar a Londres para conocer el país antes de elegir. En el viaje se hizo amigo de un viajero inglés que le ofreció hospedaje al llegar a la capital inglesa y allí conoció a su hija, con la que se acabó casando; de ese matrimonio nació Katherine.

El padre de Katherine era director de arte en una agencia de publicidad y tenía un amigo que visitaba la casa y jugaba con ella cuando era pequeña. Durante la Segunda Guerra, el Blitz sorprendió al señor Mulisch y a su hija en la calle; él se abalanzó sobre ella para protegerla y lo consiguió, pero le costó la vida. Tiempo después la viuda se casó con el amigo que frecuentaba la casa. La nueva pareja tuvo otra hija, Sylvia. Siendo ya adulta Katherine supo que su padre y su padrastro habían sido amantes.

Katherine llevaba muchos años separada, sin pareja, viviendo sola. Una noche me habló de ello. Es el precio de la libertad, dijo, la soledad es lo que debemos pagar si queremos vivir a nuestra manera.

Cuando me disponía a instalarme en su casa una vez más, en la que sería mi tercera y última estancia prolongada en Londres, me dijo que su hijo había regresado de Estados Unidos y que por un tiempo viviría en la planta alta donde yo me había alojado anteriormente, pero que su hermana Sylvia me podía hospedar. Sin abandonar el barrio, cerca del cementerio de Highgate, en una pequeña comunidad con construcciones de estilo gótico, estaba la casa de Sylvia, una mujer delgada con una larga cabellera entrecana, parecida a la de Susan Sontag. Vestía ropa suelta de colores apagados y sus ojos, grises como el pelo, miraban el mundo de una manera profunda; su voz no era chillona como la de Katherine, sino tenue pero firme. Era profesora de la University of the Arts London y vivía sola: Sylvia también estaba divorciada. Estaría al borde de cumplir sesenta años, pero uno al mirarla no pensaba en eso; comprendí entonces ﷓todo al final se aprende﷓ que la edad sólo tiene importancia para el pobre diablo que tiene que escribir una crónica en una revista del corazón.

En las primeras semanas me crucé pocas veces con ella. Cuando yo dejaba la casa, ella aún estaba en su cuarto y por la noche, o bien no había llegado o estaba entretenida con alguna visita, por lo general algún alumno con el que solía cenar o tomar una copa en el porche. Un domingo al anochecer, yo regresaba de un viaje de fin de semana y encontré la casa sola. Al rato, sonó el teléfono. Era la hija de Sylvia, que me informaba que su madre se había caído el día anterior y se había fracturado la cadera. Fui a visitarla varias veces al hospital donde pasó una larga temporada inmovilizada. Le llevaba flores y tomábamos el té en compañía de otros pacientes de la sala de traumatología. Cuando al fin le dieron el alta, se instaló en la casa de Katherine, quien cuidaba de ella durante su convalecencia.

Antes de regresar a Madrid, visité a las hermanas un par de veces. El día de mi partida, me llevé un abrazo de Katherine que me dejó al borde de la asfixia y una frase de Sylvia: qué pena que no hayamos podido conversar.

Los encuentros con mis amigos, estos días, me han hecho recordar a Katherine y a Sylvia. O mejor, al sedimento de la experiencia de estas mujeres expresado en sus dos sentencias: el coraje de elegir la soledad, y lo poco que hemos hablado con quien deberíamos haberlo hecho.

Hay un cuento que rescatan en su antología de la literatura fantástica Borges, Bioy y Silvina Ocampo. No recuerdo el título ni el autor, sólo la trama: no ha quedado nadie en el mundo, sólo una persona que está en su casa, encerrada, y es consciente de que todos, salvo ella, han muerto. De repente, golpean a su puerta.

¿No es eso lo que nos pasa, a veces, cuando nos cruzamos con alguien?

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