CONTRATAPA

Democracia en la playa

 Por Luis Novaresio

Desde Río de Janeiro

Uno: La playa es la democracia más pura. Todos bajo el mismo sol. Poca cosa sobre los cuerpos para ostentar. La misma mirada sobre el mismo mar. Aristóteles creía en el ágora de los ciudadanos reunidos que iban a escuchar a los gobernantes para que se sometieran a votaciones sus propuestas. Una idiota concepción de ninfas y mancebos pacíficos sentados alrededor de las enseñanzas de la mayéutica socrática sonando al compás del ¿y tú qué piensas Zenón?, ¿algo distinto que lo que yo creo Atipías? Y ya sabés, me lo contaste aquí mismo, que para alzar la voz en la Grecia del Partenón hacía falta ser libre, ciudadano, varón y rico. La playa es otra cosa.

A vos te da por llegar temprano. ¿Temprano es a qué hora? A las 8 y media. Eso es temprano. No hay capirinha que a la noche pueda con las ganas de pensar la mañana desde temprano. Con las primeras luces, me decís, se tienen más ganas de parir novedades. Yo, ni te lo cuento, en vacaciones, prefiero dormir y dejarles las tareas de parto a los otros. Están los que corren por la arena porque creen que el viento y el agua yodada les garantizan bronquios para diez años más. Y corren. Hay otros que corren porque pagan en cuotas de pasos acelerados la gula del año que pasa que golpea en el traje de baño que ya no sirve. ¿El del año pasado no me anda? No me anda. Ellos también están. Están los que pasean a sus perros desafiando los carteles que prohíben que los canes pisen la arena humana. Y a esos, me decís, los saludo. ¿Quién dice que el mar de Ipanema no es para esos perros que juegan a morder las olas o a saltar la espuma salada con una alegría contagiosa? ¿Qué contaminan? A ver si recorrés las mugre que dejamos del mono darviniano empetrolando o llenando de basura. Están los que recién llegan a la ciudad, cola y espalda blancas, protector 50 en aerosol, lentes oscuros y la convicción de no perder ni cinco minutos para garantizar que vuelvo bronceado. Y te reís. Te miro. ¿Uno toma sol para uno o para que los otros sepan que pasó por la playa? Quiero decirte que yo no tomo sol. Que soy de los calificados como tristes porque no disfruto la reposera enfocada hacia la luz toda, la crema que se derrite con tu dermis, la sensación de que en cualquier momento llegan las papas para que todo sea rostisado al horno. Pero no puedo. Eso no se confiesa al aire libre. Apenas si me da para pensar en el sol acumulado a costa de esfuerzo poco recreativo es la chapa patente, la revisión técnica obligatoria, que garantiza que te fuiste de vacaciones al mar.

Están los que corren, los de los perros, los del sol iniciático y, algo más tarde, empiezan a llegar ellos.

Dos: El profesor e historiador Roberto Segre www.politicasdevivienda.com.ar/ponencias/PonSegre.doc) cuenta que en Brasil, soldados pobres del Ejército de la República que regresaron del nordeste a Río de Janeiro, luego de la masacre de los campesinos dirigidos por Antônio Conselheiro en el pueblo de Canudos, al carecer de alojamiento en la ciudad se instalaron en una colina periférica de la zona norte de Rio de Janeiro que denominaron Morro da Providência. Allí surgió el término favela para designar los asentamientos espontáneos, tomado de una planta leguminosa áspera y agreste, muy difundida, tanto en la selva como en la región de Río. A comienzos de siglo, en 1904 precisamente, el improvisado conjunto poseía más de mil precarias casas o barracas. A hoy, se calcula que con 6 millones de habitantes en el Municipio y once en la región metropolitana hay más de 600 favelas esparcidas por todo el territorio -tanto en los morros próximos a las áreas de los estratos adinerados como en los terrenos invadidos del suburbio pobre-, cuyo constante crecimiento alcanza en la actualidad una población de dos o tres millones. Así de incierto. La ciudad está partida, dice Segre. No es segregada sino que entremezcla constantemente opulentos y desvalidos a lo largo del Río "solar" de la zona sur -las favelas de Vidigal próxima al exclusivo hotel Sheraton; de Rocinha a la entrada de las lujosas residencias de San Conrado; Dona Marta en Botafogo, Pavlo-Pavlozinho entre Copacabana e Ipanema-, cuya imagen representa los valores estéticos y simbólicos, naturales o arquitectónicos que la hacen reconocible en el mundo entero.

Tres: El hotel cinco estrellas tiene su carpa en las que te entregan dos sombrillas por habitación, dos reposeras y las toallas de playa. Si querés más, pronuncia el chico que atiende la "barraca" haciendo sentir claro las eses para que se sepa que entiende el español, son ocho reales por cada. Por cada cosa, ha de ser. Cuatro dólares por cada. Al lado, Joao tiene su carpa en la que alquila los mismos cada, pero para el resto de los mortales. Nosotros. Cuatro reales la silla, seis el parasol. Y de regalo, porque ustedes son hermanos del Mercosur, una cerveza bien helada. Pienso. Hago un paréntesis: en La Florida, ¿se habla del Mercosur? Cierro. La democracia es como la evangelización de las pampas, sigo pensando en silencio. Alambrar los campos robados a sus dueños originales. Avanzar hacia el sur, convertir la tierra de los indios en saladeros, arrasar con todo lo que no fuera la voluntad blanca. Nosotros avanzamos con la sombrilla bien temprano en esta mañana y, sin ganado que encerrar, capturamos un par de metros cuadrados de sombra y un espacio que mira al mar inmenso en la Bahía de Guanabara. A nuestra derecha, sin metáfora, dos matrimonios italianos. A nuestra izquierda, ellos. Son cuatro. El padre, de unos cuarenta y cinco, moreno con más derecho a ser llamado negro ("preto" en Brasil, jamás "negro" si no querés pasar un mal momento) con un físico que envidiarían los que día a día gastan los espejos de los gimnasios de nuestra Rosario buscando lo que natura no dio. Lo envidiarían, es cierto, salvo su panza que, me dirá más tarde Eduardo, demuestra que en Río se toma cerveza. Su esposa se atreve a una bikini rosa. Furiosos. Su tamaño y su rosa. A nadie le importa, salvo a vos, que su cuerpo que parió cuatro hijos y pelea contra la marginación, no sepa de alimentación light ni de yogures milagrosos que reparan todo tipo de tránsito. Es bella, ¿no? Me dice también luego Eduardo mirándola cuando va al mar. Y lo es. Es una mujer bella, exuberante, que muestra en su cuerpo que pudo vivir. Y poder vivir es bello, no me digas. Sus dos hijos, los menores, ya piensan en ellos. Eloísa, así la llamo en honor a santa me dirá su madre, parte la playa, nuestro mundo, en dos. Si es cierto que las bellezas del mundo fashion se reclutan por la calle, en cualquier momento alguien le ofrecerá trabajo. Y no hablo de la idea de los varones italianos a nuestra derecha que calculan cuánto deberían pagar por Eloísa. Borradores de Lando Buzzanca tardíos, seducen sin recurrir al idioma del Dante, a la atracción peninsular. Apenas, como la gran mayoría de los italianos, piensan en los euros de sus bolsillos. Eloísa es la garota de tus sueños, te digo. Y no me hablás. Y ella lo sabe. Me alegro que tenga ese poder. El hijo menor, Gilberto, de 12, ya pelea con las olas para preguntarse si es más que la inmensidad del mar.

Viven en la favela de Cantagalo. ¿Cómo lo supiste?, te pregunto después cuando tomamos cerveza mirando la noche de Copacabana. Porque cuando se sentaron a mi lado la mujer dijo buen día. Lo dijo como al mar, con miedo a que nadie le respondiese. Saludó a la democracia. Y la aristocracia, claro, los que no son favelados, la ignoró. Salvo yo, me contaste, nadie, ni los que corren, los que toman sol, los que tienen perros o los que fueron llegando cuando el sol dijo presente a 40 grados, nadie contestó. Y ella me lo agradeció con su charla. Porque allí, todos, casi desnudos, igualados en la piel que nos dio la vida, no somos todos iguales, amigo. Y allí conversamos. De Eloísa, de Gilberto, de sus otros dos hijos, de Eduardo y de la democracia en la playa. Imperfecta. ¿O usted cree que aquí somos todos iguales?

Cuatro: Al final de la calle Farme de Amoedo, en donde nos alojamos, se alza la favela de Cantagalo. Una roca, un morro que se levanta en ángulo de 90 grados asienta las casas de Eduardo y su familia y de tantos más. Miran sin dificultad las míticas Copacabana e Ipanema. La calle Farme de Amoedo fue testigo del paso de la garota que Vinicus hizo poesía y que hoy mismo María Creuza canta con fuerza y voz estremecedoras en un barcito encantador. La calle va bajando hacia la playa en hoteles lujosos, restaurantes de sushi y gourmet, casa de anteojos importados, protegidos por una vegetación que no sólo crece, explota, en belleza sin igual. Cantagalo ve todo desde las alturas. Lejos. Un ómnibus del transporte urbano sube al morro y llega hasta la playa. Puesto 8, para ser precisos. Y la playa, toda, encuentra a todos en aparente democracia.

Cinco: Un grupo de teatro experimental realiza montajes sorpresa en las playas de Río de Janeiro. Unos, juegan a ser cariocas de clase media. Los otros, habitantes de favelas. Después de media hora, es notable ver cómo turistas y nativos levantan sus sombrillas y sillas para buscar sombra cerca de los más adinerados. Un policía, casualmente, pregunta a los favelados de dónde vienen y cuáles son sus pertenencias. La chica que vende ensaladas de frutas naturales en la barraca del hotel cinco estrellas terminó sus provisiones en el preciso momento en que la actriz que hace de pobre va a comprar.

Esta es la democracia que tenemos en las playas, te dijo la esposa de Eduardo. Y yo pienso. En sus playas. Y en las nuestras. ¿No?

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