CONTRATAPA

FESTEJOS DE LA VIRGEN

 Por Margarita Scotta *

MENOS CULTOS

La caída en descrédito del valor de la virginidad nos lleva a preguntas poco místicas: ¿Cómo ha quedado afectada la vida amorosa por la desaparición de esta creencia? ¿O es que aún persiste bajo modos disfrazados de herejía? ¿Cómo pasamos, de una generación a otra, de su culto a su bajo precio, que ni siquiera es desprecio? ¿Qué pasó en el medio, que la virginidad ya no se vive como pérdida y menos aún como ganancia?

O MAS CULTOS

Se creía que el hombre que desfloraba a la mujer lograría vincularla a él más sólidamente. Y la mujer elegía cuidadosamente al "primero" por la fuerza con que actuaba esta creencia. Las madres preservaban como templos el cuerpo de sus hijas de "cualquiera". En sus amenazas, "la primera vez" tenía a nivel de la creencia la doble misión de unir amor y sexo y evitar que el hombre no huyera con el botín del placer dejando a la joven marcada para siempre.

DEJAR LOS HABITOS

Pero, a nivel de los hábitos, sucedió a la inversa: "El primero" fue abandonado por la mujer luego del hecho perpetrado. Y al quedarse ella con "el segundo", una tanda de "hombres primeros" cayeron en la perplejidad de una fe que no pudieron ya profesar. (Además, a su vez, toda una generación de madres finalmente confesó por experiencia propia los tropiezos para consumar la unión de amor y sexo, más impracticable aún en la ceremonia de los tiempos iniciales).

EL HOMBRE DESCREIDO

En lugar del mito (muy viril) de que el hombre "inicia", en el sentido sagrado, a la mujer en la vida, encontramos al hombre descreído de poder poseerla (los médicos especialistas llaman técnicamente "disfunción sexual" a una de las consecuencias en el cuerpo masculino de la caída de este mito en la cultura). Mediante la primera relación el hombre se apropiaba de la joven porque modificaba la "realidad" de su cuerpo y esto le daba un lugar único contado como primero. Si el hombre daba a luz a la mujer desde la virgen ya no se trataba sólo de su goce obtenido (con los clásicos riesgos de robo y huida, o de uso y abuso de propiedad). Quedaba unido a la nueva criatura surgida por el milagro del encuentro y él podía así detentar la capacidad de crear vida﷓propia de la mujer. Un mito viril que también ubicaba simbólicamente al hombre como Dios; por algo, Eva nació de Adán.

NUEVOS REZOS

La mujer ya no siente que pierda nada. Y al resultar tan dudosa la marca que en el cuerpo femenino conseguía dejar el hombre, nadie quedó muy convencido de inaugurar una nueva existencia femenina (encima, el asunto en cuestión quedó reducido al sostenimiento dogmático de la institución matrimonial tradicional, perdiendo la significación en juego). Las jóvenes también se animaron a confesar que no se sentían tan diferentes, como si después de tanta expectativa "eso" no les aseguraba "ser" al fin una mujer. En sociedad, pasó a quedar mejor "decir lo que se sentía" antes que "creer en lo que se sentía". El himen, como velo corporal que resguardaba "algo" valiosísimo, ya ni figura en los manuales de biología. Su cotización en el mercado ateo bajó de un desgarrón. La mujer se desprendió del orgullo de esa piel que la cubría, casi como se devaluaron los tapados de nutria o de astrakán (hoy, adquirimos por casi nada en los circuitos laterales de ropa usada aquello que a nuestras abuelas les costó tanto). Con la virginidad pasada de moda se desplazó el acento que pesaba sobre el tabú tantas veces despiadado de los inicios, hacia el outlet de los tiempos más imprecisos que venían luego. Así pasamos de una creencia al modo religioso hacia un debate "psicologizado" acerca de la difícil convivencia posterior (con los aportes nada milagrosos de la terapia de pareja y los consejos laicos para entender cómo "se construye" una relación). Entonces, el "segundo" hombre fue más promovido que el "primero" (¿Es que la mujer aceptó borrar dónde estaba la huella de aquel paso? ¿O es que finalmente fue el hombre quien olvidó dónde había dejado la huella? Quizás, ya no es sobre la integridad del cuerpo de la mujer).

CREYENTES

¿Vive aún la vieja creencia aunque no nos demos cuenta? No es una pregunta pacata, menos nostálgica ni conservadora; es que resulta sospechosa tamaña demolición sin dejar rastros. ¿O nos cuesta reconocer sus vestigios y mutaciones entre nosotros por temor a quedar demodée o a no estar a la altura de los progresos?

EL MISTERIO FEMENINO

Parece que el hombre siempre necesitará creer que puede crear algo nuevo en la mujer para quedarse con ella. Si no tiene esta fe, tendrá relaciones casuales o perseverantes, pero la sola reproducción de sus rituales no harán a ninguna "su" mujer. Hará falta conquistar "algo" más en sus enlaces. Al lograr la libertad válida de no ser poseída, ¿qué necesitará la mujer para "sentir" que el estado de su cuerpo cambia cuando el hombre desea algo en ella o escucha el llamado de la gracia? ¿Qué nueva religiosidad, aún ignorada, vendrá para permitirnos creer que el hombre y la mujer podrían permanecer unidos?

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