CONTRATAPA

Campo minado

 Por Sonia Catela

Mi cuerpo me expulsa. Me convierte en un fantasma que no mueve vajilla ni los muebles de la casa que habitaba, y deambula en otra superficie, inmaterial, mientras, él, mi cuerpo, comete actos abominables, se declara autónomo y pone en marcha las piernas hacia donde no debe, se menea delante de Ríos, mi cuasi sagrado colega y socio, con el que me unen intocables vínculos profesionales de pleitos, litigios y costas de juicios, en los que no pueden infiltrarse naipes como éstos de los que brotan llamaradas, porque las llamas queman los expedientes y hunden al estudio en un apocalipsis terminal, no se pueden mezclar ni se han mezclado durante diez años hasta que se afinan las guillotinas de esta revolución, "Vilma" casi se desploma Ríos mientras mi cuerpo en rebeldía le descarga recursos de ramera, recursos que aumenta con una creatividad in crescendo, ya que no le presto mi voz ni él recurre a ella; Ríos saliva su asombro ante mis manos que se levantan la falda y la enrollan a la altura de la cintura, justo frente a él, como para que no le queden dudas, la impudicia irrumpiendo en el mundo de la norma y la apariencia de la norma, la carne fresca y sangrante ofendiendo los monumentos de las cédulas y la realidad de la sentencia. Ríos reacciona, gira el sillón y vuelve contra la pared el cuadro de su diploma, como para que éste no presencie la blasfemia en curso, vaya respuesta, ¿y mi "yo", yo misma, dónde me encontraré? ¿tapiada y amordazada en un subsuelo? que alguien me suelte; él, mi cuerpo, el que esta mañana se perfumó con una esencia afrodisíaca, se levantó la delantera con un corpiño que le habían regalado y jamás le permití estrenar, se inclina con descaro y manosea a Ríos, Ríos alelado "Vilma", se corta; no se atreve a apartarme porque soy su socia en el bufete y su rechazo precipitaría una poco beneficiosa división de bienes, ni puede aceptarme porque los juegos de la carne y los términos improrrogables y sellados, no se casan, él enmudece, lívido, y yo, Vilma, no puedo disculparme porque mi garganta escupe gimoteos independientes, desfasados dentro de este quirófano de la ley, mientras mis dedos avanzan donde tampoco deben e invaden un territorio en el que constatan una firme y vergonzosa aceptación de mi colega en una variable donde jamás lo hubiera sospechado, pero se trata de un reflejo condicionado, resorte que salta cuando se abre la tapa que lo prensa, y él, mi cuerpo, se le sienta arriba, lo refriega, se abusa, Ríos musita "diosito", mientras intento tipiar "he sido desalojada por mi soma" pero la mano desobedece y no acciona sobre el teclado, sin embargo, mi "yo" no puede ser menos astuto que un porción de carne insubordinada, sólo debo engañarla, distraerla, Ríos ya desata abrazos, sucumbe, la inteligencia me dicta un paso tras otro: decile "sed"; le bombeo órdenes físicas a mi cuerpo para confundirlo, y vos, Ríos, resistí, que la crisis no te aplaste, "sed" empujo y parece que lo convenzo, mi cuerpo se levanta presa de la necesidad de beber y Ríos deberá aprovechar su oportunidad, huir del bufete a toda máquina hasta que mi yo recupere el volante, frene y retome el comando en ruta, ¿cómo? pero mi socio no sale de su colapso sino que se entrega al desmoronamiento, me ase, se pliega a las fuerzas insurreccionales.

Recupero la unidad psíquica y corporal un par de horas después. Trato de explicarle a Ríos. No hilvano argumentos. El busca un peine de su saco y se lo pasa lánguidamente por el pelo. Suspira. Sin aviso, un corte de luz de los habituales en la EPE nos sumerge en la tenebrosidad del tercer mundo. Cuando se reanuda el servicio, ante nuestras computadoras, compuestos y atildados, digo: "habría que demandar a la empresa de energía por entorpecimiento de nuestro derecho al trabajo", "Menos mal que nos quedan tres horas para presentar la apelación de Carrero versus Maletti", apunta desde su escritorio, "Tiempo suficiente", avalo. Aunque nunca se sabe. Tipiamos como locos para llegar a tiempo. Tipiar es palear cenizas de tiempo y olvido sobre lo consumado. Rápido. En tanto, no dejo de vigilar los movimientos de él, mi desmadrado. Dócil como un lactante. Pero no me confío; si se le ocurre descarriarse lo hará sin sembrar sospechas previas, antes de que lo cerque con los alambrados de púas de la prudencia. Pero ¿qué hace esa melena desatándose el rodete y soltándose al aire? "Ay Vilma", susurra Ríos y rápidamente da vuelta el diploma para que la pared lo sustraiga de vergonzosas visiones. ¿Dos veces en un día? Mas, de repente, la solución: un gendarme que vigile nuestros movimientos, la quinta columna enquistada y espiándonos. Propongo: "tendríamos que contratar un ayudante", y añado: "Estamos muy recargados de laburo, aparte, se consiguen por chirolas en saldos y liquidaciones". Ríos asiente, alza el hilo al vuelo: un tercero aquí garantizará la seguridad y el orden. Mi cuerpo entrará en vereda. Su cuerpo también. La profesionalidad quedará garantizada. No habrá lesión en el nivel de desempeño del estudio jurídico. Ni mermas en los ingresos. Un "je je" brota de la nada. Lo observo a Ríos. Preocupada. Ríos me observa. Alarmado. Otro "je je" corre, duplicado, por este sacro espacio. Ay.

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