CONTRATAPA

Metales

Sonia Catela

 Por Sonia Catela

Con los cinco anillos de metales diferentes que le ha hecho poner a Concepción promete expulsarle los dolores que la agobian; le colocó uno en cada dedo de la mano izquierda, cobre, níquel, bronce, plomo, el quinto fundido con lascas de un metereorito, este vizcaíno que se dice médico pero ¿qué clase de medicina practica?,

"la lucha de contrarios", se agacha, aplica la lupa sobre un tallo, lo corta y guarda. Va guiándome por el patio; su mano sobre mi nuca teclea datos, "el cobre se impone al serpentario intestinal que la tiene tan a mal traer a su hermana; el plomo vence sus excitaciones", y pasa las páginas de su dudosa terapéutica para que me ilustre, "toque este gusano". Me retraigo, tres días desde que brotó de la nada y se apropió del cuarto de huéspedes, con el aval de Atilio, "sí, pero... sus prácticas...qué poco ortodoxas ¿verdad?", acoto. "¿Acaso su hermana Concepción no ha mejorado? Y hoy, la fumigaremos con unas hierbas de Perú, ah, ya verá ", mas cuando advierte que me mantengo escéptica (¿fumigarla? ¿lucha de los contrarios?) insiste "ya va ver. Sí, verá"

porque nuestra hermana no aguantaba más los vientos y el doctor Rey, de paso por el pueblo y enterado de nuestra doliente, atravesó el portón, se presentó, prescribió los anillos y con esos méritos fue escoltado con equipaje y corona de laureles a la mejor habitación que tenemos, y hubo que conseguir el meteorito de donde raspar el material para fundir el quinto anillo, y sin objeciones, al atardecer del mismo día del arribo de este doctor, Atilio, convencidísimo, se subió a la ford y él y el médico marcharon sin dilaciones a un paraje desolado de Chaco que el recién llegado había señalado en un mapa y al que accedieron con bastantes fatigas, taladro en mano. "Me siento más animada" asegura Concepción quien en la cabeza también lleva un trenzado de metales curativos, "¿ha visto? nuestra enferma mejora" aporrea su índice el doctor para pulverizar mi escepticismo, "mejora", me pide que le sostenga el cucurucho repleto de gusanos cosechados de plantas, enredaderas y arbustos, un test de mi posible desobediencia; lo tomo con rechazo; gira hacia mí cada vez que retira cuanta hoja se muestra cubierta de manchas negras, "no la veo muy convencida", dice "y es la única de los tres Morbidoni que no acepta los resultados, siendo que los resultados se hallan a la vista" y señala las vacas que aumentaron "diez kilos promedio", como se inflama Atilio, quien le extendió cartas de crédito en blanco a las promesas del doctor de que podía mejorarle el rendimiento de pasturas y engordarle el ganado, y se encaminaron al molino donde el científico ató unos haces de yuyos energéticos en la salida del agua que bebe el ganado y del tubo brotó el engorde de las reses ¿cuál es su truco? ¿qué hace aquí este hombre de saco negro, gafas con aros de oro y anillo de sello desparramando milagros en burbujas?

Me toma la mano, abre la palma, superpone sus dedos sobre los míos con una ranura de distancia, pregunta si percibo la energía que corre de un miembro al otro. Lo aparto con brusquedad. "Usted me cree un impostor"; su voz, indiferente. No espera que le ratifique su conjetura, impostor, sí, "¿seguimos nuestro trabajo?" y continúa recolectando las materias primas con las que fumigará a mi hermana, porque los vientos la removían entera a Concepción, como si le levantaran un polvo interno sedimentado y éste se le abatiera sobre las células, la sangre, la vista y los brazos, y le pusieran un ánimo de suicidio o desesperación, lo que no es leyenda de aparecidos, sino realidad de estos cuasi vendavales que azotan la llanura y contagian maldiciones entre sus habitantes, Rey aprieta los gusanos blanquiamarillentos, recoge una docena de bichos bolitas y empaca en cucuruchos todo aquello con lo que compondrá fórmulas de barbarie y sanación. Pasado el mediodía la ubica a Concepción orientada al Norte; "¿me siento o me quedo parada, doctor?". De pie. "¿Este aparato le parece bien, doctor?", Atilio arma el pulverizador con el que desinfecta la hacienda y los dos esperan el visto bueno de él, médico, que detecta las pestes que se contagian del reino vegetal al animal, en un tránsito redondo, lucha de los contrarios ("El Lenin de la biología" me burlo para mis adentros, disidente minoritaria frente al arrobo de los de mi casa) él, con gafas de aros de oro y anillo de sello, él, me echa una señal que va de su ojo a mi mano, que la examine, que mire. Las líneas de vida que dibujan un mapa en mi palma desde que naciera, ahora se mueven como el ramaje de un árbol al compás de la brisa y yo, la única a la que no ha seducido, la única que murmura abiertamente "farsante" ve como las líneas vueltas árbol, agitadas, dejan caer algo, frutitas rojas, unas como cerezas que el doctor recoge y se las come de a una, paladeando, en tanto se ríe ligeramente y me dirige ocasionales miradas como si se estuviera comiendo mis frutos. ¿Qué farsa es ésta? Involuntariamente me toco los pezones para cerciorarme de que me hallo en mi lugar y él ostenta su disfrute engulléndome entera con desconcierto incluido, (¿con qué trama sus engaños? ¿hipnosis?) mientras Atilio ya anuncia "todo listo, doctor" y las vaharadas de humo envuelven a Concepción que no tose, ni se irrita ni lagrimea, sino que se siente mucho pero mucho mejor. Retrocedo.

Planeo esto. Salgo de noche, tomo un bidón que sé lo que contiene. Derramo su contenido en el agua que corre, para que no se detecte su insidia. A la mañana siguiente, aparecerá (aparece) la hacienda muerta. Toda. Ahora son los ojos del doctor Rey midiéndome tras las gafas de aros de oro. "Sus yuyos, sus yuyos malditos masacraron mi campo" enloquece Atilio puñeteando lo que se le cruza al paso, perro, gato, tobillo de hermana.

Pero el quiropráctico no me acusa. Enciende un puro, le toma la mano a Atilio, la sujeta. Dice: "vayamos a solucionar el problema".

No me quedo a ver cómo se las arregla. Ya tengo el bolso listo; una rápida despedida y ómnibus directo a mi departamento de Rosario.

Semanalmente me llegan noticias de Colonia Dora. Las vacas se recuperan, no se trataba de nada grave (¿las resucitó? pero si yacían difuntas, en pura muerte. ¿O las sustituyó subrepticiamente? en este caso ¿cómo fraguó las marcas?) El matrimonio del doctor Rey con Concepción marcha de maravillas, más ahora que la ha curado totalmente de sus males. El campo prospera.

Permanentemente controlo el árbol que el doctor plantó en las rayas de mi mano. El viernes dejó de echar esas frutas rojas que encontraba tan pulposas cuando me las comía. El sábado se peló completo escupiendo sus hojas sobre mi pechera. Desde el domingo, se le resquebrajan y caen las ramitas menores. El árbol se seca, eso le ocurre. Se seca y se seca. ¿Qué significa? ¿qué puede pasar conmigo? y ¿qué será de mí si me doblo, y, con el rabo entre las piernas termino recurriendo al farsante?

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