CONTRATAPA

Descacharrando

 Por Sonia Catela

729 sentenciados. De acuerdo, aunque no sean tantos ni todos, pero decenas, una centena de ellos, acaso más, ya llevan la horca anudada al cuello. Y no paran de llegar, a paladas, bajo esa llovizna tenue, a meternos en problemas con su fiebre; caen del barrio, protegiéndose de la garúa negra a manotazos. "Primera medida, señora Ochoa, sáqueme toda la basura que tenga en el patio" reprendo a la mujer como si con eso se resolviera la epidemia. Inicia una explicación: "¿sabe doctor? en el patio no tenemos..." se corta; agacha la lengua. No como mi esposa Clara. Pero por más que llamemos al Ministerio ¿con qué responden? mandan trescientos frasquitos de repelente, un chiste, eso estaría bien en la década del 40, cuando lo que pasaba en Charata quedaba encerrado en Charata, como debía ser si vamos al caso, porque ¿cuántos funerales van a desfilar por las calles del pueblo? ¿cien? ¿no se dan cuenta los del Ministerio? Van a juntarse los gusanos y los micrófonos, anudados al unísono, y cuando se arme, caerán cabezas, la mía en primer lugar. Le doy un frasco de repelente a la señora Ochoa, le explico el modo de usarlo tal si le entregara un aparato electrónico de alta complejidad. "los nenes, doctor", se le empañan las palabras, "con esto ¿van a estar bien?", "quedarán protegidos". Qué puedo decirle. La verdad no. "¿Y cuando se me termine la botellita?", "Recibiremos lo necesario" (Imagino). ¿Qué verán los ojos de la señora Ochoa? ¿las carrozas fúnebres que marchan por la avenida del pueblo? "Fróteles bien los tobillos, los brazos, señora". No dude en traerlos si los nota afiebrados, señora. Que aquí no haremos nada, aparte de medirles la temperatura y sacarles sangre para un análisis. Eso uno se lo embucha, palmaditas en la espalda, no derroche el remedio, que escasea; vale oro. Porque ¿la Ministra qué declara? "Estamos descacharrando. Nunca se hizo este trabajo, yo no tengo la culpa". Descacharrando: hace vaciar los floreros del cementerio del pueblo y habla de que hay que acatar la autonomía de los municipios, por eso no puede ¿qué? ¿meterse a fumigar? De fumigar ni palabra. Por extremo respeto a las jurisdicciones municipales. Y Clara embutida en esa campana de tules blancos que se hizo fabricar, sin sacar la nariz de casa desde que llovió peste en el pueblo. Dos semanas ya, "el medioevo, Víctor, date cuenta". "Bueno, querida, pero acariciame un poco por favor". "¿Hay muchos casos positivos, Víctor?". "Todavía no tenemos los resultados. Mañana llegan". Cuando paso por la Terminal a retirar el envío del Ministerio, Zamora me curiosea: "¿así que su mujer se vuelve a Rosario?". Como yo ando en ayunas (¿Clara viaja?) asumo un aire doctoral: "¿Y vos ya te agarraste el frasco de repelente que íbamos a darte, che?" porque el boletero es amigo de meter mano en las encomiendas ajenas, "pero doctor... Salúdela de mi parte a su esposa; mañana me toca el turno vespertino, no la voy a ver" se encoge y me entrega la caja para el hospital. Conque Clara... ¿se habrá enfermado su madre? ¿Por qué se marcha? La hilera de pacientes viborea, casos positivos, mañana. Obsesionada, mi mujer se mira con una lupa la marca en la pantorrilla que le dejó la picadura de un mosquito, siempre el termómetro colgándole de la garganta, metiéndoselo continuamente en la boca, treinta y seis, y medio, campanea sin tregua, "la edad media, la edad media, Víctor", anda de aquí para allá debajo del mosquitero, y caminando deambulará de ese modo hasta mañana a las nueve. Mañana a las nueve parte el ómnibus hacia Rosario. Tengo que saber. "Encárguese de los pacientes" le tiro el paquete a la enfermera, "quieren hablar con usted, doctor, están asustados" alega Rosita interponiendo defensa por esa carne asustada, dócil, paciente que desborda el pasillo. Me desinfecto, me quito la chaquetilla, a casa. Sobre la mesa de luz, el ticket de flechabus como un televisor. Clara lloriquea; no puede, simplemente no puede. Dengue. Ella se vuelve al siglo XXI. "Acompañame", me tiende los brazos. Cómo me pide semejante cosa. Pero, por otro lado ¿por qué no tendría derecho a pedírmelo? Se agita bajo los tules, bañada en off. "Sacá una licencia en el hospital", ruega. "Clara", digo bajo la correntada del timbre y pese a todas las advertencias de que al doctor no se lo molesta en su domicilio, que para eso está el hospital donde atiende, el doctor abre la puerta a algo que ¿quién quiere ver? la equivocación en el umbral, la señora Ochoa alárgandome una torta criolla, "recién horneada" un regalo para el médico que ha de curarle al niño, el que, agarrado de su falda, sangra por todos los orificios, "dengue, hemorragia" otro error, y retrocedo pero simultáneamente estiro los brazos hacia ella, mientras la señora Ochoa se adentra en el comedor, aquí en Charata, Chaco, comenzando a entender qué le ocurrirá a su hijo, y ahuyento a Clara "andate", porque sí, efectivamente puede atraparla el error, desenfocado, local, de que todavía sea la edad media. Que a Clara no la alcance, que ponga cuatrocientos kilómetros y siete siglos de distancia con este lugar, y ya bebiendo un vaso de agua, buscando lo que no puedo darle, la señora Ochoa suplica que le salve al hijo sabiendo que eso no podrá suceder.

*En tanto se acumulaban los casos de dengue en Charata, Chaco, la ministra desmentía al director del hospital y mandaba frasquitos de repelente, ordenando el vaciamiento de recipientes como únicas medidas. Cuando se produjo la muerte de la primera víctima, se declaró oficialmente que no se trataba de dengue. En momentos en que la epidemia se torna inocultable, con 5000 pobladores infectados, autoridades de provincia y municipio cruzan acusaciones mutuas de negligencia.

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