CONTRATAPA

ANGELES CAIDOS

 Por Miriam Cairo

"En esta ciudad todos somos presa fácil", repitió el espectador asiduo de AXN y narrador vengativo, mientras me empujaba para subir en el colectivo. El chofer sonrió como si me conociera y respondí con la mitad de la sonrisa. Tardé varios minutos hasta recordar que era el flaquito sospechoso de Lost. No lo reconocí porque estaba limpio y peinado. Su presencia era menos extraña que mi decisión de leer a Rabindranath Tagore en la escuelita del infierno. Pero el narrador, conmigo, está dispuesto a todo. Cuando puede se toma venganza y me escribe misiones imposibles.

Tres calles hacia el oeste y dos más hacia el sur, el autor de relatos extraliterarios me iba dirigiendo los pasos y, a su vez, controlaba que el tiempo de mi llegada fuera exacto. Por obra de su impunidad narrativa, de un momento a otro ya estaba dentro del aula, con los alumnos apenas dispuestos a interrumpir sus preocupaciones cotidianas para prestar atención los apremios escolares.

El sol de otros cuentos entraba por los ventanales enrejados y la tinta efímera del marcador negro anunciaba el día de hoy, es decir, del hoy que fuera aquel día. El tiempo y la realidad son juguetes que el narrador maneja como quiere. Por eso la ocurrencia de traer al chofer desde la isla para manejar el colectivo, cuando bien hubiera podido recurrir a cualquiera de los muchachos de siempre.

En general, este prosista no suele utilizar el estilo directo, pero estaba empecinado en complicarme las cosas, por lo que mientras yo escribía en el pizarrón el nombre de la obra y su autor, irrumpió a mis espaldas un imprevisto: "che, Micaela, ¿vos sos virgen o ya pasaste para el otro lado?", pregunta por entero incómoda para cualquier cuento realista y poco apropiada en un relato escolar. Sin embargo, así es el manipulador narrativo. Se sale de todos los márgenes y pone en boca de alumnos de octavo año, cuestiones inconvenientes. Pero el niño de ojos turbios, qué podía hacer. Un personaje no tiene más remedio que decir lo que el omnisciente manda y entonces lanzó la pregunta privada a viva voz, sin freno, convencido de que esas cuestiones también se dirimen en ámbitos públicos.

Virgen era, la interrogada, que inmutable asintió con la cabeza e inmediatamente preguntó "¿copiamos eso?". La hermosa leona virgen me trataba como si yo fuera un ser terriblemente desvalido en la arena de la vida. En un instante el narrador puso en sus ojos una súplica secreta: "por favor, no agregue nada". Y a contrapelo de todos los preceptos pedagógicos, el narrador tuvo piedad de los ángeles caídos y borró de mi boca cualquier farfullo de moral marketinera.

De pronto entró la secretaria. También me resultó conocida, pero esta vez no tardé en darme cuenta de quién era: "Llama a tu revendedora Avón y dí viva el mañana", repite una y otra vez en las tandas publicitarias, pero en el aula, mantenía los labios cerrados y caminaba en puntas de pie para no contaminar la atmósfera pura del río Shamli que se respiraba en la escuela de las antípodas del cielo.

Para penetrar en la historia de Amal, el narrador me confirió la voz dulcísima de alguno de sus personajes preferidos. El aula, en un instante, perdió todo contacto con el mundo. La cumbia dejó de sonar en el último celular encendido, el muchachito que se inventó otro nombre como si con ello también se inventara otra vida, ya no tenía sed ni buscaba excusas para evitar las tareas escolares.

En poco tiempo, el niño de trece años, que estaba perfectamente informado sobre virginidades y consumaciones, pero que en cuestiones de aprendizaje se hallaba en plena etapa de silabeo, escuchaba hechizado cada palabra escrita por Tagore. Ese niño no era el alumno que un señor ministro imaginara, ni el que las señoras profesoras elegirían, ni el que las madres habrían soñado, ni del que las compañeras de banco se enamorarían, pero evidentemente era el niño para quien Tagore había escrito su obra.

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