CONTRATAPA

El que vuelve siempre

 Por Jorge Isaías

Ellos han estado aquí desde siempre. Yo soy el que va y viene. Cuando llego al bar del Club ("la sede" la llama el "Negro" Bonomi) están todos allí, como esperándome. Como si yo nunca hubiera partido, y cuando se recuerdan tiempos y cosas y yo hago mi esfuerzo por recordar y no logro ver aquellos rostros o rescatar aquella anécdota, mi amigo Miguel, con una casi ternura implacable, me advierte: "No, vos ya no vivías acá, ya te habías ido". Yo, casi con culpa, acepto esa disposición aclaratoria de mi amigo, que, lo sé, no lo hace para lastimarme, sino para que no hurgue en mi recuerdo con tanto inútil ahínco.

No sé si fui muy estricto con la verdad más arriba. Porque en verdad siguiendo al Maestro Troilo en este caso , "yo nunca me fui del Barrio", que en este caso concreto y específico se llama "El Jazmín" y su camiseta, orgullosamente, ostenta los colores rojiblancos.

Yo elegí los colores -me repite siempre mi amigo Roberto Escudero, primo por otra parte del inefable Miguel.

"Cholo" Belluschi, de imbatible memoria para los que en el mundo han sido, titular del "Ramos Generales Belluschi", gran contador de cuentos, virtuoso amateur del bandoneón, y gran organizador de partidos de fútbol de toda la pibada jazminera, en esta ocasión pagó riguroso el importe de las siete camisetas, y fue, -no podía ser de otra manera- el Delegado natural en todas las transacciones deportivas del equipo "El Jazmín".

Cuando mandó a mi amigo Roberto al bazar "La Primitiva" de don José Bessone, padre de Ibis, esposa del mismísimo "Cholo", es decir, a casa de su propio suegro a comprar las amadas camisetas, lo mandó, según mi amigo, para que él eligiera. Habrá que creer entonces en el libre albedrío que practicaba el "Cholo", y en la palabra de mi amigo.

Vi unas camisetas de Estudiantes. Las vi, me gustaron y las compré.

El, mi amigo, tendría doce años, era hincha del Huracán Foot Ball Club, y esos son sus colores. Es más, esas camisetas de Estudiantes se usaban a veces en algunos partidos como alternativa a la rojasangre con vistos blancos que era la habitual.

Hasta aquí los hechos digamos "institucionales", porque bien sabemos que un club en ciernes, aún con mero equipo, no existe hasta que todos se pongan la misma camiseta, valga la expresión, es decir, los mismos colores. Hasta entonces, por más voluntad que haya, es un triste rejuntado. El otro dato no menor, es que había tantos chicos que jugaban muy bien en el barrio que daba para armar tres o cuatro equipos, que se organizaban y jugaban con otros nombres, entre esa legión de "mulettos" estaba obviamente yo.

Como mi barrio, el barrio "El Jazmín" se alzaba con todos los campeonatos, una vez quisieron comprar al arquero. Un puesto donde curiosamente no había reemplazante. O era Adelqui Mansilla, o nadie. Como éste estaba lesionado recurrieron a un morocho taimado de otro barrio, que, pese al soborno no perdió el invicto. Le habían prometido diez pesos, y un pantalón de fútbol.

En el partido siguiente salimos campeones ya con nuestro legítimo y querido arquerito.

Ese equipo -lo recuerdo jugó hasta pasado el límite que permitía el reglamento, por edad. "Ese pibe, está pasado en edad", se decía cuando se quería descalificar a alguien. Pero no sé por qué no se recurría al trámite expeditivo del documento, prueba incontrarrestable.

Pero sucede que estos campeonatos no eran sino reuniones deportivas de verano, organizado por la Cooperativa Agrícola Federal de mi pueblo, tanto para alentar a esos bravos muchachitos que irían a la canteras de los clubes locales.

En ese equipo -no olvido sus nombres estaban Adelqui Mansilla, al arco, en defensa Héctor Pezzoni, a quien decían, nunca sabré por qué, "Loca mía", Edgardo Santos (Santitos), Nino Míguez, Roberto Escudero. Y en la delantera goleadora y eficaz: Roberto Ellena ("El Flaco Lenita"), Chocho Faravelli y Lorenzo Miranda. Hay una foto que fue tomada en la cortada de mi casa, y están rodeados por toda la pibada menor: Tago Sánchez, Chorchi López, Chajá Correa, los hermanos Pili y Toto Míguez y un servidor.

Cuando pienso en aquellas épocas tan lejanas, que parecen imposibles de haber sido reales, lo hago con la intención de no idealizar aquella niñez de muchas carencias, que no olvido, sino que me empeño en recuperar aquellas pequeñas alegrías que para nosotros era un mundo y sobre todo lo hago para que vuelvan las que están olvidadas.

Es casi como querer rescatar de un gran puñado de cenizas, algún palito, alguna hierba que se salvó del juego implacable de los años.

¿Qué derecho tengo yo de traer del pasado tanta anécdota perdida?

Porque esas vivencias fueron en verdad compartidas por un grupo de chicos, hijos todos de gente de trabajo, obreros, changadores, jornaleros, que hacía como podían sus pininos en esta vida de dureza que todos transitamos con mayor o menor fortuna.

El barrio "El Jazmín", mi barrio, el fue el núcleo donde tuve mi primer contacto con el mundo de los otros, que eran como yo. Antes que la propia escuela primaria que transité con sumo placer.

Y en esas calles, bajo ese cielo sin color casi del verano, transité, corrí, jugué, me entreveré con mis amigos, sudorosos y descalzos tras una pelota de trapo.

Y la gloria esperada era marcar ese último gol de la tardecita, cuando las sombras de la noche nos corrían antes que el chistido admonitorio de nuestra madre.

Y en esa gradación estaba la máxima gloria, vestir la casaca roja del Huracán: que transpiré más tarde en esa escalera.

A mí me hicieron saltar un peldaño: nunca tuve el honor de vestir la camiseta del barrio, y es en verdad irreparable, es para siempre y convengamos también que es una reiterada tristeza que llevaré siempre como una mochila en mi espalda.

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