CONTRATAPA

Mi primer empleo

 Por Adrián Abonizio

Mi primer empleo vino a caerme en el mediodía de diciembre, post Navidad, tras ese letargo de cocodrilo luego de un banquete, de sábalo lagunero en aguas tibias del barro luego de un festín, de madriguera sucia aún con restos de pieles de animales muertos, frutas podridas y olor a sidra volcada. Ese era mi estado: el alcohol envenenaba más la circulación sanguínea, así que lo único que hacía, preso en mi casa fresca era dormir de una resaca propiciada por el abatimiento tras las Fiestas por parte de los adultos que me transmitían, de sus lugares comunes, de sus reyertas, testimonios de verborragia en vano y fetiches con agujas clavadas en el cuerpo de un pariente adverso. Eso era cansancio y a mis catorce años era demasiado: por eso buscaba los huecos de baldosas sin calor de la casa y evitaba escuchar conversaciones de fracasos o enemistades ardiendo.

Era joven, creía en la gente, me sabía inocente en puñaladas y precisaba irme. Mi viejo, largando un chorro de soda sobre su copa con Amargo Obrero dictaminó señalando un punto ahí afuera Vas a trabajar, entrás mañana, mi amigo te espera. Es un buen sueldo y son solamente seis horas. Me explicó tratando de que la noticia me aliviara en vez de preocuparme. Lo tomé como un salvataje: eso me alejaría de este armisticio y saldría al fin a la vida. En la mañana sentí calambres en la panza cuando entré al depósito de repuestos para autos. Me dieron un mameluco que me quedaba grande y me ordenaron clasificar las piezas. Era sencillo; tanto que cuando me quise acordar ya era mediodía. En el ancho patio almorzaban, tirados, esquivos del sol los obreros de la planta.

Yo busqué una zona alejada y tras adquirir un sanguche en la cantina me senté en el cordón, bajo un limonero con olor a gas oil. Arriba resonaban los aires acondicionados de la oficinas de los jefes. Una voz dijo mi nombre. Me paré instantáneamente. De su casa, me dijo el tipo. Vaya tranquilo, por acá y me condujo hacia una escalera caracol que comunicaba con una oficinita discreta: el tubo marfil del teléfono volcado y la cara seria de la chica me confirmaron el presagio: mi mamá estaba internada.

Fue el verano más triste: se despide a los muertos bajo el rayo indolente del sol, se los entuba en un cajón, las manos sudadas, se transita la avenida de greda roja a paso lento y luego se tapia la puerta labrada. Te llevan de los hombros, estás transpirado, la boca seca y no se sienten las piernas. Allá abajo, en la tetilla izquierda el corazón aletea y rebota contra las costillas: está solo y apenado, está gris de bronca y pena. Por la tarde sonó el timbre. Mi tía, que aguantaba su baja presión bajo las aspas del ventilador llegó como pudo hasta la puerta. Del trabajo, dejaron esto. Y en una caja con marca de amortiguadores me devolvieron lo que había olvidado en el primer día laboral: mi ropa doblada, la llave, unas monedas, el DNI y diez pesos de paga.

Y era como si yo mismo me hubiese muerto en alguna guerra fraticida y ahora me estuvieran entregando a mi mismo las huellas de mi paso en la tierra. Muerto, yo había muerto ese día y no mi mamá. Las flores no eran suyas ni era suyo el cuerpo puesto en el arcón de madera, ni suyos los oídos que escuchaban la algarabía por el Año Nuevo que llegaba y que se propalaba por una vecina radio ajena al luto en sus cercanías. Un pajarito cantó tan fuerte que retumbó por toda la galería. Luego empezó a tronar y más tarde una lluviecita perfumada a orines de gato y madreselvas inundó la cocina. Yo salí a la galería. Mi primer día de trabajo y el adiós de mi mamá.

Ahora empezaba otro nuevo. Aprender a vivir sin ella y emplearme en algo para ayudar en la casa. Me tiré en un rincón donde nadie me pudiera ver.

Con los diez pesos ayudo a pagar el entierro, se me ocurrió, antes de cerrar los ojos.

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