rosario

Miércoles, 4 de agosto de 2010

CONTRATAPA

La confesión te salva

 Por Adrián Abonizio

No sé cuando se supone estuve listo para el catecismo, pero había una edad en que te enviaban y era lo mismo que a la guerra, a trabajar, vacunarse o ir al colegio. Un tiempo exacto prefijado por la costumbre; río desatado que nos arriaba hacia el centro donde ya no hacíamos pie y eran los adultos quienes en sus canoas nos dejaban allí, míseros como gatos mojados a merced de Dios. Nadie se oponía y hacia allí íbamos, rebaño cautivo nadador, entrando por un portoncito lateral donde una chica muy flaquita con sonrisa dibujada nos daba las primeras sentencias filosofales sobre el Misterio. No recuerdo al grupo completo. Sí a un chico cuyos cabales estaban sueltos al parecer y por eso interrumpía, como un cronista hereje o un judas impertinente con sus consultas imprevistas. Demasiado yo ya tenía con el Pecado Original, La Inmaculada Concepción como para prestarle atención. Me sentaba lejos de él para no contagiarme, sumido en lo que creían era gozo austero: hoy creo que lo que cargaba era depresión. La maestra se esmeraba en narrarnos el territorio descripto hasta con láminas del mismísimo Infierno. Un dragón negro planeaba sobre los volcanes y un ángel rojo de maledicente sonrisa tomaba de los hombros a un niño que yacía en un banco con una honda de cazar pajaritos. No matarás, señalaba ella. O una llanura árida con nubes incendiándose muy bajas y gente atosigada de comida abundante: el cielo aquél, horroroso y quemante se les caía encima pero no lo advertían. La gula, susurraba ella, educativa. Un río pútrido en cuyas orillas pescaban unos seres abominables cuyas caras estaban sumergidas como dentro de velos. Son las mortajas del pecado carnal, explicaba con delicadeza. Es el Valle de las Sombras, lo peor del Infierno. Un poco exaltada habló de fuegos dentro de uno, de llamas en las vecindades y de una multitud que danzaba para luego caer desmayada por el vicio, la inanición del espíritu y los malos pensamientos. El chico loco saltó del banco: ¡Entonces el pecado es como un cabaret!, pronunció como en una epifanía. Lo amonestaron desplazándolo hacia una de las esquinas del cuartito aquel que se asemejaba a una catacumba. Yo sólo quería terminar el encierro de sudor invernal en donde la ropa hedía y la chica exhalaba perfume a lilas mortuorias. Mi mamá me retiraba cuando sonaba una campanita y caminábamos aquellas dos cuadras con el invierno negro sobre nuestras cabezas, muy cerca del hospital donde vivían los tuberculosos. ¿Quien vigilaba entonces mi pena, mi cansancio de vivir siendo tan jovencito? ¿Porque creían que era serio y poco elocuente cuando lo que arrastraba era una horrorosa tristeza infinita que me venía de mi alma agotada por instintos pohibidos? ¿No se daban cuenta de mi dolor postergado, disimulado en el silencio? En aquella época creo recordar que nadie hablaba conmigo. Yo prestaba atención al aullar de los internados cuando pasábamos cerca de vuelta con mi madre. Es el viento, ¿ves?. Y señalaba cómo se movían las copas de los plátanos. Un chico no puede defenderse. Un chico está solo con su espíritu repleto de un mosaico de monstruos y paisajes como púas. Un chico está solitario con su locura. Por eso me alejaba del otro, del loquito: era mi espejo sano. El podía al menos, hablar, cantar, escandalizar. A mí me tenían por bueno. Pasaron muchas tardes y telenovelas del atardecer, interminables secuencias bíblicas de sangre y carne tumefacta narrada por la señorita aquella con una candidez de degolladora de cuento; pasaron muchos chicos locos en uno solo: el que no volvió, como si el mismísimo Diablo lo hubiese secuestrado. No apareció más. Se acercaba la confesión. Llegó el día. Una fila de chicos en pantalones cortos con las manos entrelazadas, esperando ponerse de cuclillas en el retablo. Yo esperaba hechizado por el Cristo que yacía en su ataúd de vidrio, herido como un perro del baldío, con sus costillas de yeso y su sangrecita pintada que le caía por el costado.Me dieron un empujoncito. Te toca a vos, mi amor, susurró por lo bajo la chica. Me puse de rodillas. Inventaría algún robo de monedas u orden incumplida. Hasta allí llegaría mi confesión: sabía que debía evitar la narración de las siestas espiando las enaguas tendidas a la sombra de la vecina bajo la parra; la visión de aquella revista que César extrajo y mostró brevemente, mi aturdimiento por saber que estaba llamado para la perdición, el tabaco y la noche. Abrió la hendija de su casulla y me preguntó alguna cosa. Apenas comencé un fétido aroma me golpeó en la cara: podredumbre como nunca había percibido de ser humano. Si es que era uno el que moraba allí dentro, en la oscuridad esperándome a que le hable. Notó mi vacilación o mi espanto. Me volvió a inquirir. Lentejas pasadas, vino agrio, carne de gato al sol, estómago de horroroso ser antediluviano, voz de tormentos. Torcí el rostro y empecé a contarle cualquier cosa para que me despachara rápido. Lo hizo.

Quise tocar el agua bendita y la pila estaba seca. Afuera, bajo el sol retintineante de pajaritos me esperaba mi madre más bella que nunca. La abracé, le llegaba a su cintura y le rogué que por favor, que huyéramos de allí hacia un sitio donde la tierra sea buena y el aroma de un mundo mejor nos envolviese. Lo pensé, nada pude decir. Mi madre tomó por Avellaneda. En los jardines del hospital los tuberculosos jugaban naipes bajo el resplandor, envueltos en un halo blanco violeta de paraísos a punto de florecer y el perfume era a gloria.

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