CONTRATAPA

Amaneceres

 Por Jorge Isaías

A mi padre, en memoria

En algunos amaneceres de entonces, que eran a cielo abierto, y muy alto allá donde mi gozo abismaba los pájaros, fuimos posiblemente los últimos felices en este planeta girador, sin sentido.

Cuando escribo que los amaneceres eran altos, muy altos, estoy diciendo que esa altura derrotaba el rocío y el que caía en los pastos lo pisarían caballos tan briosos que atravesaban el alba con sus cascos brillantes que mi abuelo cortaba a formón y martillo y le daba un toque fino con una lima de acero.

El mismo acero que Agustín Pessi usaba para sus hermosos cuchillos a los que agregaba un mango de hueso claro con vetas bellísimas de surcos oscuros. ¿Dónde había aprendido este hombre el arte de embellecer esos cuchillos que no hubieran existido sin su mediación entre paciente y mimosa?

Fue el proveedor de mi padre de todos los cuchillos que vio pasar mi infancia. Cuando mi padre les mostraba orgulloso a las escasas visitas que pasaban por casa, decía:

Me lo hizo el "Ñato" Pessi: un maestro y agregaba en un tono que nunca supe si era veraz o una de las pocas ironías que se permitía: Opino que un asado cortado con cuchillos sin filo no tiene el mismo gusto que el que se corta con un buen cuchillo. El, si le daban a elegir cuchillos, prefería la marca Arbolito o los que llevaban la firma alemana Solingen.

Mi padre podía hablar en ese tiempo largo rato sobre la solvencia de un buen cuchillo, de su filo y su peso "que debe ser justo", porque un cuchillo liviano no sirve y uno demasiado pesado, tampoco, decía en tono sentencioso. Y cuando uno le inquiría sobre el método a seguir, sonreía apenas y decía que era una de las formas de saber ser "baqueano" -es decir, experto en esas cosas que no se aprenden en la escuela y que no había un método, solo experiencia acumulada pero con inteligencia. Tenía una sola virtud mi padre en ese tiempo, y era la de dar un pronóstico de lluvia. Rara vez se equivocaba, y luego de la lluvia cuando comenzaban las discusiones por los milímetros caídos y nadie se ponía de acuerdo, todos decían "Hay que esperar a don Santos". Mi padre tenía un termómetro que el mismo había fabricado y que había puesto sobre un poste de ñandubay al final de la quinta.

Cuando a primera hora de la mañana (si la lluvia había sido de noche) se iba a tomar una ginebra al boliche de Giovanelli y se le preguntaba, él, tal vez un poco teatralmente, tal vez inhibido del papel importante que le concedían sus copoblanos, tomaba un primer sorbo de tan espirituosa bebida, carraspeaba un poco y daba su versión, que siempre era infalible.

Cayeron 37 milímetros y se zanjaba toda discusión anterior. Antes que llegara todos lo estaban esperando porque cuando no se ponían de acuerdo (a veces la diferencia eran de 2 milímetros o menos) y se enardecían los ánimos, nunca faltaba el prudente que levantaba la voz y decía:

Hay que esperar a don Santos.

Mi viejo tenía un par de otras virtudes hoy muy raras: no mentía nunca, aunque eso le costara un dolor de cabeza. No vi en mi vida en un ser tan falto de tacto. No hubiera servido para la diplomacia. La otra era no dejar nunca de pagar una deuda aunque no comiera por ello.

La honestidad es el único capital que tengo, decía.

Conmigo nunca habló de cosas de la vida que mí me hubieran servido. Era hosco, seco, concluyente y autoritario. Pero predicaba con el ejemplo.

Curiosamente, o mejor dicho, no sin asombro escucho a mi amigo Miguel Compañy confesar que él buscaba en su adolescencia el consejo de mi padre. Y él, mi amigo me dice que confiaba como en un oráculo en don Santos Isaías. Porque me dice, "cuando tu viejo no sabía darme respuesta me lo decía de frente".

Tigre, yo de eso no sé nada.

No dejo de reflexionar lo raro que fue este hombre, digo, mi padre, porque con sus hijos era hosco, hablaba lo mínimo y nunca de cosas que de verdad me interesaran, y sin embargo era para mis amigos algo así como un consultor a libro abierto.

Yo comencé a escribir sobre los amaneceres de entonces si creen que me desvíe para contar algo sobre mi padre, se equivocan ese relato sobre la vida de mi padre es una deuda, y él, Santos Luis Isaías como gustaba decir, era ducho en amaneceres. Y él podía contar todos los matices que veía en esos amaneceres altos, cuando enfrenaba el "nochero" y lo montaba para traer del potrero los ocho caballos para el aradito de entonces, que irían atados para arrastrar esos dos o tres discos para roturar la tierra, en ese arado que aprendió a manejar muy rápido, con diez años apenas, ese arado que seguía una nube blanca de gaviotas y algunos teros gritadores. Las rejas al dar vuelta la tierra dejaban al descubierto los bichos del subsuelo: lombrices, isocas gordas y blancas que eran el manjar de toda ave que anduviera en el aire.

Toda esta belleza que la siembra directa sepultó para siempre.

Hablo de un tiempo en que con sólo llegar a los tamariscos de don Juan Peralta uno podía ver de qué laguna levantaban vuelo esa bandada de garzas.

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