CONTRATAPA

Juan Salvador las Pelotas

 Por Guillermo Paniaga

Mi nombre es Juan. Juan Salvador.

Existo desde siempre sin treguas ni consuelos.

Ahora mi nombre es Juan. Juan Salvador.

Así me bautizaron quienes me engendraron en esta vida.

Antes fui llamado Anak, y Boris, y Claude, y Lépidus, y Andrei, y Muhabasana, y Aristófanes y...

¡Fui tantos siendo el mismo!

No tengo paz.

Mis muertes son arduos pasajes entre vidas de un mismo existir.

Jamás tuve descansos; ahora tampoco olvidos.

Soy consciente de todo lo que ha procesado mi cerebro desde que me solté de las ramas.

Todo.

Lo que aprendí, lo que negué, lo que inventé, lo que destruí.

Todo.

Cada saber acumulado, cada error, cada traición, cada gloria.

Todo.

Y aún así, ese todo no es Todo; la carga de angustias crece con cada vida, abruma, y no vislumbro un fin.

Alguna vez, llamándome Grock, padecí de insomnio; sufrí el espanto cada día, cada noche; mi alma pedía tregua y nada se la concedía.

Fue apenas un rasguño.

Nada en comparación con mi condena, con este desvelo que me impide vivir mis muertes.

Vivir mis muertes, sí: no hay otra manera de expresarlo.

No, no, no hay desde que esta situación es extraña a las palabras; en ningún idioma he hallado la expresión que se aplique a mi eterna metempsicosis consciente... Y he vivido todas las lenguas.

Sólo yo sé cuánto sufro mi conciencia.

Esta es la gracia del Gran Jefe, mi condena.

Dios me ha condenado...

Dios...

Nunca me fue dado verlo.

Pero en verdad os digo que nadie de los que he conocido, aún aquellos que vivieron santamente sus vidas, llegaron a estar con El.

Es mentira aquello de la gran luz cegadora, de la inmensa paz, y del coro de ángeles extasiado con su presencia.

Absoluta mentira.

Sólo hay el entramado de pasajes negros y silenciosos, un laberinto cuyas falsas puertas conducen a prisiones de espacio y tiempo.

¿El cielo, el purgatorio, el infierno? Bien, gracias.

¡No hay nada!

Nada.

Salvo los calabozos, que son el ciclo repetido, las formas, los colores, los aromas, los sabores, el silencio y el ruido, las palabras y los conceptos, la memoria y la culpa, los planes y el temor.

Esto es lo que es.

Ahora es.

Siempre es.

No hay comienzo, no hay fin.

No hay premios ni castigos.

No hay un Plan ni el esbozo de un orden para el azar.

Hay un caos sostenido por la prisión y el laberinto; somos las cuentas coloreadas de un gran calidoscopio que inventa figuras para diversión de Dios.

Si hubiera paz, habría inmovilidad. Si hubiera bondad, habría inmovilidad. Si hubiera humildad, habría inmovilidad. Si hubiera amor... Si hubiera amor también habría inmovilidad.

La inmovilidad aburre a Dios.

¿Cómo explicar que la inmovilidad debiera ser el objetivo de la verdadera revolución? ¿Y cómo decir que esa rebelión sería contra el Gran Tirano?... Lo he intentado miles de veces, y El, astutamente, cada vez ha frustrado mis planes.

El no desea más que vernos sudar, temblar, llorar.

El nos quiere acá, a los saltos, obedientes a su juego; y nos enseña la sumisión a garrotazos.

La vida que Dios propone es una capciosa enseñanza de la perfección; se debe estudiar de un libro cuyas páginas son infinitas y la eternidad es el único tiempo posible para leerlo (ya hubo quienes intuyeron el tal libro, de modo que no sería difícil chequear en bibliotecas este testimonio); la suya es una cátedra en la que nadie pasa la prueba final.

Habrá quienes superen parciales, pero nada más.

Se ha ensañado con nosotros, los hombres: nos ha obligado a existir engrillados a la conciencia.

Y yo soy consciente de cada una de mis vidas en esta única existencia.

Con cada una de las postas aprendí que la muerte es nada, un absurdo, como la vida.

Aprendí y El lo supo desde siempre: mi castigo es la memoria y el descrédito... Alguna vez me llamaron Casandra.

Yo todo lo sé, todo respecto de mí, de las consecuencias, y así las cosas reitero el mismo error en cada existir.

Mi karma es la obcecación.

Desde el primer día de mi (no se si llamarlo) despertar me he emperrado en querer demostrarle a los hombres que Dios nos está esclavizando, que somos sus bufones, unos enanos groseros y deformes encerrados en un laberinto tramposo, porque no tiene salida, y atroz, porque sin muerte, acumula en los ánimos la infinita esencia del dolor.

Estos hombres, aquellos hombres, los hombres, jamás me han querido escuchar y cada vez me han vituperado, torturado, ingenuamente matado; tantas veces reboté contra la sordera que llegué a considerar la posibilidad de ser yo el equivocado; acosado por la culpa, me sometí a las más aberrantes vejaciones que un ser puede auto infligirse: caminé descalzo sobre la ardiente arena del desierto, penetré mis manos con clavos para imitar los estigmas de Aquél que todos llaman su Hijo, me azoté en las mañanas para castigar la sustancia de mis sueños, me azoté en las noches para templar mi alma y no caer en la tentación de esos sueños, lamí las llagas de los leprosos y las secreciones de los cuerpos muertos, hice votos de silencio y castidad que jamás quebranté, ceñí mis lomos con harapos y ayuné meses enteros, oré noche y día de rodillas sobre filosas piedras, me alejé de los hombres para morir en soledad... Pero El, sin dedicarme unas palabras en compensación por mi potencial arrepentimiento, una explicación sutil, un algo que me permitiera comprender su punto para acatarlo ciegamente o refutarlo con mejores argumentos, me regresó al mundo como siempre: sin olvido y sin paz.

Ya estoy harto de regresar.

Alguna vez me gustó la vida, fue durante las primeras, cuando agonizábamos en invierno pero renacíamos en primavera y el único universo posible se reducía a nuestros territorios.

El fuego era una bendición, el mundo era una bendición, el cielo, los ríos durante el deshielo, las flores, el sexo, el misterio de la luna, el poder del sol: todo una bendición.

Luego ya no, luego fue un gran pesar, un pelear por unas parcelas; matar o morir por orden de un jefe visible pero inalcanzable, sujetos que esperaban el desenlace de las batallas apostados en las cimas de las colinas.

Fue trágico también el tiempo de descubrir, de analizar, de la urgencia por encontrar una respuesta al sin sentido de aquellas, nuestras vidas.

Escribíamos, leíamos, discutíamos en busca de un origen que al menos yo sospechaba pero que aún me resultaba un tanto confuso como para afirmar que el cansancio y la congoja eran efecto de la inmortalidad.

Buscábamos la respuesta en el agua, en el fuego, en el aire, en la tierra; inventamos dioses a imagen de nuestros cuerpos; concebimos mitos a semejanza de nuestros sueños; construimos trasmundos donde fuese posible alguna vez aliviar el peso de nuestros miedos.

Qué imbéciles.

Recuerdo cada vida, cada sol, que siempre es el mismo, cada rincón del planeta; y estoy en verdad fastidiado.

Estoy harto de transcurrir.

Fui llamado Platón; aturdido por los resabios de una existencia precedente, en Nepal, he dicho infinidad de estupideces durante aquella vida y he incentivado a otros estúpidos a que me creyesen; luego esos estúpidos inventaron sus propios desatinos, como aquel cobarde llamado Aristóteles, al que luego reencontré en la Roma de Calígula, destruido por los excesos, consumido por la ignorancia.

Nada de lo que dije era cierto.

Nada.

Y lo difundí a sabiendas de la mentira.

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