CONTRATAPA

Una charla con la difunta tía Miramar

 Por Eugenio Previgliano

¿Y si fuera únicamente que una brisa mañanera la despeinó esa mañana y después ya no fuera la misma mujer encantadora que al pasar dejaba una estela de vacío por todo espacio donde no estaba?

Es probable me digo que este sol primaveral en pleno mayo venga de la mano de lluvias de meteoritos, auroras boreales, manchas solares o eventos plenamente inconsistentes: en Punilla, según me informan, nació un pequeño caballo esta misma mañana y antes del mediodía algunos paisanos ya decían haberlo visto galopando una cuesta.

¿Y si fuera que la verdadera brisa mañanera no haya pasado sobre ella sino sobre mí y haya tenido el efecto juntado de una mancha solar, una aurora boreal y personal, un meteorito sobre mi mano izquierda, o sola y simplemente un evento plenamente inconsistente que por alguna chifladura vieja, un porro mal fumado en la juventud, o esa dieta desbalanceada de la cárcel a mi me resulta en esto, que me da felicidad, una felicidad plena, como un sueño en la vigilia, una vigilia en el sueño, un entremés de felicidad pura y dura?

Sin embargo dice la señora que jovialmente dialoga con la que le sigue en la fila de la caja del supermercado yo supe enterarme de que a ella, antes, otros, entonces, la madre, dice, no la dejaba ir ni hasta la esquina, debe ser por eso le contestan que después no supo nunca más cuando y dónde llegaba

Debe ser, me digo, un encantamiento misterioso que deviene de la posición de los planetas, un recuerdo de pasiones débiles y fútiles de los catorce años que me atraviesa el hombro izquierdo hasta devolverle el movimiento sin necesidad de sanar las lesiones tendinales. Debe ser, me digo, la vez aquella que visité el reactor atómico sin paraguas y de tantos rads que me atravesaron, en la croqueta me quedó enquistado un positrón que ahora oscila sinápticamente generando potenciales evocados que me dan estas sensaciones de cosquilleo fresco en pleno verano.

Debe ser, me digo tres veces, algún mosquito que escapó de la tarántula en esos paseos por la selva del río Amazonas que me inoculó en las células gonádicas una fatua presencia que como un otro tipo que anda por dentro mío de a ratos tiene percepciones ajenas del mundo y se siente contento.

De la brisa mañanera, eso sí, no pienso poner ni una sola de las palabras que he pensado, que he soñado, que he revado, ni las esdrújulas, ni las agudas, ni mucho menos las graves. Sonreiré en adelante, con mi mejor cara de mosquito de río, como si estuviera en medio de una lluvia tropical de esas que hacen del mundo un único susurro entre las hojas y espantan a todos los animales que no se ven, a la lagartija inmóvil, al coatí suspendido, al caimán entredormido, a la piraña escurridiza y roja.

Debe ser, dice mi tía Miramar desde su tumba enhiesta, algo que has comido nene, porque es que no le has dicho a tu madre, me pregunta Miramar, que te haga curar el empacho y yo sonrío y le acaricio el alma, porque mi madre también está en su tumba, que es la única de la familia y todavía me espera a mí, a mis hermanos, a mis primos, y a otros parientes lejanos que celebrarán antes y después un funeral desconocido para un difunto que nunca tratamos y sin embargo esa seguirá igual siendo la tumba de mi madre, tía Miramar, le digo, con una voz de ultratumba bien elaborada para que la tía entienda.

Debe ser dice después la tía Miramar, algo que te han hecho, algo que una chirusa de esas dice la tía, pero yo no la dejo seguir porque le explico que no he vuelto a ver más chirusas, que las he olvidado a todas, que debe ser ella que las ve pasar, como si se dijeran todas de algodón, ella debe ser la que ve a todas muertas y sepultadas en un sepulcro inmóvil, sumidas en un triste equilibrio de vida de tumba con sus siempre iguales berretines quietos, en una balanza eterna sin novedad alguna, sin escucharse nunca, sin entender que el tiempo, que cuida del mundo todo, debe detenerse.

¿Es que se ha detenido el tiempo hijo? pregunta la tía Miramar. Eso no es posible ni para los difuntos, me aclara, es otra cosa lo que te ocurre: es la brisa del otoño de mayo lo que te ha vuelto joven bello y radiante, es la brisa que por una vez una otra vez, sopla como un milagro, pero esta vez en tu vida.

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