CONTRATAPA

La brújula de Pedro Abelardo

 Por Gary Vila Ortiz

Lo que una gran mayoría sabe de Abelardo es que pagó muy caro su amor por Eloísa. Los pocos diccionarios que he podido consultar son apenas informativos, hablan de su nacimiento en el 1079, de su muerte en el 1142, y de alguna de sus obras filosóficas y teológicas, pero ni una línea dedicada a sus desgraciados amores con Eloísa. Bellos amores clandestinos que la envidia, como sucede siempre, persiguió con saña y terminó con esos amores. En realidad no les puso fin, pues a un amor como se tuvieron el filósofo y su alumna no conoce la palabra fin. El filósofo fue castrado y su joven amor terminó en un convento. Pero quedaron sus cartas y ellas se reviven en los amores que aún cuando parezca todo lo contrario tampoco son aceptados en estos tiempos. Ya no castran a ningún amante, pero tratan de hacerles la vida imposible.

Pero estas líneas están dirigidas a algo poco conocido de la vida Abelardo. Su invención de una brújula en las cuales los puntos cardinales son reemplazados por todo aquello que para Abelardo significan su norte y su este, su oeste y su sur.

Como es de imaginar Abelardo deja que Eloísa se encuentre en todos ellos. Hay una amante para el sur, otra para el este, una tercera para el norte y aquella que camina dolorosamente por el oeste. Cada una es diferente a la otra pero siempre conservando esa esencia que la hace única. Creo que parecería innecesario señalar la relación de esas cuatro amantes con el tiempo. La brújula de Abelardo juega con el tiempo, son distintas sus actitudes cuando es primavera o se vive en el invierno, si se trata del otoño o del verano.

La Eloísa del sur, en el verano, se complace en el erotismo de las últimas páginas del Ulises. Sueña con la música de Couperin, sus manos se deslizan por el cuerpo de Abelardo como si pintara sobre ese cuerpo una pintura de Klee.

La Eloísa del este, en el otoño, se arrincona, se muestra, aparece y desaparece y todo a su alrededor es ese amarillo que ella le pide a su amante y él, pese a su sabiduría, no puede encontrar.

La Eloísa del norte, en la primavera, le lee a Abelardo durante cada encuentro que tiene, los ensayos de Montaigne. Y mientras lee la música que la acompaña es la de Jacques Brel.

La Eloísa del oeste, en el invierno, suele enloquecer al ya enloquecido Abelardo. Castrado y todo él no pierde la fuerza de su deseo, y ella, que lo sabe, le propone los juegos más seductores aún a sabiendas de que él no podrá cumplir de ninguna manera. Pero una curiosidad no explicada por los estudiosos es que en algún momento los dos alcanzan el orgasmo más absoluto.

¿Cuál de ellas es la que quedó embarazada? No se sabe con certeza, pero sí que ese hijo se llama Pedro Astrolabio. No tenemos a mano la biografía de Astrolabio, pero algo nos hace pensar que aún no ha muerto y deambula de ciudad en ciudad hablando de los amores de sus padres.

Lo que más me interesa de la brújula de Abelardo es uno de sus atributos: cada uno la puede instalar en su casa y señalar sus propios puntos cardinales de la manera que al que quiere tenerlo debe elegir qué es lo que quiere en esos puntos cardinales, para ver, oír, tocar, entregarse a todo aquello que le parezca más satisfactorio. Y más aún, los puede imaginar ó instalar en cualquier lugar del espacio o del tiempo.

También se encuentran esos sitios en donde se pueda dejar constancia de la ausencia de Eloísa o el no estar de Abelardo. Eso significa la tristeza, las nostalgias, la música de las penas.

En una de sus cartas, si la memoria no me falla, Eloísa le dice al amante﷓profesor﷓teólogo que en realidad él lo que siente por ella es una tremenda atracción física, física más que espiritual. Según alguno de los biógrafos de estos amores, Abelardo, pese a su castración seguía pleno de deseos que eran tanto placer como sufrimiento. Por cierto que las memorias de más o menos tres años que vivieron ajenos a todo lo que no fuera amarse les dejó tantas cosas como testimonio de lo que fue y ya no era, que eso se fue transformando en una de sus formas de hacer el amor.

En los momentos en que la pasión los dominaba, todo les parecía posible y pocas veces no pudieron satisfacer sus deseos. Buscaban a veces como perdidos y volvían luego de un tiempo para saber si sus sombras seguían moviéndose por el lugar.

Recordaban con amor esos sitios donde solían beber hasta la madrugada cuando se besaban como sumergidos las bebidas que eran las preferidas como la caña, la de verdad, la grappa (a veces alguna de origen italiano tan deliciosa como el whisky Old Parr), el tequila, el whiskie (que ahora lo escribo de otra manera porque hay dos maneras de escribirlo según decía uno de mis abuelos y lo que dice un abuelo no sé discute), el pisco, y luego caminar discutiendo entre caricia y caricia cosas que parecían pertenecer solamente a la filosofía o la teología. La ausencia en el momento amoroso de un pasado o de un futuro, y el presente estaba como realizado por plantas, de flores, de maderas con aromas que parecían venir vaya a saber de dónde. Cuando estuvieron separados, ella en un monasterio y él en otros, las palabras o los gestos y los sueños, no iban directamente de un monasterio a otro: cruzaban tiempos y espacios de los cuales sabemos muy poco.

La piel de cada uno en los comienzos del Medioevo era algo muy especial para los amantes, tan especial como esa orquídea que crece en el Amazonas y es de la única que puede alimentarse un colibrí que entre tantos que son, tiene el pico más largo, el único que pueda llegar a ese líquido esencial que con tanto placer le ofrece la orquídea. No puedo dejar de pensar como sería en aquella lejana edad media la presencia, al menos en las mentes y en los cuerpos de Eloísa y Abelardo, de Brasil, de ese colibrí y esa orquídea que tan sólo existían en los sueños de esos dos amantes que llegaron a inventar lo inexistente para poder tener un lugar de libertad absoluta que no fuera entorpecido por el odio de la mayoría.

El tiempo siempre es algo que está presente entre aquellos que se aman. Cada uno percibe el tiempo de una manera diferente. En un libro bellísimo, Historias del tiempo, de Jacques Attali (FCE, 2001), él cuenta de esas relaciones del tiempo con el hombre y lo hace de una manera exacta y al mismo tiempo poética. Y narra cosas bellísimas. Así nos vamos enterando que en China el comienzo del año es determinado por cada emperador. Los soberanos crean su propio calendario. ¿Conocerían esto los amantes medievales de lo que estamos hablando? Es probable que no, pero como los dioses pueden manejar estas cosas del tiempo, aceptemos que alguno de ellos, enternecido por ese amor, permitió que tanto Eloísa como Abelardo, vivieran su propio calendario.

Los nombres de ese transcurrir del tiempo no se conocen, pues no figuran en la brújula de Abelardo. Era un secreto demasiado particular para hacerlo conocer.

Sobre todo en la medida que esos nombres estaban en relación directa con el cuerpo de cada uno o con las acciones entrelazadas de los mismos. Podemos suponer algunos, pero siempre y cuando tengamos en cuenta que nunca serán lo que fueron.

La piel, por ejemplo, que suele mostrar el paso de muchas cosas, recibía nombres diferentes para cada lugar amado. Los muslos de la mujer tienen otro nombre que los del varón. La mujer identifica de muchas maneras el deseo que le provoca la observación atenta del antebrazo del hombre. El hombre tiene señalados en su memoria los caminos que recorre en el cuerpo de ella.

Como lo dice Attal, hay y sigue habiendo una gran diferencia entre medir el tiempo en la tierra, digamos en la llanura, que el tiempo en el mar. El amor de Abelardo y Eloísa era distinto en los horarios del día y muy diferentes según el lugar donde lo practicaran. Bajo el agua, en el verano, cerca de un árbol de hojas amarillas en el otoño, un jueves, sorpresivamente cerca de la medianoche.

Uno de mis hijos me dice que suelo tener una visión apocalíptica del futuro. Es cierto, pero haría todo lo está a mi alcance para impedirlo. Le diría a mis propios jinetes del Apocalipsis, que pensaran en los amantes y sus imposibilidades y como pudieron vencerlas en ese instante del éxtasis que Dios nos regaló aunque es difícil imaginar por qué.

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