CONTRATAPA

El caballo para armar

 Por Víctor Maini

Mi hermana era la única que lo había visto sin su boina puesta, en ese momento yo me encontraba muy ocupado, usando todas mis fuerzas para nacer. Cuentan que en el cochecito preparado para mi llegada, puso un muñeco y lo tapó con una manta. Florentino García, el lechero del barrio, se acercó respetuosamente con la boina entre las manos y apoyada contra su pecho para conocerme, ante la sorpresa de la broma consumada y lejos de enojarse hizo sonar su fuerte risa, la misma que acompañó buena parte de mi infancia. Estacionaba su viejo carro delante de mi casa, y desde allí realizaba a pie un corto reparto por la zona, terminando en la lechera que le acercaba para que la llenara junto con mi jarro, para la yapa. "El pollo para cuando..., ¿No será que está muy bautizada? Está bien que ud sea creyente pero me parece que se le va la mano", lo cargaba mi viejo.

--No me va a creer don Aquiles, pero vio que anoche llovió, bueno me olvidé de tapar los tarros, contestaba el vasco, para después reírse con ganas los dos.

Siempre instalaba un ambiente de alegría con su llegada, cambiaba el clima al instante, su fuerte voz la usaba para cantar tangos y milongas y también para vocear un "lecheeero", para aquel distraído que no se hubiera dado cuenta de su arribo.

Caminaba arrastrando sus botas embarradas y con una marcada inclinación de su cuerpo para adelante, lo cual lo hacía desplazarse rápidamente para no caerse.

Yo era su preferido, era como el nieto que el hijo que nunca tuvo no le pudo dar. Todos los días me llevaba a dar una vuelta en su carro fileteado con una imagen de "Carlitos" en un costado y una leyenda en la parte de atrás muy cerca del estribo, que decía "si querés la leche fresca, poné la vaca a la sombra".

A cambio, yo le ayudaba a preparar los pedidos, un litro para la solterona, otro para la tetona, uno más para la carótida y un yogur de regalo para Robertito, un sobreviviente de la polio.

Antes de irse a repartir, me dejaba la damajuana con avena, afrecho y maíz partido para que le diera de comer a Pernambuco, un percherón que metía miedo, pero don García me había enseñado que un caballo es un animal tan noble que me iba a avisar antes de morderme o patearme, y lo iba a hacer igual que lo hace el hombre, con la mirada. "No miente porque no sabe hablar", agregaba. Después venía lo mejor, la vuelta manzana, tomar las riendas, mirar al animal desde arriba, el armónico movimiento de sus ancas, el olor de su cuerpo transpirado. Lo único que no me gustaba era el nombre que le había puesto al equino, aunque Florentino me explicó que ya se llamaba así cuando se lo compró al paisano Acechaval, el quinielero de su barrio de Ovidio Lagos al fondo, y que en realidad era una clave que usaba su amigo para despistar a la policía, un código. Como no entendí lo que me decía me lo explicó con otras palabras y un ejemplo: "Pernambuco son diez letras que no se repiten, como si fueran diez números del uno al diez, me entendés. ¿En que año estamos". "En 1964". "Bueno, mi amigo vive en el año EOBA".

La billetera que usaba era tan abultada que le molestaba cuando se sentaba, por lo que se la sacaba del bolsillo trasero y lo colocaba al borde del asiento, para las monedas usaba un monedero como el que tenían los guardas de los colectivos, y como sabía que me gustaba poner las chirolas en él, me las juntaba y me las daba para que yo mismo las guardara.

Aquella noche de reyes me fui a dormir esperando la bicicleta y me desperté con la cara de un caballo de madera con ojos de vidrio y crines de plástico que me miraban desde un sulky ciclos. Traté de disimular mi decepción, pero igual se me notaba. Yo estaba acostumbrado a un caballo de verdad, a una mirada con vida, a una cola que se movía con maestría para espantarse las moscas, a unas venas marcadas en la piel que los músculos y nervios tensionaban ante cualquier peligro.

La tristeza con la que García miró a mi sullky se pareció a la mía y prometió traerme un caballo de verdad de regalo. Mi viejo lo miró feo, como diciendo: "Ojo con lo que vas a ser vasco, mirá que acá no hay lugar ni para un pony".

Esa noche creo que no dormí, lo esperé en la puerta desde temprano para salir a su encuentro, corrí como dos cuadras a la par de la rueda derecha hasta que se detuvo donde siempre. Don Florentino hizo los movimientos de todos los días como si nada, yo lo seguí como nunca y sin decir palabra, lo acompañé en su recorrido habitual, lo escuché cantar un tango que decía algo así como "portero suba y dígale a esa ingrata/ que aquí me quedo/ que no me voy", para después hacer un comentario mientras daba un vuelto, "que vivo, por qué no subís vos, ¿nocierto?", haciendo reír a la señorita Mercedes, profesora de piano, quien se metió para adentro con su litro de leche y diciendo "Ay, que loco este hombre, siempre tan ocurrente". A la señora Isabel le aconsejó que no se tomara todo a pecho y ante mi sorpresa hizo reír hasta a "la carótida", una vieja que siempre andaba a los gritos prohibiendo todo lo que hacíamos nosotros, le cantó una versión subida de tono de "Tengo una vaca lechera".

Robertito que lo esperaba sentado en su umbral con la cuchara en el bolsillo de su camisa, le dijo: "Anda medio tarde don García hoy". "No hay horario para tomarse un rico yogur, chaval", le contestó, le dio un beso y le dejó el regalo entre sus piernas sostenidas con fierros y botas ortopédicas.

Cuando llegó a mi casa exploté con un grito: "Y el caballo, vasco, ¿Dónde está el caballo?".

Sin perder la sonrisa ni la tranquilidad sacó una gastada bolsa de lona de su bolsillo derecho, se acercó a la mesa del patio y dejó caer unos cubos de madera con formas de letras, diez letras para ser más preciso, las hizo sonar imitando los cascos del caballo en el adoquinado y como jugando, formó la palabra Pernambuco, dio unos pasos hacia atrás y me dijo: "Ahí lo tenés, las letras son mágicas, con ellas aprendí a leer en España y cuando extraño mi ciudad formo la palabra Bilbao y en el acto la tengo conmigo, camino por la calle ancha hasta llegar a mi casa, entro al patio y tomo agua del aljibe".

El primer supermercado que abrieron en el barrio fue La Porteña, en Francia y Mendoza, hasta allí tenía que ir a buscar el sachet, todo muy lindo, muy limpio, todo pasteurizado y sellado, envasado y etiquetado, pero ni una risa, nadie que cantara, una tristeza que se resumía en las caras de la gente que hacía filas para pagar en la caja.

El progreso había llegado y Florentino se había ido. No lo conocí aquella mañana que golpearon a la puerta, estaba de saco y sin boina, en la frente el tiempo le había marcado con una línea cada desengaño. Venía a dejarme el monedero para que se lo cuidara, porque lo tenían que operar, una pavada, me dijo y me dio un beso de despedida.

Se lo cuidé y se lo sigo cuidando como el primer día, cada tanto le pongo aceite y lo lleno con monedas de distintos signos monetarios, lo tengo siempre a mano por si viene a pedírmelo. Lo que no le pienso devolver son las letras de madera que tengo en el cajón de mi mesita de luz, en su bolsita original, bolsa que sin dudarlo habrá visto mi mujer, quien con la excusa de la limpieza suele revisarme los cajones. Dicen que el secreto mejor guardado, es el que está más a la vista, y vale para este caso donde no puede ni imaginarse que guardo un caballo en ella, un caballo para armar, y mucho menos puede saber que algunas noches en las que me asalta alguna preocupación de adulto, abro despacio mi mesita, tomo los cubos, formo la palabra mágica, y comienzo a mirarme en los ojos de mi flete, hasta entrar en un sueño profundo y bello, tan bello y profundo como el de un pibe de seis años.

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