CONTRATAPA

Fotos de familia

 Por Jorge Isaías

al Kelo Isaías, el tío viajero

Sobre la piel curtida del Otoño, con el pueblo cada vez más lejano, más solo, más perdido, entre la rugosidad austera de la pampa, allí traté de armar mi recuerdo.

Hay algunas fotos sobre mi mesa.

Son amarillentos cartones donde una vida instantánea pone hoy el amarillo sobre el presente.

Es decir ¿qué me convoca hoy a la memoria esa cabeza rapada, ese guardapolvo blanco, esos zapatos de cuero ordinario, ajetreados, pelados en las puntas a pura gramilla y pelota de cuero? ¿Y el chico con el jopito de previsible gomina y las medias de rombos oscuros? ¿Medias "Carlitos", acaso? ¿Y quién es ese chico que comparte conmigo ese instante de vida a la salida de la escuela, de esa humilde escuelita de pueblo? Esa escuelita con su previsible gotera y sus tejas rojas y raídas por donde se colaba --inclemente﷓- el invierno. La escuela se llamaba Provincia de Salta y mi amigo se llama Juan Tallarico.

Claro, en aquel tiempo, como es obvio, era para todos "el Juancito".

Hay otras fotos, sin embargo.

Están allí los grandes ojos de la nona Laura. Está sonriente, joven, plácida diría y por qué no: feliz.

A su lado hay un chico de claros ojos saltones, con un mirar entre travieso y divertido. La cabeza es una entera bocha de pelos cortísimos. Sin mirarlo mucho sé que es el Kelo. ¿Le diría Kelito, mi dulce abuela por entonces? Esa foto trasegó íntegramente mi infancia. Cuántos años tendría El Kelo: ¿diez, once? Tal vez.

La foto los toma con menos de medio cuerpo, sin embargo se nota el crucifijo en la solapa del tapado de mi abuela y el traje marinero de su hijo. ¿Acá habrá sido el inicio de su vocación que lo llevó por el mundo? ¿Tendrán que ver en un niño estas casualidades de la infancia, estos caprichos de la madre?

Sigo mirando estas fotos, mientras mis hijas curiosean y preguntan.

Allí aparece otra. Son dos hombres esta vez.

Evidentemente es una instantánea, tomada en un zoológico, seguramente el de Buenos Aires. Los dos calzan sombreros y una sonrisa confiada.

Lucen elegantes, muy elegantes. El de oscuro es el Pancho. El más alto, el que mira con aire de conmiseración es El Kelo. ¿Es el año 50? No sé. Es probable, por esos sobretodos tan largos, uno advierte allí o imagina una tramada lana pesada.

Los zapatos aún brillan en la opacidad de la foto tan vieja.

Sigo revolviendo. Aparece otra vez El Kelo. Esta vez abrazando a una mujer rubia, menuda. Luego recuerdo. Oí decir en mi infancia que era una novia yanqui que tuvo en Chicago. Están en traje de baño, en una playa casi desierta. La foto es pequeña, tal vez tomada por alguna pareja de amigos o por un bañista casual. Casi con seguridad la cámara era común, de esas que uno compra cuando va de vacaciones y luego pide --ruega, invita﷓- al primero que para "si tiene la amabilidad..., etc".

En la otra, la más pequeña hay tres hombres. Están apoyados contra la pared de una casa. El primero, el más alto, quien sobradoramente observa la cámara, el que tiene pantalones oscuros y camisa de mangas cortas, blanca, con un negligente cigarrillo colgado de los labios: ése es El Kelo. Al dorso dice en letras casi borrosa: San Juan de Puerto Rico, verano, 1950.

Todo ese pasado que encierran estas fotos, me parece, es como si en algún lugar El Kelo estuviera esperando que yo hable de él.

Que yo lo siga obsesivamente nombrando. Sin embargo, pienso que este es un Otoño apto para --literariamente, claro-﷓ matarlo. Esa sombra suya, como de entera despreocupación tiene que irse de mi vida.

Kelo, he envidiado siempre esa vida tuya hecha de grandes horizontes marinos.

Ver esas fotos o escribirte es una manera de dejar siempre algo inconcluso.

Estoy listo para partir, siempre.

Y sin embargo, sin saber adónde fueron tus huesos, yo noto que imperceptiblemente envejezco. Y no puede ser que así, tan a mansalva.

(Escrito en el otoño de 1990).

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