CONTRATAPA

Saudades

 Por Miriam Cairo

Cuando fui amaneciendo, cuando me iba alzando a la vez que la noche se cerraba con siete llaves, me recosté sobre el muro. Metí los dedos entre las grietas y me quedé allí, tibiamente apoyada sobre palabras irrepetibles. Luego, trepé hasta el árbol y descansé en un nido o una cáscara de nuez esperando otro giro del mundo.

Cuando fui caracol tenía deseos de pasarme la vida averiguando por qué el corazón de las flores me palpitaba en la garganta y por qué la noche era la capital de mi cuerpo. Pero, sobre todo, cuando fui caracol, me gustaba ir abajo por debajo, recorriendo las galerías oscuras, al tacto, y construyendo el diagrama de la soledad y de las sombras.

Cuando fui libro, inventé un rumor que siguió murmurándose de un modo tan hermoso que el viento se quedó sin alas. Las palabras no creían que yo fuera libro porque tenía manos, labios, ojos, piernas. Pero las palabras y los ojos, y las manos, y las piernas no importaban. Yo era el libro que había creado su rumor de anémonas desnudas.

Cuando fui sueño acerado en el respaldar del gladiolo, pude articular esa palabra desarticulada, y los poros se dilataron en el parpadeo. Las cosas venían de todas partes, y si no venían yo las buscaba en alguna página del libro que había inventado su rumor desnudo. En algún lugar, allá arriba, las esferas de los relojes y los planetas abrían los atajos por bruma, por amor y por sombra.

Cuando fui la figura del árbol, y no el árbol, cuando me uní otra vez a las alturas, un color desmentido brotó de la inspiración de las hojas como una constelación de soles. Un fugaz deseo de tempestad azotó las ramas y dejó una mancha mojada en la tierra. Al borde de mi figura se iban juntando los pájaros que eran figuras de otros pájaros, que se sostenían en las ramas de mis dedos, que eran figuras de mis manos.

Cuando fui noche, algo acudía al centro de la oscuridad y yo me ponía terrible de tanta calma y tanta dulzura. Siendo noche estaba a punto de encontrar un pequeño lugar solitario propicio para que los peces me cruzaran de lado a lado, pero fui sorprendida por el colmillo de la luna que rasgó la madrugada y se fueron los peces.

Cuando fui atrás sentí entre las piernas lo que había aprendido con el alma. No era por ahí, seguramente, por donde pasaba la memoria pero ese lugar era tan imaginario como éste. Un pino caído obstruía el paso de la noche cargada de fantasmas.

Cuando fui siempre el nunca me perdió de vista y señaló los límites en vano. El tiempo surgía del fondo de un canasto lleno de manzanas. El tiempo y yo nos parecíamos. Por entonces, habré tenido más o menos diez años de edad, que es la edad en la que una se da cuenta de que ha sido siempre.

Cuando fui dragón, habité detrás de un cortinado de flores de fondo blanco porque todos creían que yo era un prodigio, una realidad que nacía de los cuentos. De aquella época, no recuerdo nada más que una lágrima y una canción muy suave que sonaba en la radio.

Cuando fui flor de pétalos satinados y me colocaron dentro del libro, entre esas páginas, creí que nunca más volvería a ver la luz del jardín, que la luna entristecería, que las violas y los crisantemos soltarían lágrimas desde las corolas. Imaginé un fúnebre cortejo de hormigas, un coro de abejas, un dolor de hierbas, pero nada de esto ocurrió. Porque un libro no es una sepultura.

Cuando fui musa andaba por el mundo encendiendo los cielos que acaban de apagarse. Guardaba entre las piernas el lenguaje prohibido y una lámpara demasiado intensa. Noche tras noche cargaba mi barca de sueños y los llevaba, irresistiblemente, de orilla en orilla. Hice lluvias, amasé nubes, poblé el río de pájaros y el aire, de peces. Y todo muy simplemente...

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