CONTRATAPA

Propuestas artísticas para descomprimir el caos vehicular en la ciudad

 Por Juan Manuel Sodo

En Rosario se patentan cien nuevos autos por día y de un tiempo a esta parte sus calles se han vuelto intransitables. Puntos de la ciudad históricamente conectables en quince minutos pueden demandar hoy casi una hora. No queda calle que se salve del paso de hombre. Ni siquiera las más insulsas. 3 de Febrero por ejemplo, también conocida según un colega como "la Viamonte del microcentro". ¿Qué hacer? En principio, salir de casa con mayor antelación. Y tener siempre un tranquinal a mano, cuestión de afrontar con paciencia verdaderas expediciones, hostiles travesías que, entre otras cosas, suelen incluir encarnizadas escenas de pugilato, situación en la que mejor tener más a mano un garrote que un tranquinal. ¿Pero qué más?

Restringir el acceso a un determinado radio céntrico o dar turnos para circular por día según el último número de patente, como en México, no, porque el gasto en personal de tránsito puesto a controlar su cumplimiento sería extraordinario, ¿o alguien piensa que los terminados en siete saldrían a rodar solamente los jueves? Construir líneas de subterráneo como en Buenos Aires tampoco, ya que corriendo en dirección al río, la más mínima frenada a destiempo podría terminar con el subte en medio del Paraná y Prefectura no cuenta aún con los dispositivos de rescate adecuados para operar en esos casos. Hacer algunas calles de dos pisos, menos que menos: para obras megalómanas ya demasiado con el Puerto de la Música y la tercera bandeja de la cancha de Central.

Dos cosas sí podrían hacerse, como para acompañar la salida anticipada con garrote y la medida de los carriles exclusivos adoptada desde la Municipalidad. La primera, regular la producción automotriz. La segunda, incentivar el transporte compartido, lo que de paso puede redundar en el advenimiento de un nuevo tipo de lazo social comunitario; por ejemplo, grupos de padres y de oficinistas turnándose para llevar los chicos a la escuela u organizándose para pasar a buscarse en un solo auto al ir a trabajar. Pero pedir lo primero sería como proponer que la gente se quede en su casa durante los fines de semana largos y contribuya, así, a terminar con el turismo depredador.

En cuanto a lo segundo, difícilmente una generación de paranoides pueda confiar ni compartir nada con nadie. Total, si es por compartir, los chicos y los demás oficinistas pueden tomarse el colectivo, que no tendrá una buena frecuencia ni será barato pero mal que mal funciona.

¿Y entonces? ¿Qué hacer? Como siempre, en la esfera artística se encuentra buena parte de la solución a nuestras tristezas.

Haciendo un rápido racconto de diversas personalidades varoniles del mundo de la actuación, la música, el humor y las letras, tanto vernáculas como internacionales, hallamos un fenómeno muy interesante: Woddy Allen, Diego Capusotto, Roberto Bolaño, Rodrigo Fresán, Marcelo Birmajer, Julio Chávez, entre otros de una extensa nómina, tienen algo en común ¿Qué? Que ninguno de ellos maneja (o "manejaba", para el caso del malogrado Bolaño); comunidad emparentada con la de Sebastián Wainraich y Roberto Petinatto, que se incorporaron de grandes a la conducción de autos (en el caso del ex Sumo habiendo pasado ya largamente los treinta).

El dato es interesante en tanto y en cuanto dispara una reflexión: para terminar con el problema vehicular no hay que dejar de vender autos sino modificar el modelo hegemónico de masculinidad de la población hombre que en su mayoría los maneja. Ir hacia un nuevo modelo masculino: torpe para las destrezas varoniles, como jugar al fútbol, emparchar una rueda y hacer un asado; indiferente a los íconos del prestigio macho como el coche; ajeno a los códigos del honor mansillado como para bajarse a pelear en una esquina cuando otro automovilista lo ha encerrado al tirarle el auto encima; demasiado inmerso en sus cavilaciones internas como para andar prestando atención a precios y ofertas de nuevos y usados. En suma, apuntar hacia otro modelo masculino: el del arte. El de hombres artistas que no manejan, o que en todo caso se toman su tiempo para incorporarse al manejo, ya adultos, maduros, responsables, contribuyendo así a descomprimir las colapsadas calles de la ciudad.

Tal vez ahora que Rosario busca posicionarse como polo cultural (y que las secretarías de Cultura nacionales, provinciales y municipales manejan generosos presupuestos) sea un buen momento, la ocasión oportuna para lanzar el intento.

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