CONTRATAPA › EL BOTE

Chiche dijo

 Por Beatriz Vignoli

Hola, adelante, pase, un gusto, yo soy Rosa, un honor tenerla aquí, hace tanto que quería hablar con usted, tal vez este no sea el mejor momento pero igual... pase, disculpe el lío. Estoy descambiada, no sabía que vendría, mejor dicho sí, pero no que era usted, cómo decir... es joven, me la imaginaba mayor... pase, pase. Siempre la leo, siempre sigo sus notas. Me gustan tanto. Sus reseñas. Justo ayer saqué... ¿Quiere tomar algo? ¿Té, café, algo fresco? Galletas de chocolate, justo tengo, ¿le gustan? Ni que hubiera adivinado, justo me había puesto a... mire. Justo ayer. Justo ayer las saqué del ropero. Mire, éstas son de él. Todas de él. No puedo decir que eran de él. Son, siguen siendo. Porque mías no fueron ni son. No sé qué hacer ahora con todas sus corbatas.

Mi hija me dice: ?Mamá, por qué no hacés una instalación?. Tiene razón, pero yo no tengo más ganas de nada. Más ganas de nada. Nada más. Para qué. Ahora lo entiendo al Chiche, él siempre me decía: Loqui, para qué. Porque en casa le decíamos Chiche. Le puso así mi suegra, la mamá, porque dice que de bebito era un bebote, un cacho de bebé, grandote así, gordo y lindo, muy lindo, un muñecote. Eso decía mi suegra. Ella... ella... ahora están juntos, digo, en ese... ¿cómo se llama? panteón, sí, juntos en el panteón, se sacó las ganas, la vieja. Juntos por toda la eternidad. Mi hija Romina me dice, ay, mamá, no hables así. Y qué quiere que haga si soy celosa. Hasta en la muerte lo celo, puede usted creer. Siempre fui celosa. Escribió una vez una carta de amor, una carta preciosa, y yo creí que era para otra y casi lo mato, agarré el arma de él y se la puse en la cabeza, un domingo a la mañana, usted va a pensar que yo estoy loca pero le puse el domingo, digo el revólver, qué digo el revólver, cómo se llama, la pistola, eso, la reglamentaria, en la cabeza una mañana, domingo a las seis de la mañana y le dije: Chiche, Chiche te mato si no me decís quién es ella. La carta hablaba de una rubia linda de pelo lacio. Pero Loqui, si sos vos, me dijo. Si la escribí para vos. La carta hablaba de una rubia linda, de pelo lacio, mire si voy a ser yo. Y él me dijo, con el caño en la sien, nunca me voy a olvidar, me dijo Loqui, si sos linda vos. Si sos rubia vos. Si sos vos.

Por qué le cuento esto. Por qué a usted. Bueno, yo a usted siempre la leo, sé que me va a entender. Sensibilidad tiene, usted. Dígame qué hago, qué hago con tantas corbatas. Una instalación, me dijo mi hija y lo pensé, sí, una instalación que hable de los lazos, de los nudos. Lazos y nudos porque en inglés la palabra ties es corbatas y es lazos, vínculos, lazos en sentido figurado, me entiende. Y unos lazos, literales entonces, unos nudos, quizás todas atadas, una con otra, una cadena margarita, como serpientes, ¿no? Las ataduras, las ataduras, nudos, distintas clases de nudos, marinero, borromeo, trébol. Si sos linda, vos, me decía. Nunca me voy a olvidar. Con el caño en la cabeza. Si sos linda, Loqui, vos. Te juro, me decía, te juro que era para vos. Linda, yo. Imagínese. ¡Y le creí! Le creí todo. Que yo era linda, que la carta era para mí. Y capaz que no era para mí. O sí. O qué sé yo. Imagínese. Imagínese los nudos, las ataduras. Ties. Como en el tenis.

Lazos de amor. Mi suegra plantaba lazos de amor en una lata de batata. Manos verdes, tenía, le crecía todo. Manos verdes en un sentido figurado, claro. Todo le crecía. Poroto, aguaribay, zanahoria, jacarandá, batata: una selva tenía en el fondo de la casa, la bruja. Ahora le crece el pelo. Mi hija Romina me dice ay, mamá, no hables así. No hables así. Y qué quiere. Dígame qué hago si no hablo. Dígame qué hago con tantas corbatas. Años de corbatas. Cuarenta años de corbatas. Imagínese. Se las compraba yo. Todas. Desde que nos casamos. Siempre corbatas. De todos los colores. Bah, de todos no; de todos los que le quedaran bien. Con mi sueldo de maestra de artes plásticas se las compraba. Las corbatas eran lo que nos unía. Ties. Lo que nos unía. Eran el color, la textura visual...

Mire ésta. Esta es mi favorita. Labrada de seda, mire qué delicadeza el contraste de las dos clases de franjas, qué sutil. Hace un efecto de opalescencia, vea. De tornasol. Esta parte se oscurece y se vuelve lila oscuro mientras la otra es como que se aclara, casi rosa, pero no. No le gustaban rosas. Justo mi nombre. No le gustaban. Era muy masculino él. El Chiche... Un militar. Imagínese. Un sargento apenas, pero con la estampa y la apostura de un oficial. Más elegante que los oficiales, más hermoso. Acá la palabra militar en este país pasó a ser una mala palabra. No es para menos, claro, pero... pero tampoco... ay, tantas cosas se dijeron de él, tantas cosas que no se pueden decir... que era un torturador, que los ataba a los pibes en el frío, qué sé yo. Toda clase de cosas.

Y yo esta última se la compré para el juicio, porque tenía que ir a declarar, en una audiencia, le dije, andate elegante, Chiche, andate elegante. El insistía con el uniforme pero yo le dije que ni loca lo iba a ver de uniforme ahí. De civil andate, Chiche. Ni de gala ni de combate; de civil, Chiche. Traje y corbata. Qué lindo que le quedaba. Mire, imagínese, con el pelo rubión de él, el color de esta seda, un color como de amanecer. Como de la primera hora de la luz. Como cuando mirábamos el amanecer en el río. Y Chiche dijo, en un amanecer así, me agarró fuerte la mano y dijo: ay, si supieras. Ay, nena, si supieras. Ni Loqui, ni Rosa. Ay, nena si supieras. Y eso fue todo lo que dijo.

Todo lo que me dijo de aquello, de aquello que había pasado allá en el Atlántico Sur.

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