CONTRATAPA

Un paseo serrano

 Por Eugenio Previgliano

No basta, me digo en medio de mis veloces cavilaciones, con tocar el piano en soledad hasta la madrugada para conjurar el corte de luz. Hay también otras cosas, me supongo, no bastan los aplausos áridos de un vecino ignoto que, en la oscuridad, agobiado por el insomnio, el calor y la humedad, sienta la música cerca de sí y vuelque su nerviosismo en un aplauso escéptico, tal vez sólo un gesto de censura para la excentricidad de semejante concierto.

Pienso esto y abandono el mirar del enorme horizonte de la pampa para centrar la visión en el espejo retrovisor, porque me viene a la memoria el grato recuerdo de sus ojos y sospecho que vistos a través del espejito del auto su gesto concentrado, su boca tensa, la mirada distante y sus cabellos que casi no vibran darán una imagen grata que tal vez incluso alcance para alijarme el peso de mis reflexiones: sé que aún si la miro al sol, sus ojos no me deslumbran; antes más bien, me gusta todo lo que hay a su alrededor, el aura de luz del mediodía alrededor de su bello rostro, las cejas, los músculos superciliares cuando se tensan, o los párpados entrecerrados que le dan un aire de lejanía oriental. Pero el verano no me es propicio: en lugar de sus ojos, el retrovisor refleja un bonito, enorme y entramado par de anteojos para sol que en el conjunto, armado con sus rasgos armónicos, su ceño firme, los labios finos y apretados, y el color oscuro, grato y singular de su piel, me dan la imagen de una señora que conduce su automóvil a una velocidad vertiginosa, concentrada en su destino, y por un instante fugaz me aterro pensando que esa señora de gesto tenso me lleva a mí de pasajero hacia un destino desconocido sin hablarme ni una palabra de tan concentrada que se encuentra en operar la máquina que a los dos nos lleva hacia otro lugar, a sabiendas de que una distracción, un error, un fallido, podría incluso costarnos la vida.

Después, yendo rápido por un camino de cornisa, esta idea me traerá alivio al espíritu y firmeza al pulso con que cebo el mate. Por primera vez en mi vida, a una edad que muchas veces pensé que no alcanzaría nunca, voy por un camino de cornisa a una velocidad interesante sin preocuparme por el camino, y esta confianza, este soplo de vida, este pequeño milagro, me calma la obsesión por las curvas y miro subyugado, contento y libre, el precipicio, el arroyito, el rancho, mientras con devoción y simpleza le ofrezco un mate que ella toma de mi mano en un gesto ya familiar, como si en esto sí, estuviéramos realmente de acuerdo.

Hay sin embargo en medio de la sierra, hecha con unos bloques enormes de piedra, una pequeña capilla que en su día habrá sido un signo importante de poder pero hoy resulta trivial frente a la quietud secular de las pircas interminables que surcan del todo todas las sierras y que aún sin ninguna clase de mantenimiento y expuestas al vandalismo durante siglos, siguen señalando el camino, la potestad y la grandeza del Inca. En la capilla, sin embargo, hay unos músicos endomingados que se acercan cargando sus instrumentos y un frescor de piedra que alivia del verano a quien se aventure a llegar a ella. "Un casamiento", nos dicen que empieza ahora y en ese preciso instante es que yo entiendo que la chauffetrice se pone inquieta, se agita en su lugar sin cambiar su mirada opaca y me manifiesta sus deseos de retirarse. ¿Será una grosería no atreverse a proponerle matrimonio? En el camino, una gente muy elegante desciende de sus vehículos brillantes y se ven sonrisas, tensa reunión, y zapatillas en las manos de las mujeres.

Peperina, me dice suelta de cuerpo, como si me estuviera mostrando no una ramita verde con sus hojuelas aromáticas sino la Piedra Filosofal que tantos sabios investigadores buscaron durante siglos sin permitirse imaginar que el proceso para convertir el plomo en oro es muchísimo más caro que el mismo oro. Ponéle, le digo mientras huelo otras hierbas menos prestigiosas, un poco al mate, y ella, con los ojos entrecerrados me regala una pequeña sonrisa que me vale por varios días y se va concentrando, mientras se moja en el agua fresca del arroyito desierto, en sus delicadas labores de mate.

Tal vez el recuerdo de estos días -﷓pienso﷓- se opaque, se deslave, se desgrane, incluso desaparezca; pero a mí hoy, mientras miro con una sonrisa la luna plena por la ventanilla del avión que me devuelve a mi casa, el haber encontrado algo para seguir escribiendo me alcanza.

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