CONTRATAPA

El ritual del adiós

 Por Patricio Raffo

Uno

Recorro la casa vacía. Recorro la casa en silencio. Intimamente recorro la casa como quien recorre una ausencia o una lejanía o una sombra. Cada una de las habitaciones. En el entreluz de esta hora de la tarde, cada una de las habitaciones, son tristes animales moribundos con la respiración entrecortada. Cada gesto se hace insoportablemente dificultoso. La inmovilidad pesa profundamente. Los pasos se hacen extremadamente lentos, escasos y temerosos ante el implacable dolor de lo ido. No quisiera respirar siquiera.

Dos

Recorro la casa vacía por última vez. Los pequeños detalles resultan agobiantes en su enormidad. En la cocina encuentro un plato de plástico rojo, olvidado a pesar de estar sobre la mesada de mármol gris.

Reconozco ese plato de plástico rojo. Lo levanto, lo miro, casi exhaustivamente, como quien mira un objeto precioso ya seco. Algunas botellas vacías. Algunos papeles con anotaciones de lo cotidiano, cuando lo cotidiano era amar en los perfumes de esta casa.

Tres

Quizá debiera irme de una buena vez. Sin mirar a los costados, caminar decididamente hacia la puerta y salir. De una buena vez. Finalmente. Salir a la luz. Como quien sale a una vida, salir a la luz desde esta casa que fuera útero en su amamantar de abrazo curvo entre las paredes rectas y blancas. Pero esta casa aún susurra muy levemente con un susurro que solo yo puedo oír. Esta casa aún susurra levemente con el susurro de los jazmines del pleno Diciembre. Esta casa aún susurra, levísimamente, con la melodía de acunar el amor.

Cuatro

En esta casa hemos acunado el amor. Y lo hemos hecho. Mientras la casa nos acunaba hemos acunado el amor acunándonos. Y acunándonos hemos hecho el amor. Orfebres de luz que hemos sabido ser, hemos urdido besos en los abismos de nosotros. Hemos acechado nuestros cuerpos como dulces bestias en celo. Nos hemos intuido. Nos hemos escuchado en las palabras del silencio. Y nos hemos esperado en esperas que soñamos fueran para siempre en el eterno regresar de lo que siempre regresa. Y pienso en estas cosas mientras recorro, por última vez, la casa vacía. Y siento que estoy hundiéndome y ahogándome para siempre en lo único realmente eterno de este instante: un brutal e inmenso mar seco y sin orillas. Me falta el aire, voy hacia lo que fuera el escritorio y abro la ventana. Miro el cielo. Respiro. Escucho los ruidos de la ciudad. Nada se detiene ante el dolor. Estoy solo en la casa vacía, recorriéndola por última vez, mientras los sueños arden definitivamente en la memoria por venir.

Cinco

El vestidor todavía conserva su perfume. Al costado de la cama, con cajones de madera, estantes, un secreter y percheros, ahora vacíos, previo al ingreso al baño está el vestidor. Un lateral para cada uno, así nuestra ropa en otras horas. Muchas veces, desde este lugar exacto en el que ahora estoy parado mientras pienso en estas palabras, ella giraba la cabeza, me miraba y, mientras iba quitándose la ropa, mientras iba desvistiéndose, me hablaba con otras palabras, me hablaba con las palabras del amor. Ahora, en el medio de estos huecos que aún conservan su perfume, podría decir su nombre y retumbaría en los estantes vacíos, se metería en los cajones ocupando espacios, se convertiría en alguna de sus blusas y sería llave del secreter en el que guardábamos algunas viejas y queridas fotografías que habrán de ser, también, parte de la memoria. Antes de salir recorro con las manos los bordes de madera, lentamente, con suavidad, mientras respiro su perfume, quizás, por última vez.

Seis

Suena el teléfono. Está en el living, en el suelo, en un rincón, con el cable enrollado, donde antes había estado el Palo de Agua que tanto nos gustaba. Restos de vida, lo que ya no habrá de ser. Cuando el amor se acaba y todo comienza a desangrarse y a desarmarse, todo va aquietándose, adormeciéndose: los amigos, las cosas cotidianas, los proyectos inmediatos, el saludo del kiosquero de la esquina y las llamadas telefónicas. Sólo sobrevive lo ajeno, lo brutalmente ajeno. Acelero el paso para atender. Inútilmente acelero el paso para atender el teléfono. ¿Podrá ser ella? No, no puede ser ella. Entonces todo otro llamado deja de ser importante. No es necesario atender. Me siento en el suelo, al costado del teléfono mientras lo miro. Sin atender, miro ese teléfono que está sonando. Con la mirada fija en el teléfono pienso en qué breve tiempo falta para que enmudezca. Otro cierto final entre tantos finales. Que también esto se extinga, pienso, que también esto muera. Que ya nadie atienda este teléfono nunca más. Que este teléfono sea un abismo sin fondo donde vayan a caer las voces que ya no importan.

Siete

Estoy sentado en el suelo del living vacío, con la espalda apoyada contra la pared, y lloro, lloro desconsoladamente.

Ocho

Dolorosamente me incorporo. Estoy de pie, al costado del lecho de muerte de todo aquello que fuera nuestra casa y que, ahora, es un conjunto de habitaciones vacías. Comienzo a cerrar ventanas y ventanales. A oscurecer el silencio. A silenciar la luz. El ritual del adiós. Miro cómo se extinguen los últimos fuegos. Observo cómo un viento imaginario, salido de mi memoria, esparce las cenizas de lo ido. Finalmente, cierro la puerta y salgo, temblando de miedo, a un desierto sin nombre y sin medida.

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