CONTRATAPA › CONVERSACIóN EN TABLADA

El bote

 Por Beatriz Vignoli

--¿Y entonces?

--Y entonces, en 2001, él hizo lo mismo que ahora. Pero con menos puntería.

Barrio Tablada. Una doble hilera de lapachos. Hubieras empezado por acá, dice Irazusta. Barrio Tablada al sol es como si las copas de los árboles que filtran la luz amarilla fuesen parasoles verde claro sostenidos por amables personajes, que cuidan el alma del barrio de la luz excesiva. Acaso sea mi imaginación, pero acá la luz del mediodía está recorrida por fantasmas. La canícula de Tablada, como la de Pompeya, es surcada por espectros de la hora meridiana. Tablada era un barrio de militantes soñadores que fueron asesinados y algo de ese sueño queda en el aire; algo del eco de esa sangre, en el esplendor de las doce del día, vuelve dolorosa y tierna la luz misma.

De lejos veo a un tipo alto y fornido de delantal azul oscuro que sale a la vereda y vuelve a entrar. Es un empleado del lavadero, dice Irazusta; hay un lavadero ahí, al lado de la casa, un lavadero industrial que funciona las veinticuatro horas en tres turnos y hace ruido toda la noche y no lo dejaba dormir, es eso lo que lo debe haber enloquecido, dice. No la guerra. No la guerra porque entonces la guerra nos hubiera enloquecido a todos. El lavadero también la enloqueció a ella, a la abuela. Un lavadero trágico, un Guantánamo de la lavandería, pienso, y le pregunto a Irazusta por los pájaros.

--Los pájaros siguen ahí. Los cuida ahora el hermano. El hermano que se vino a vivir desde el Saladillo con su mujer y ninguno de los dos quiere saber nada, porque cuando Agustín se ahorcó o lo ahorcaron en la alcaldía con la corbata de Cachorro...

--¿Cachorro?

--Es su apellido. Ahora le dicen el Perro, porque creció. Lo conocés. Es muy amigo de tu hermano. Se ganó su apodo con ese caso, su primer caso penal, el de Agustín. Así se convirtió en El Perro. Logró que cambiaran la carátula de tentativa de homicidio a lesiones leves. Lo sacó enseguida, como por arte de magia. Después de lo que hizo...

--Me estás hablando de un abogado.

--Un abogado, sí, pero hacé de cuenta que un animal silvestre pudiera ser abogado.

--¿Por qué?

--Siempre me pareció que no era del todo humano, que no estaba del todo acá. Era como si... como si le hubiera faltado socialización. El cerebro social se desaferentiza con el aislamiento. Probablemente haya recibido una crianza en el aislamiento social. Por supuesto, tiene derechos humanos como todo el mundo, no es menos persona jurídicamente por eso. Una impresión parecida tuve siempre respecto de Agustín. Por eso siempre digo que la guerra no fue lo que lo enloqueció. La atravesó sin demasiada conciencia de lo que significaba en cuanto a anomalía o estado de excepción. Tipos como ellos viven en estado de naturaleza, como diría Hobbes. Guerrean sin cesar. Existen como si la sociedad no estuviera, como si todas las garantías que la sociedad propone al individuo a cambio de ciertas renuncias pulsionales no valieran para ellos. Sé que parezco un higienista del siglo diecinueve diciendo esto. O peor, tal vez parezco un nazi del siglo veinte. Quiero aclarar que no me refiero al salvaje puro. No hay salvajes puros. Pero estos tipos son salvajes. La suerte que tienen es que como hemos idealizado al animal, hemos depositado en el animal una cierta idea de inocencia, y le tenemos cariño, también les tomamos cariño a los salvajes. Otra cosa maravillosa que tienen, ominosa diría, es el sexto sentido que no sólo poseen sino que desarrollan en nosotros. A veces nos hablan a través de nuestros sueños. ¿No te pasó? Yo varias veces tuve la impresión de que sabía cuándo Agustín se angustiaba, cuándo me necesitaba... se establece ese lazo. Siempre pensé que aquello era algo de la trinchera. Que se debía a las condiciones difíciles de la guerra. Pero a los dos después nos pasó lo mismo con Cachorro. Intuíamos cuándo nos iba a llamar, cuándo tenía alguna novedad del caso... las dos veces. Las dos veces Agustín hizo casi lo mismo, con diez años de diferencia.

--¿Qué hizo concretamente Agustín y por qué le decís animal silvestre al Perro?

--Agustín salió de su casa de barrio Tablada armado con un fusil de asalto en pleno estado de sitio, según él, a comprar café. Entró en un almacén que había sido saqueado y después de una discusión confusa, de la que hay tantas versiones como testigos, abrió fuego contra una mujer. Era una vecina del barrio. Le erró todos los tiros. Ella se lastimó al tratar de esconderse tras el mostrador. Nadie más salió herido. Pero la gente aprovechó el estado de anarquía para tratar de lincharlo. A Agustín lo salvó la policía. Lo metieron preso más para cuidarlo que otra cosa. A Agustín no le pareció estar reviviendo la guerra ni nada de eso. Simplemente le pareció natural buscar café así.

--¿Lo tratan de linchar y el salvaje es él?

--Lo que te quiero explicar es que Agustín era así todo el tiempo. No es que no tuviera reglas, sino que las tenía que imponer él y eran muy rígidas. Y esos silencios...

--¿Y la segunda vez?

--Bueno, después de aquel incidente volvió al barrio. Pero no salió más. Empezó a visitarlo una mujer, Grace, que había empezado a chatear con él haciéndose pasar por psicoanalista. Creo que los dos nos habíamos enamorado de ella, al principio. Pero a mí el amor me duró poco. En cuanto me sentí traicionado, la olvidé. Aunque no del todo. Ellos se casaron. No fueron felices. Se separaron. El volvió con la abuela. Una noche, ella fue a visitarlo, sin aviso. Le había comprado flores. Una maceta entera. El abrió fuego. Tuvo peor suerte esta vez; es decir, mejor puntería. Así fue como enviudó. A las flores ahora las plantaron en la tumba de los dos. No sé quién. Supongo que el hermano.

--Pero la relación duró diez años, entre ella y su marido... yo no diría silvestre, diría simplemente que es un asesino. ¿Y qué hacía un asesino con arresto domiciliario?

--Logro del Perro durante la agonía. Cuando Grace murió, ya no pudo hacer nada.

--¿Y por estos dos antecedentes es que resulta natural suponer que fue Agustín el que mató al suboficial Bianciotti, probablemente por encargo de otro ex combatiente?

--Sí.

--Pero a Bianciotti lo ahogaron. Y Agustín era un tirador. ¿Y qué sabés de esa especie de señal que apareció pintada en la puerta de su edificio? A eso sí lo investigué.

--De eso no sé nada --admite Irazusta mientras acaricia en la cabeza a un perro negro que se nos ha arrimado, mansamente, y que nos mira como si nos conociera.

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