CONTRATAPA

UN TEXTO MINERAL

 Por Eugenio Previgliano

Guío, con la mirada atenta a la cinta caqui de ripio, al auto gris en el que vamos, en una trayectoria sinuosa y alabeada que, en mi imaginación, resulta consistente con la forma de cinta ascendente que yo pienso para el camino. Unas rocas díscolas, sin embargo, vienen de vez en cuando a golpear el auto, como si su espíritu mineral, salvaje, irreductible, tratara sordamente y sin palabras, de destacar la finitud de la cinta que imagino, como si quisiera, en los bordes, con esas rocas desagregadas y móviles, vindicar para sí su esencia montaraz, inabarcable y eterna como si esta invasion breve, a velocidad desaforada, nuestra, fuera vista por la montaña como un acto hostil, como un rebelarse en una rebelión sin causa ni futuro contra la enormidad de la montaña.

¿Falta mucho? ﷓dice en tono de pregunta el mayor. Pero yo sigo guiando al auto gris y miro, algo más arriba, las nubes que tapan, eclipsan, disimulan el perfil del camino: no aminoro la marcha, pero un poco me distraigo del deambular cuando llega la segunda pregunta.

Eso que se ve allá ﷓dice el menor﷓ ¿es una cantera?

Algo hay dentro de mí que me guía desacompasadamente. No intento llegar a lo más alto, ya no busco un lugar desde donde apreciar el panorama. Ni siquiera es la velocidad lo que me atrae. Un nudo de desazon melancólica, una especie de darse cuenta de que todo ha sido en vano, una cierta eternidad de trivialidades me anudan a la marcha. Llegaré a la cantera y caminaré unos pasos hasta ver que un señor ofrece unas rocas de colores, formas: el sabor de la piedra no es malo, pero no tienta.

Los niños, entonces, preguntarán por el agua. ¿Por qué el agua no se ha ido cuesta abajo? dirán. ¿Por qué el agua está recluida en el socavón y refleja las nubes como si fueran rocas celestes, blancas, amarillas, rojizas? Dirán: ¿Por qué papá?

Tampoco el agua tienta, tallada en la roca es como una ausencia; todos los retazos habrán salido de acá para que el mineral se procese. Me pregunto cuánto habrá de profundo en este cuenco con agua que, sin embargo, en la enormidad del silencio de la sierra parece muda.

Mirando el agua que no corre, me siento en un mundo parmenidiano, mineral, donde ya no pasa nada, soy una roca, sólidamente estable; ningún viento me zamarrea, ninguna lluvia me lleva al valle. No crecen en mí helechos, tunas, ni barba de piedra: al sol soy calor y a la noche lluvia, nieve, granizo, escarcha sigo en el frío y aún más, mi parte más íntima, mi corazón de piedra que soy tiene el mismo frío que la sangre fría que de piedra que soy no circula y como soy piedra toda la energía me atraviesa, me calienta, me enfría, me sujeta al triste equilibrio de la montaña. La humedad apenas desliza por mis poros, respira mi piel mineral esa humedad del día, de la noche, del ambiente y también me atraviesa la seca cuando pasan días y noches sin llover y permanezco piedra entre las piedras. La montaña -pienso- no es hoy lo que ha sido otros días para mí. Sólo las rocas, los socavones, la minería, la extracción, la increíble derechez que ha dejado el mineral que una vez de acá sacaron me llama la atención. No veo flores, hojas, árboles, peces ni pájaros. Sólo rocas, secas, frías, calientes, asentadas firmemente, cementadas con otras rocas, con brillos texturados que hablan de tiempos geológicos, de cuando la tierra era una verdadera catástrofe interminable y las rocas se iban haciendo desde el magma original que, según me informan, aun hoy habita el centro de la tierra.

Los niños desean hacerse un retrato entre las nubes para que una vez vueltos a sus habituales ocupaciones, sus conocidos sepan y vean con asombro lo diverso que es el mundo y lo sencillo que es, aunque sea por un rato, para los hombres habitar entre las nubes. Los ángeles ﷓pienso entonces﷓ deben tener ese don del cielo, pasar un instante en la tierra como si todo fuera belleza pero el problema, se me ocurre mientras yo mismo me veo en la foto entre las nubes, es que volverán al cielo pero en la tierra, el que queda, sufre.

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