CONTRATAPA

La arena de mil relojes

 Por Javier Nuñez

Dejo Xalapa un jueves por la mañana con un sol que agrieta el cemento. Una de las primeras cosas que aprendí en esta ciudad es que nadie puede predecir el clima. Los xalapeños se jactan de que acá se pueden tener las cuatro estaciones en un mismo día. Y lo peor es que uno nunca sabe cuándo le va a tocar, o en qué orden le va a tocar. "Los únicos que se aventuran a pronosticar el tiempo en Xalapa son los foráneos y los pendejos", me dijo alguien. Lo segundo que aprendí es que los mexicanos y yo medimos la distancia de manera muy distinta. Cuando espero un taxi para ir a la central de autobuses me señalan una dirección, subiendo el puente, y me dicen que serán unas cinco cuadras. ¿Cinco?, pregunto yo, dispuesto a caminar. "Sí, pero son largas. Y con el sol va a ser pesado". No me importa y me largo. En mi país, esa distancia son como quince cuadras. Y en México son por lo menos nueve.

Como todavía tengo algunos compromisos en Xalapa -﷓el sábado hay un almuerzo con la delegación nicaragüense de la que forma parte Ernesto Cardenal, y no me la pienso perder-﷓ no puedo irme muy lejos. Nada de Playa del Carmen ni esos lugares que aparecen con más frecuencia en los folletos turísticos. Algo cerca, donde pasar las próximas dos noches y volver a tiempo para el almuerzo del sábado. Algo cerca donde llenarme las orejas de arena y poder meter las patas en el mar. En estos días le pregunté a un par de amigos y todos me dijeron lo mismo: La Mancha.

Viajo a Cardel, donde hago trasbordo a un autobús de esos lecheros que paran en todos los pueblos habidos y por haber. Es la única forma que tengo de llegar a La Mancha el Paraíso, tal como reza el cartel. La región de La Mancha se encuentra en la parte central del Golfo de México, dentro del estado de Veracruz. Aunque vengo a la playa sé que tiene una laguna costera con agua salobre que recibe flujos tanto de las serranías que la rodean como del mar, un bosque de manglares con una rica fauna y una zona de dunas. El pueblo es un caserío a los bordes de una calle asfaltada no hace mucho que desemboca en una playa preciosa y solitaria. El pueblo tiene, según algunas páginas de internet, 18 viviendas y 49 habitantes. Pienso si no debería golpear las puertas y contarlos. Pocas veces uno tiene ese tipo de oportunidades.

El autobús me deja en la ruta, donde nace la calle que desemboca en la playa. Tengo que caminar un kilómetro para conseguir dónde parar. De un lado hay un hotel con pileta, del otro una especie de camping donde puedo alquilar una carpa o una cama en una cabaña. Elijo la cabaña. Tiene seis camas chicas, dispuestas en círculo alrededor de una mesa vacía. Las otras cinco están alzadas, apoyadas contra la pared. La mía es la única que está preparada: la hicieron mientras yo me tomaba una Corona fría para reponerme de la caminata.

Los baños están aparte, me dice la mujer, una mexicana cetrina con una trenza oscura que le cae por la espalda. Cuando paso por el baño compruebo que hay ducha pero no toallas, y yo fui tan imbécil que no traje. Empiezo a preguntarme si no me hubiera convenido el hotel de enfrente. Será que me estoy malacostumbrando a los hoteles en lugar de los viajes de mochilero, porque me largo en busca de dos días de mar con una notebook pero ninguna toalla. Igual me doy una ducha rápida y me seco con toallas de papel. Vacío la mochila de las cosas que no voy a necesitar en el mar y, más ligero de equipaje, camino otro kilómetro y medio hasta la playa, porque para tomar un taxi tendría que volver hasta la ruta. Con 18 viviendas y 49 habitantes lo del taxi parece absurdo. Pero hay, al menos uno hay. Lo vi cuando entré, esperando turistas en la ruta.

Los árboles que bordean la calle dan sombra y el paisaje es precioso: una especie de valle boscoso con cerros de fondo. Le tomo una foto a un burro que pasta cerca de una laguna y sigo caminando hacia el rumor del mar. Todo está demasiado lejos, no hay comercios ni wifi en ningún lado, pero me parece encantador. Cuando por fin el paisaje se abre y desemboco en la playa y el mar, suspiro. Es día de semana, es temporada baja. Hay unas treinta o treinta y cinco personas de las cuales por lo menos veinte son de un contingente de estudiantes. El resto son un par de familias, un grupito de amigos, dos parejas. Casi todos se agrupan en una franja de unos cincuenta metros frente al mar: el resto es la playa desnuda.

Camino sin apuro, me alejo. Me siento a fumar un cigarrillo frente a la inmensidad del mar. Hay algo de viento, el sol se soporta, pero debería ponerme protector igual. Me doy cuenta de que lo dejé en la valija, en Xalapa. Un vistazo me basta para comprobar que acá no voy a conseguir en ningún lado. Probablemente ni siquiera en el pueblo, a dos kilómetros y medio. No importa. Camino otra vez. Voy a tomar fotos a una punta de la playa, donde las olas rompen entre unas rocas. Después dejo las cosas y me meto al mar. Tres o cuatro horas después ya tomé un montón de fotos, un par de cervezas y me leí completo Los culpables de Villoro, uno de los dos libros que me traje. El otro -﷓Amantes, de Roth-﷓ me lo dejé en la cabaña. No pienso volver a buscarlo. Como algo en uno de los bares ﷓camarones empanados con cerveza oscura﷓, fumo un par de cigarrillos, miro la playa desde mi mesa. El contingente de estudiantes se va después del almuerzo, otros también. Los camareros levantan las sombrillas que dejan. Quedan cinco personas en la playa: un matrimonio con una criatura y una pareja que está un poco más lejos.

De pronto siento que las playas probablemente no sean la mejor elección para cuando uno viaja solo. O este tipo de playas, al menos. Una cosa son los complejos hoteleros, repletos de turistas que beben margaritas o tragos con sombrillitas y esas boludeces, las playas atiborradas, la posibilidad de integrarse en algún grupo o conocer a otra gente. O las ciudades. Perdido en el tumulto, en los paseos y actividades, los cafés y cervezas a la tarde, uno se olvida de lo solo que está. Acá todo te lo recuerda. En algún momento eso te abruma y te entra miedo de acabar como Alfonsina, yendo a buscar respuestas en el oleaje que nace del horizonte. Imagino que no, que el aburrimiento nunca es motivo suficiente, pero por las dudas decido no quedarme a comprobarlo y recuerdo que hay otro lugar que también quería conocer.

Seguir viaje no era parte del plan. Pensaba dormir acá, mañana hacer playa otra vez y volverme el sábado para almorzar con los nicaragüenses. Pero el tiempo que me separa del atardecer -﷓una hora que me daría, al menos, la distracción de tomar algunas fotos interesantes-﷓ se me ocurre interminable, espeso: la playa es la arena de mil relojes tendidos de costado, inmóviles, suspendidos en este instante que parece que durará para siempre. Supongo que no, que al fin y al cabo mañana llegará como siempre llegan las cosas indefectibles. Pero la soledad de la playa repetida, el avance paulatino de lenguas de espuma que lamen las orillas, la serena contemplación del mar -﷓y la serena perseverancia de algunas evocaciones-﷓ durante todo un día más, se me antoja insoportable. Tengo ganas de moverme otra vez, de seguir andando, de avanzar aunque más no sea para contemplar el mismo mar desde otro punto.

Me vuelvo. Cancelo la cabaña -﷓la mujer de la trenza se niega a cobrarme, me acepta propina y manda saludos para Argentina-﷓, me doy un baño presuroso y camino hacia la ruta. Me arde la espalda: lo anoto, mentalmente, como otro ítem en la columna del debe de mis condiciones de viajero liviano. Me prometo comprar uno apenas llegue a algún lugar nuevo, sea cual sea. El autobús que va hacia el norte no tarda en llegar. "¿Vas para la zona de Costa Esmeralda?", pregunto, aun sabiendo que es una franja que abarca varios parajes costeros. "A qué parte de Costa Esmeralda", me pregunta el chofer. "A cualquiera que tenga playa y un hotel para dormir". Me recomienda Casitas, a dos horas de viaje. Dice que es de lo mejor en la zona. "Casitas, pues". Pago el boleto y busco un asiento, no sin antes pedirle que me avise cuando me tengo que bajar porque no tengo la más puta idea de dónde estoy. Me recuesto como puedo y duermo de a saltos. Creo que sueño con hoteles con toallas y agua caliente. O a lo mejor solo voy en busca de un teléfono, del wifi, de una voz o un mensaje que desbaraten esa soledad de viajero errante que, de a ratos, es inevitable.

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