CONTRATAPA

El jardín argentino: en el parque Independencia

 Por Gloria Lenardón

Es tan parejo como una pista, el césped está como para deslizarse descalzo, como para sacarse las zapatillas y apoyar los pies en el terciopelo; hay agua entre el verde, la lonjita de agua de menos de una cuadra salpica el aire del jardín miniatura de Versalles, la fuente del Jardín Francés murmura a lo largo de más o menos una cuadra, y como no termina en el palacio, sino en el gusano del parque de diversiones, hay que preparar semillas para el palomar que está detrás hirviendo de palomas; el agua de la fuente encerrada en su lecho estrecho no lleva siglos como en Francia pero ya supera los cien años. La sombra invita a sentarse como reyes para admirar las joyas del paisaje: las flores de los palos borrachos, el verde del pinar, el ombú criollo, y los arbustos que arman rincones para el amor y otros intereses.

El que efectivamente se siente entre la fuente del jardín del parque y Pellegrini va como mínimo a sobresaltarse, qué es eso, qué es lo que pasa en esa parte de la avenida, qué pasa a nivel de los árboles, porque enseguida se nota la intervención, la barra que cruza el aire; es como una viga, suspendida y atada a un lado y otro de la calle a las columnas de la luz, es una rareza nunca vista sobre Pellegrini. La viga da para pensar, puede suponerse que es un resabio del corso que en su momento pudo haber sufrido un desvío, y que sirvió para que los malabaristas hicieran equilibrio o para que se colgaran banderines y luces de colores. Pero no, cuando se mira más de cerca se aclara el asunto, se trata de un manojo de cables de alta tensión que cruza la calle, sale de una de las dependencias que da suministro y hace un recorrido poco común. Conviene dar un repaso: los cables parten de la dependencia, cruzan la vereda a la altura de los árboles, se atan a la columna de la luz, atraviesan la calle, salvan la distancia que los separa de la columna que está enfrente, se aferran a la columna, y para aliviar el peso y asegurar su tirantez, se atan al pino que está a un paso (a tranquilizarse, del pino eligieron la rama más robusta). Hay más: los cables, todos al aire, bajan del pino hasta más o menos un metro del suelo y desaparecen dentro de una caseta. Entran a la caseta por un agujero hecho en la puerta (se arrancó y dobló con aplicación una de las puntas) y se deslizan adentro como por un tubo. Lista la instalación.

La franja de visitantes de esa zona del parque: chicos en bicicleta, gente que camina o corre, gente que pasea o está de paso, es atraída también por otros intereses además de los árboles y los juegos, hay una heladería a un paso, una parada de colectivos, la gente se mueve rápido debajo del pino cargado de energía. Según refieren las crónicas del parque, y el sentido del disfrute, la gente busca la sombra no sólo para descansar sino para los deleites de la alimentación del espíritu, descansa y escucha música, tal vez lee, y busca hacerlo debajo de un pino porque es especialmente laxo y silencioso, su copa se aleja del suelo, como a medida que crece pierde las ramas más bajas está predispuesto a no alterarse por lo terreno.

En internet los manuales abundan, aunque el de Cortázar da infinidad de indicaciones para subir una escalera, no instruye cómo relajarse debajo de un pino que transporta cables de alta tensión, su imaginación no alcanzó para tanto. En el manual de las tormentas hay muchas instrucciones; una de las primeras: No protegerse debajo de un árbol porque atrae los rayos, puede sufrir una descarga eléctrica.

El pino cargado de cables del parque Independencia sigue vivo, todavía no fue quebrado por un rayo, es un detalle, pero podría partirse, o pulverizarse. Si el cielo es súbitamente iluminado por esas tormentas que asaltan últimamente con sus relámpagos a Rosario no sería conveniente estar sentado debajo, el pino podría ponerse colorado, temblar y chisporrotear con luces de alto voltaje. "¡Un pino de navidad!", podría decir alguien de los tantos que pasan a pie o en bicicleta segundos antes de quedar a oscuras, a ciegas y tiznado, o hecho un montón de cenizas en pleno parque, en plena avenida (cuidado de andar por ahí en esos momentos tormentosos).

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