CONTRATAPA

De qué color, esos ojos

 Por Dahiana Belfiori

De los libros que van amontonándose al costado de la cama, en el suelo, elige uno al azar. Lee cada noche, como lo hacía su abuela, como lo hace su madre. Cada noche alguna palabra por la mitad o alguna frase inconclusa, le cierra los ojos sin remedio. El libro cae sobre su pecho, o resbala de sus manos al piso, mientras ingresa al mundo del sueño saboreando vivencias ajenas. A veces la poesía se le desarma en laberintos:

la vida

a mí me sigue doliendo el

perro sarnoso en la esquina de mi casa

suma de todos los abandonos.

a mí, disculpen, me da vuelta el

ombligo el gestito de incómoda sonrisa

sostenida incómoda,

más allá del tiempo de la foto.

no soy ajena

no miro desde afuera

no me visto de moralina

soy yo misma la cara del espanto

el perro y la sonrisa me condenan.

soy yo misma la muerte

aunque me duela.

sonrío.

Los versos construyen novelas que se mezclan con las experiencias del día. Otras veces, sólo se deja balancear por la historia. Una hamaca acuna su cuerpo en medio de nubes espesas. La lluvia le golpea la cara con fuerza. Los pies no tocan el suelo. Luna quiere morir. Se despierta un jueves a la mañana con la sensación acabada de que no vale el esfuerzo de músculos y sangre fluyendo. ¿Para qué seguir consumiendo energía que otros cuerpos necesitan? Aquello era un despropósito, su vida lo era. No tiene sentido continuar, habiendo viajado por el mundo, habiendo conocido sus secretos. Vivió todas las vidas. Conoció paraísos e infiernos. Se dejó caer. Sostuvo almas cayendo. En ese estado siempre le ocurría lo mismo. En el medio del estómago se le instalaba un cerrojo que no le permitía probar bocado durante horas. El cerrojo funcionaba de tal modo que clausuraba todo apetito, como si estuviera intentando digerir una piedra. Pasaban las horas y la piedra se montaba sobre el vacío. El hambre asechaba hasta que dejaba de ser hambre. Una llama encendida carcomía las pilosidades gástricas, la iba fagocitando desde adentro. Un trago de agua caía como bloque de hierro frío en el centro del abdomen. La tarea nunca era sencilla. Llegado el momento, el estrés era lógico, pero nunca pudo dominarlo del todo a pesar de llevar años haciendo lo que hacía. El estómago la delataba. El corazón no: nunca le fallaba. Estar al acecho. Esperar el instante adecuado. Agazapada. Era importante la precisión. Mantener el pulso y el ritmo cardíaco era primordial, como si lo suyo fuera la preparación para una cacería. Una leona a punto de atacar a su presa. Desde aquella vez que se había calzado los guantes, con su olor característico, cuando volvía a ponérselos respiraba vida. Su vida tenía sentido y de eso dependía que continuara. Así vivía. Siempre era cuestión de vida o muerte. Las armas las tenía al alcance de la mano. Está preparada para eso. El corte es preciso. El cuerpo pálido, está tendido sobre la camilla. Todos cuerpos de los que no conoce sino la forma del torso, la rugosidad de la piel, la edad. Todos cuerpos sin nombre y un tajo justo sobre el motor del universo. Al lado un corazón sin cuerpo. El trasplante funciona. La hamaca no se detiene. Luna no puede detenerla. Quiere conocer la cara de ese cuerpo, de qué relatos está hecho, de qué materia son sus anhelos. De qué color, esos ojos siempre cerrados, herméticos como en los sueños de todas las bellas durmientes. La hamaca la marea. La piedra se hace lava que vomita sobre la superficie del cuerpo. Ahora se quema por fuera. Arden en la memoria de sus manos otros cuerpos. No los conoce. La lava se sofoca en contacto con la lluvia. Se siente cada vez más pesada con la piedra pegándosele al vestido. Luna se muere, siente que se muere. En un espasmo abre los ojos. Como una autómata retira el libro de su pecho y apaga la luz del velador.

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Imagen: Gotadeluzz y Manu Del Mar.
 
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