CONTRATAPA

El sentir de la llanura

 Por Jorge Isaías

Yo que te quiero sin asco

te quiero como a mi dueña.

Llanura santafesina.

Felipe Aldana

El sentir de la llanura como todo sentimiento a mí me resulta muy difícil conceptualizar. Como todo aquello que de algún modo pertenece al mundo subjetivo carecerá de razón, en mi caso solamente, hablo por mí, mirarlo con la frialdad de un entomólogo.

Gente más inteligente que yo, lo hará con más solvencia e incluso pertrechado de una elocuencia de la cual carezco. Y en cuanto al segundo término, llanura, ¿qué me dice el diccionario? Llanura: igualdad de la superficie de algo. Extensión de terreno generalmente dilatada, que no presenta diferencias de altura.

¿Pero específicamente, de que hablamos cuando hablamos de llanura?

En mi caso, rápidamente me figuro una tierra plana, verde, esplendorosa de árboles, surcada por grandes ríos, por arroyos, espejadas de lagunas que visitan patos, garzas y cigüeñas muy grandes.

Mi adorable maestra de quinto grado nos decía que Santa Fe era una de las pocas provincias que no tenía un solo, pequeño promontorio.

Claro que en ese tiempo nosotros no sabíamos qué eran los promontorios, duda que nos fuera despejada rápida y didácticamente por esa santa que desasnaba ese pequeño grupo inquieto de indóciles gandules.

Valoré nuestra vegetación cada vez que me alejé un poco de esta tierra. Ya en el seco sur de España, que tiene en Sevilla esa tierra amarillenta que sin embargo alegran los largos olivares, o en el sur del mundo, es decir, Tierra del Fuego, donde los arbolitos no pasan de metro y medio cuando están a la intemperie y están como peinados por los feroces vientos. O como las serranías cordobesas con su vegetación más mezquina o el mismísimo norte nuestro, provincial digo, con sus espinillos raquíticos. Plantita hueca el espinillo que tanta desazón me produce, porque donde ellos aparecen es porque falta el agua y predicen todos los desiertos.

Yo podría decir como mi maestro don José Pedroni, la Santa Fe de la vegetación frondosa, tierra que quiero y no tengo por qué abandonarla.

Con lo dicho hasta aquí habrá quedado claro qué connotación tiene para mí la palabra Llanura. Es decir aquella que nos compete más emotivamente, la de estas tierras feraces que están entre las mejores del mundo y que un grupo pionero y señero donde están seguramente nuestros mayores regó con su sudor y su lágrima seguramente sin los beneficios económicos que llegarían con la mecanización del agro.

Cuando yo pienso en la llanura pienso en el paisaje donde me crié, pleno de sol, de vida al aire libre, con lo benévolo de mi destino que hizo que no sufriera sobre ella como mis abuelos y mis padres sino que la gozara con mis sentidos, la disfrutara años sin ser dueño de un palmo de tierra, que veía en el vuelo del pájaro, que reina tan libre por el aire, su celebración pacífica.

Cuando conocí en los setenta al gran poeta, Manuel José Castilla, me preguntó de donde venía. Apenas le contesté me dijo algo desilusionado, "ah, vos chango sos del Sur. Tierra fea aquella, muy chata, apenas para la tristeza. Tan lejos de mi casa. Cuando me aproximo a tu provincia me siento triste. Me consuela saber que allí tienen un gran poeta (se refería a Pedroni). Vos sos ﷓concluyó﷓ de la civilización del trigo".

Como pude me defendí diciendo que yo opinaba lo contrario y que eran puntos de vista o, como son los gustos o las preferencias, algo realmente opinable. Junto con un abrazo me dio la razón.

Es decir, mi argumento sobre mis preferencias es fácilmente rebatible, pero sigo pensando igual después de cuarenta años. Y redoblo la apuesta porque la llanura, esta llanura mía me llena de gozo. Esta llanura con su esplendoroso verde, con su sol magnífico, con el vuelo alto de los patos que en formación marcial buscan los cañadones lejanos para pasar la noche entre los juncales húmedos, el concierto acuático de las ranas, la persistencia del grillo, el vuelo gritón de los teros y el asabanado vuelo de la garza mora o la cigüeña que sombrea con sus alas el alfalfar verdoso con sus numerosas florcitas blancas y ese mar ausente de mariposas amarillas que abrieron para siempre la puerta de todos los veranos.

Esta llanura que llevo en mí "sacramente, como la custodia lleva la hostia", al decir de Güiraldes, la que fue escenario de mi crecer y el de mis amigos en un minúsculo lugar de esa vastedad desmesurada, con un grupo heterogéneo de casas que surgen queriendo capear esa intemperie, hecha de soles, de silencios, de aprendizajes modestos, mínimos, y por qué no, fundamentales, donde uno es un pequeño, insignificante abrojo queriendo sostenerse en la sucesión de los días y las tardes que percude el polvillo de tierra de todos los eneros, desde aquellos primigenios días en que éramos solamente proyectos de hombres y amagos de sueños cuando la vastedad reinaba pero también la sombra propicia de los fresnos, de los copiosos paraísos, del lluvioso sauce o de aquella casuarina oscura que nos cuidaba, solitaria, en el rincón más alejado de todos los caminos.

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