CONTRATAPA

Las palabras de la tempestad y la lucha por la memoria

 Por Eugenio Magliocca Piazza

Nadie, quizás, podría pensar que las tragedias son acumulativas y que, como una parodia misma del capitalismo, esas terribles tragedias generan plusvalía. Sin embargo, la historia puede repetir los horrores del último siglo en un solo y único ser mostrando su peor rostro en la Alemania Nazi y posteriormente en la dictadura argentina. Los dos momentos están unidos por Sara Rus, víctima del holocausto y Madre de Plaza de Mayo, quien a sus 86 años y por una iniciativa de los concejales del Frente para la Victoria﷓PJ, Norma López y Roberto Sukerman fue declarada visitante distinguida en Rosario, brindando una charla a más de 250 alumnos de escuelas secundarias de la ciudad.

La secuencia de palabras de esa mujer casi diminuta que hoy ya es bisabuela, portando el pañuelo blanco, inundó el silencio de un recinto que quedó chico ante la inmensidad del relato mientras las lágrimas, las sonrisas, el asombro, la esperanza y sobretodo, la memoria, colmaban cada centímetro del rostro de los presentes.

"Sigo luchando por la memoria y por la justicia -dijo Schejne Miriam Laskier de Rus, popularmente conocida como Sara Rus- y en ustedes, los jóvenes, esa lucha debe continuar, ese es mi deseo como deseo también que nuestra presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, se recupere lo antes posible".

Sara ingresó a la sala de sesiones del Concejo Municipal con una sonrisa en el rostro, acompañada por su hija Natalia y su yermo José Scheinkoff. En las gradas, más de 250 alumnos de escuelas secundarias esperaban ansiosos el relato sobre sus dos tragedias: la de la ocupación nazi en su Polonia natal y el secuestro de su hijo Daniel en 1977 durante la dictadura argentina.

Con un relato preciso que por momentos se llenaba de dolor y dejaba resquicios de humor, Rus, quien se declaró amante de la música y el baile, hizo un resumen de la tragedia que le tocó vivir en la Alemania Nazi y cómo la arrebataron de su Polonia natal llevándola a los campos de concentración hitlerianos.

Sostuvo, por momentos en presente (como si todo hubiese sucedido hoy), y por momentos en un pasado cercano, un dolor profundo y, sin embargo, una constante fuerza aferrándose a esos pequeños sabores de la vida aún en los momentos más desgraciados. Entre separaciones forzosas de su madre, la muerte de su padre, el trabajo esclavo en una fábrica, el trato infrahumano y el traslado a Auschwitz﷓Birkenau, se enamoraría con solo 14 años de quien sería su marido y el padre de sus hijos: "Lo vi y me gustó y al parecer a él también le gusté. Pero la guerra estaba sobre nosotros. Nos enamoramos y un día le comenté que tenía un tío en Argentina y él me dijo que sabía mucho de ese país. Entonces me anotó en una libreta, que siempre llevé conmigo, que si sobrevivíamos nos encontraríamos el 5 del 5 del 45 en el Kavanagh, un emblemático edificio de Buenos Aires".

"Increíblemente, ese fue el día que nos liberaron a mí y mi madre del campo de concentración de Auschwitz", recuerda. Al concluir la guerra, Sara, que pesaba 26 kilos, tuvo noticias de que su futuro esposo estaba vivo. Ambos se reencontraron en Polonia, donde ella regresó con su madre tras un periplo por Austria y Alemania. En 1948 viajaron a Paraguay y tiempos después, y luego de gestionar su radicación ante Eva Perón, finalmente llegaron a la Argentina.

"En 1950 nació Daniel. Ese chico fue una bendición. Desde niño dijo que sería físico atómico. En 1976 entró a trabajar a la Comisión Nacional de Energía Atómica y el 15 de julio de 1977 fue secuestrado junto a varios compañeros. Nunca más supe de él", dijo Sara.

Ese día comenzó el otro vía crucis que la llevó a hacer incesantes periplos por ministerios, sin respuesta alguna sobre Daniel, hasta que se unió a las Madres y en pleno apogeo de la dictadura, comenzó a participar de sus rondas en la plaza de Mayo frente a la Casa de Gobierno.

"¿Cómo hago para seguir? Sigo porque amo la vida: morir es mucho más fácil que vivir", afirmó hace un tiempo Sara Rus, a quien ni Hitler ni Videla pudieron ocultarla en el olvido.

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