CONTRATAPA

La usina del infierno

 Por Friedrich Fontana

Es temprano en la ciudad. El frío ha vuelto de donde sea que se había escondido y en cierta esquina advierto: quizá al invierno lo llevamos dentro (si lo sabrán algunos) Envuelto en mi capucha voy a la deriva. En verdad tengo un recorrido, o al menos mis pasos lo tienen.

Después de andar un rato llego a destino provisorio: Iapos. Miro la puerta y leo: "tire". Caigo entonces en ese dilema universal y fugitivo: Tirar hacia uno, empujar hacia adentro. La regla mnemotécnica da resultado inmediato. Un calor viscoso se desprende de las paredes que están pintadas al tono de un hospital. Hay un kiosco que te vende cosas y te saca fotocopias a un peso cada una. Como es la primera vez que debo entregar allí una factura el territorio es un enigma. Prefiero dar algunas vueltas y ver si encuentro el lugar por mí mismo. La ilusión de autonomía.

Subo al primer piso y encuentro 50 personas sentadas esperando algo. Sus caras me dicen que allí no es. El segundo piso tampoco, porque solo hay cajas apiladas y dos viejas sentadas una frente a la otra. Al tercero no llego. Bajo y leo de nuevo las indicaciones pero los muchos carteles que hay pegados me terminan confundiendo. Me resigno y le hablo a un policía que está leyendo una revista de Garbarino detrás de un mostrador.

--A él preguntale, a ese tipo que está sentado ahí de lentes.

Me acerco sigiloso.

--Buen día Hugo, a vos te tengo que entregar la facturación por un acompañamiento terapéutico?

El tipo abrocha papeles. Podría hacerlo con los ojos cerrados si quisiera pero mira atentamente cada cierre de la maquinita. Se diría que hace siglos lo hace. Sus movimientos son exquisitos, de ese abrir y cerrar pende el fugaz orden del universo. Está tan concentrado que no escucha mi pregunta, o la escucha pero su abstracción es tan grande que no puede contestarme. Yo elijo el silencio. Al rato levanta la mirada y sin abrir la boca me señala con una birome que tiene en la mano un cartel. El cartel está pegado sobre la pared izquierda de su cubil y dice: Facturación de 9 a 12. Sin excepción.

Espero en la cola y voy mirando a mí alrededor. Hay un cartel de publicidad del banco Provincia que tiene a un tipo como volando en el aire, con sus manos abiertas cual alas de pájaro. En el cartel se lee: Sea libre. Y al ladito nomás, un lector de huellas digitales donde los empleados marcan su presencia laboral. Contradicciones de lo público.

Acá abajo también hay sillas para hacer tiempo, y un montón de cabezas me dan la espalda. Todas miran hacia el frente esperando con un número en las manos. Inspecciono cada nuca con curiosidad morbosa. Un tipo pelado me pasa por al lado con una pila de papeles que le sobrepasan por encima de la cabeza. Es una escena increíble, porque el tipo no puede ver por dónde camina pero gambetea casi de memoria los objetos con los cuales podría chocarse. Un prodigio de la cartografía, de esa que dice: nadie conoce mejor un territorio que quien lo habita. Lo sigo con la mirada. El tipo va hasta el fondo de la planta baja, y dobla a la derecha. Al rato vuelve sin papeles. En su rostro se dibuja una evidente complacencia, como si acabara de cumplir una misión importantísima para el resto de los mortales.

--Qué harán con tantos papeles? me pregunto. Deben tener un depósito inmenso donde semana a semana se acumulan historias que ya nadie lee, informes de personas que ya no viven, desgracias que no tienen motivos de existir porque ya no existe quien las sufra.

La mujer que está delante discute con Hugo. Sus gritos me traen de nuevo.

--Pero cómo me podes pedir semejante boludez? Si te traigo el recibo de sueldo de Julio es porque el de Junio no lo tengo me entendes? Me pidieron el último recibo, no el anteúltimo! Entonces no me la hagas más difícil, vos estás acá para hacerle más fácil las cosas a las personas! El tipo inmutable.

--Si no me traes el recibo de sueldo de Junio no te puedo tomar estos papeles. Son directivas. Acá las cosas son así.

La mina se aleja una distancia prudencial del escritorio y suspira. Cierra los ojos y parece meditar. Yo la observo. Sus fosas nasales se abren y cierran, como si fuera una presa acechada por su cazador. Se toca la panza, parece acariciársela. Inhala una vez, dos veces. Abre los ojos y lo mira al pibe que está al lado de Hugo, que es nuevo en ese puesto. El pibe siente esa mirada y no sabe qué hacer. Se pone inquieto. -﷓Qué cara de pelotudo que tenés pibe, vos no debes coger nunca, con razón te pusieron acá. Por qué no te vas a estudiar algo y haces de tu vida algo que valga la pena?

El pibe parece que va a llorar. La mina se aleja envuelta en esa nube gris que todos conocemos. Que todos hemos visto.

Hugo levanta la mirada y con un gesto me indica pasar. Yo tengo la sensación de que algo me va a faltar: una firma, una letra, una cursiva que no se entiende. Algo que falta o que está demás. Minuciosidad de la burocracia: Una manchita en el borde de la factura que hace inentendible la facturación del padecimiento.

Ojea los papeles y al parecer viene todo bien hasta que Hugo abre su boca y la calamidad se desenvuelve:

--Ah no, mirá. El tratamiento empezó en Junio, por lo tanto me tenes que traer el recibo de sueldo de Mayo, porque sino no podes acreditar eso, me entendes?

--Acreditar qué cosa? pregunto yo.

--Que la titular está trabajando desde Mayo.

--Pero si tiene el recibo de sueldo de Junio eso implica que ya viene trabajando. Me dijeron que tenía que traer el último recibo de sueldo.

--Ah, no sé. Yo no puedo tomarte estos papeles. Si tenés alguna queja subí al tercer piso y habla con Adriana. Acá es ella quien dice cómo son las cosas. Aparte me tenés que poner en la factura el precio de la hora, que no figura, aunque sí lo pusiste en la planilla de asistencia, pero bueno, yo no tomo las decisiones viste, en realidad hace 35 años que no decido nada en mi trabajo, pero no importa, ya me acostumbré.

Me quedé mirándolo un rato y entonces supe que ya sabía.

--Que lujo este lugar, me digo. Acá sí que saben. No debería uno morirse sin trabajar en Iapos, un lugar donde la gente sí que sabe cómo son las cosas. Al entrar uno sabe que en un rato va a pasar tal cosa, y que después van a ser las 12 y pasará tal otra y después tocará alguien algún timbre imaginario que te hace saber que sos libre hasta mañana a las 7 que volvés a entrar. Quizá no esté tan mal.

Agarro las cosas dispuesto a irme y al darme vuelta me choco de frente con el pelado que llevaba de nuevo una pila de papeles. Se desparraman sobre el piso. Bricollage de la administración. Le pido disculpas y lo ayudo a juntarlos. El tipo me agradece y me pide si lo puedo acompañar hasta el fondo donde tiene que llevarlos y al hacerlo me guiña un ojo. Una elegante risa se dibujó en esa comisura, como si un secreto estuviera por salir. Lo sigo. Vamos los dos. Al llegar al final del pasillo damos vuelta a la derecha y seguimos caminando unos diez metros. Llegamos a un cuarto. El tipo saca de su bolsillo una llave enorme y la mete en la cerradura. Gira y se abre. Función del significante. Un sonido antiguo se desplaza por todo el lugar. Al entrar está oscuro, sin ventanas, sin mesas ni sillas. No hay cuadros ni estanterías. En el piso una puerta de madera como si de un sótano se tratara con una cuerda para tirar. El pelado me mira y hace señas de silencio con su dedo sobre los labios. Levanta la puerta y al hacerlo unas llamas inmensas ahogan la habitación. Todo se inunda del color del fuego. Al advertir mi cara de pánico el pelado sentencia:

--No te asustes, es solo un trabajo de rutina. Todos los días tenemos que echar cien kilos de papel a esta usina para que siga funcionando.

--Funcionando qué cosa? pregunto yo.

--El infierno, joven. De estos informes que entregan ustedes se nutre el fuego que no cesa. Que no debe cesar. Por eso todos los meses deben traer los mismos formularios, las mismas planillas, para que el infierno no se extinga. A ustedes podrá parecerles una boludez tremenda, pero nadie sabe a ciencia cierta qué puede pasar si dejamos de echar papeles al fuego.

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