CONTRATAPA

Juguetes

 Por Luis Novaresio

Uno: Camino. Por cualquier calle. Es en el centro. Es cierto. ¿Pensó ya en el día del niño? Lo decía en el cartel. En realidad te tutea. Ahora los carteles te tutean. ¿Pensaste ya en el día del niño? Juro que no pretendo cuestionar, me dijiste, al pobre pibe que arma la vidriera y mastica la estrategia de venta para ver si cobra el aguinaldo, sueldo anual complementario, mejor de todas las retribuciones de los primeros seis meses dividida en seis, que todavía no vió. Y qué te importa, pensaste si yo ya pensé en el día. Primer domingo de agosto, día del niño, yo canto en mi mente, acordándome de cuando era pibe. Ahora no es el primero porque se cobra cuando se puede, como el pibe, así que no sé cuando cae. Y otra vez. Como el año pasado. El día del niño, te pone cándido. Ya nadie usa la palabra cándido, permitime que te diga. Te permito. Pero insisto en que te ponés cándido. Ya me lo dijiste. A ver: del latín candidus, blanco, del color de nieve o de leche. Como anillo al dedo, te digo, aunque insista con mi antigüedad para usar expresiones. Blanco, ingenuo, del color de la nieve que apenas si vino una vez hace más de veinte años cuando los rosarinos salimos en masa a la calle porque en la patria de los mosquitos, de la virgen, del monumento y del calor pegajoso, nevaba. ¿Te acordás? Cómo no. Todos en la calle tratando de atrapar el agua hecha copos, pensando que Dios finalmente había tenido la gentileza de hacernos sentir menos solos, más emparentados con el pibe rubio de la película italiana que sufría de leucemia y se moría. La última nieve de primavera se estaba dando en el Gran Rex y en el Palace y la escena final de los padres llorando en el banco de la plaza, filtrados por los copos de nieve tan de la modernidad. Y justo, mirá vos, julio rosarino con nieve en los techos y parabrisas de tu auto, un Chevrolet rally azul, toda una modernidad vernácula.

La otra acepción es más precisa. Me ayuda. Sencillo, sin malicia ni doblez. Simple poco divertido. ¿Entendés porqué sos cándido?.

Dos: ¿Cuál es la agenda principal de nuestros dirigentes?. Trato de ser más directo. ¿Qué cinco objetivos esenciales creen los que alquilan el poder en este momento no pueden perderse de vista?. Punto. Dejame que te diga que molesta, al menos, el uso del verbo relacionado con el poder. ¿Molesta?. Por lo menos. Entonces deberíamos preguntar antes de los objetivos, para qué el poder. Y no pienso ponerme filosófico, ya se sabe que defendés a los sofistas nada más que para hacer homenaje al contrera empedernido. El poder, en una sociedad más o menos vivible, se alquila. Los que estén allí, sentados en poltrona desde la que se manda, están temporariamente. Y no te hablo de la historia que demuestra que los que se creían amos y señores hoy no aparecen ni en Astolfi. Te hablo de la necesaria renovación de los inquilinos del poder a nos que no debemos renovarle contrato con tanta facilidad.

Si tuviesen en cuenta de la limitación temporal, si no se creyesen eternos convencidos de nuestro tropiezo cien veces con la misma piedra, entonces la agenda de objetivos se les haría imprescindible. Allí reside nuestro poder. No en la protesta burguesa, desde casa, en el café o en la cola de la mesa electoral. En el ejercicio real del derecho a renovar el contrato de alquiler. O no. Si así fuera, podríamos exigir el orden de prioridades.

Tres: Superpoderes. Mejor. Super poderosa. Ana María tiene treinta años. La mitad de su vida, entre panza, pañales y ver crecer a su hijo, fue madre. Es. Mientras vos jugabas a ver si la fiesta o el viaje a Disney o, más modesta, si la fiesta de largo o un asalto un poquito más cuidado, ella calentaba mamaderas, sabía mirar el color de la caca de su hijo y todo, sin poder dejar de coser doce horas por día. Sí, claro: Ana María es costurera. No me mires así. No es una historia ni nueva, ni rara, ni heroica, me decís. Momento: ni nueva, pase. Ni rara, te creo. Es heroica. Con el heroísmo inveterado de mujeres que desde hace que tengo memoria paran la olla y el respeto existencial. Si desde hace tres lustros sabe lo que es ser madre, Ana María sabe desde hace dos años qué es un drogadicto. Su pibe fuma marihuana, aspira paco y se refriega la nariz por algún polvo de cocaína. Y roba. Ni raro, ni nuevo. Pase. Pero ella, sí, heroica. Como tantas otras, concedo. Pero no menos heroica. Sola en el mundo, y me anticipo, qué te importa el porqué de su soledad, sola, pide a la justicia que no larguen a su hijo detenido por robar. Que no salga de la celda a donde ella misma lo envió. Es que no puedo más, dice bajito. Ahora pide que un juez lo interne en algún sitio en donde lo limpien de falopa. Así lo dice. Porque lo quiere recuperar. Porque quiere verlo estudiar, tener una familia, ser feliz. Acá nomás. Hoy mismo. Como tantos. Super poderosa, igual.

Cuatro: Es injusta la comparación, me decís. Me advertís feo. Y concedo. Pero espero que me entiendas que no comparo. Cuento, relato, digo lo que veo. Me arriesgo a que un buen tipo que lo propone me diga que no es cierto que una cosa excluya la otra. Me arriesgo. ¿Quién te dijo que no se puede pensar en qué hacer con los juguetes bélicos y solucionarle el problema a Ana María? No te enojes. Pero yo te lo digo. No se debe. Poder, se puede. Pero creo, te juro que con buena leche, que no se debe.

¿Un avioncito es bélico? ¿La gomera es la lanzadera de piedras que mata en medio oriente? ¿Los soldaditos nuestros y los indios comanches que se despintaban, son bélicos? Te aseguro que no lo sé. Pero me resisto a discutirlo. Me parece que no tenemos tiempo en medio de Ana María y de tanto otro. Jugamos a prohibir el cigarrillo so pena de guillotina en todas partes, y no fumo, te aviso, mientras liquidamos la vida de un pibe de menos de quince sin tenderle una mano. Raro. Realidad superpoderosa.

Cinco: Ana María pide por su hijo. Ella, la otra, dice que lo hace por nuestros hijos. ¿Incluirá al de Ana María? Grita, gesticula fuerte, no pierde su indudable lucidez, pero nos ha de tomar por sordos. Si yo la escucho. No me grite, señora. Hay que ser Nietzsche para poder decir que la vida se divide en antes y después de uno. Y ella, con su perdón, primera ciudadana, no pensó ni ha de creer en eso de que se accede a la verdad a través de la incredulidad y el escepticismo, no a través del deseo infantil de que algo se produzca. Y sin embargo, lo dice. Antes y después de ella. No le da empacho saber que nosotros sabemos que está rodeada por los mismos de siempre. Si están allí, yo los veo, me dijiste. No le importa. Ella pide superpoderes que, no embromemos, es hacer lo que quiera con el dinero público. Por tiempo indeterminado, sin responsabilidad fiscal y sin dar cuentas. La señora quiere super poderes. Y es raro. El zapping sirve para comparar a toda máquina. En un canal Ana María dice quiero felicidad para mi hijo. Ella quiere superpoderes, lo grita en el otro canal.

Seis: si dentro de las prioridades de gobierno de los inquilinos del poder existiese la convicción de trabajar para que todos seamos iguales ante la ley, la calidad de vida de esta nación, paliado el hambre y la muerte, sería mucho mejor.

Los cargos públicos están sometidos al régimen de la locación. No al de la propiedad privada. Si el Presidente, el Gobernador y el Intendente garantizaran que todos los cargos públicos no políticos, desde el ordenanza hasta el Presidente de la Corte, fuesen cubiertos por exámenes de idoneidad y antecedentes de formación y no por amistad, un objetivo esencial de ellos se habría completado. Si los locatarios del hacer público tuvieran de mayor a menor, del uno al cinco, los objetivos de una agenda que se parezca a la realidad en donde se imprime, algo empezaría a cambiar. Si Ana María supiera, si nosotros mismos supiéramos, que un sueño de dignidad no tiene que ser necesariamente eso, sino la posibilidad de pelear en serio por alcanzarlo, el oxígeno de realidad sería más fuerte que el monóxido de carbono de desazón. Si quien hoy se cree aferrada (no quiero dejar de usar el femenino singular) al poder por mandato divino, asida por los que antes sostuvieron a otros y los soltaron sin remilgo alguno, se enterase de que mira al precipicio y, sobretodo, que ella no puede volar por más superpoderes que le concedan de palabra, el sentido de una república más digna resucitaría de inmediato.

Pero no seas tan cándido. Y de paso, andá pensando en el día del niño. anticipado.

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