CONTRATAPA

Equilibristas

 Por Víctor Maini

"Calma chicos, no pasa nada, es sólo la sombra del tío Quique, está parado en el umbral, pero ya se va, ya se va..." Mientras repasaba un trapo mojado sobre la superficie de una mesa por demás limpia, mi tía Elsa trató de tranquilizarnos de unos extraños ruidos provenientes de la vereda. "Está orinando la puerta!", gritó mi hermana asustada al ver un charco que avanzaba hacia el palier. "No es lo que vos pensás Estelita, es sólo vino, un poco de su vino... un poco de su sangre", estas tres últimas palabras las pronunció sin sonido, las pude leer en sus labios, antes que los cubra con el repasador. A partir de aquella noche le sumé curiosidad a lo que ya sentía por mi tío Enrique, vergüenza y lástima. Borracho oficial del barrio, respetado y querido por su sentido del humor, su educación pero sobre todo por su sinceridad, siempre pedía a voluntad y lo necesario para "un vaso de coraje que le ayudara a mantener su equilibrio", no se enojaba con el que se negaba y agradecía con un tango de Discépolo a quien cooperaba. Resistía los inviernos en los viejos galpones del Patio de la Madera y en verano prefería los lugares abiertos, parques, paseos y plazas. En la Buratovich, una tarde de enero me atreví a enfrentarlo. Le tendí la mano, lo miré a los ojos y le dije mi nombre. "Me caigo y me levanto y estoy en el mismo lugar. Jamás te hubiera reconocido, somos juguetes del tiempo!", me saludó sorprendido. Inmediatamente jugamos un TA﷓TE﷓TI con palabras. "Tío, por qué toma?/ Porque tengo mucha sed / Por qué no toma agua?/ El agua se usa para bañarse./ Se toma también./ La toman los animales, ellos tienen otra sed./ Entonces, su sed, cuál es?". Miró hacia el cielo, como buscando la respuesta entre las nubes, trató de ser didáctico. "Ningún perro soñó alguna vez en convertirse en mariposa, como a ningún elefante se le ocurrió nadar como tiburón, son perfectos. El hombre, sobrino, es un misterio, siempre precisa un poco más, no se conforma, insiste, carga con una conciencia, sabe que se va a morir. Tuvo que inventarse un montón de cuentos para sufrir menos. Bueno, yo me hice devoto de Dionisios". Terminó su monólogo como lo hacía generalmente, con una risa contagiosa, preámbulo de una tos húmeda. Nunca imaginé recibir de su parte una función de circo como regalo. El Rodas promocionaba sus funciones dejando entrar gratis a un niño por adulto con entrada. Disfrutaba de los payasos a la par de los chicos. Me dijo en medio de la función que el hombre siempre se había hecho las mismas preguntas, que las que fueron cambiando habían sido las respuestas, en cambio siempre se había reído de lo mismo. Aquella tarde, tosió varias veces. Al equilibrista lo miró de pie. Se mezclaron sudor de alcohol con lágrimas en su rostro. Un miedo escénico lo paralizó por un momento hasta que se rompió las manos aplaudiendo. El tiempo me subió a ese alambre. Siempre en el filo de la ficción y la realidad. Al borde de mí mismo. En ocasiones contenido por una red tejida con palabras, la mayoría con un abismo de locura y muerte debajo de mis pies. El agua es insuficiente para apagar el fuego interno. El vino se asemeja más al hombre, tiene cuerpo, color, sabor, puede hacer bien, puede hacer mal, pero carga con una característica propia de su creador, esclaviza. Para calmar mi sed ancestral sin dejar de ser libre, elegí el agua de la luna. Me alimento de lo sutil, de lo imperceptible, de lo que abunda en las calles, a veces también en los museos. En noches de insomnio, en las que mi sed amenaza con prenderme fuego, escribo cartas para mi Matilde. Cruzo la ciudad hasta su umbral y deslizo mis poemas por debajo de su puerta. Hace tiempo que no me contesta, pero siento que me sigue esperando. De alguna manera mi río de tinta sangre todavía le sirve para calmar su angustia, sentirse viva, menos vacía, menos sola, es decir en otras palabras, le ayudan a mantener su equilibrio.

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"Equilibrista", de Cayetano Ferrandez, fotógrafo español. Tomado del blog "El hombre gris".
 
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