CONTRATAPA

¿Y ahora, quién podrá defendernos?

 Por Javier Chiabrando

Si me preguntaran con qué palabra definiría a los hombres y mujeres de hoy, sin importar países o particularidades, yo diría queja. El hombre y la mujer de hoy se queja, protesta, pide, reclama, se indigna. Esa idea cruza culturas y clases sociales. Se queja la clase media argentina porque el pan kirchnerista tiene demasiada miga, el joven español porque no quiere seguir manteniendo parásitos reales, el negro africano porque no lo dejan vacacionar en Europa, el europeo porque la calle se le llena de africanos. Se queja el rico porque le cobran impuestos y el pobre porque no puede llegar a rico pero si llega se quejará de tener que pagar demasiados impuestos. Se quejan los jóvenes, los adultos, hombres y mujeres. Se quejan ante el intendente, ante un cliente, ante un acompañante ocasional en la cola de un banco, con el taxista y el peluquero.

Los hombres y mujeres de hoy actuamos como si se nos hubiera prometido el cielo y nunca hubiera llegado el delivery. Entonces protestamos. En la calle, frente a los periodistas, a las amantes, antes los hijos, los vecinos, y por supuesto en las redes sociales. En la era de la comunicación cualquier queja, por imbécil que sea, será acompañada por medio millar de personas de cualquier parte del mundo que la compartirán y se subirán al carro de la queja.

Uno puede estar protestando contra algo y al rato contra otra cosa, incluso antagónica, sin que sea una contradicción, como la gente que protesta por el frío a la mañana y por el calor a la tarde. O por la lluvia y la sequía. Al hombre/mujer de hoy se lo verá protestando desde Facebook, medios, correos, en la calle, en las paredes de su calle, en el trabajo. ¿Protestar contra qué? Por muy diversa que sea la queja, se podría usar ese viejo apotegma que pregonábamos cuando escuchábamos canciones de protesta: se protesta contra el sistema, esa entidad imprecisa formada por la política, los sistemas financieros, comunicacionales, policiales, militares, administrativos. Es decir lo que nos gobierna, a falta de un Dios más presente.

Es que protestar es sencillo. Si usted supierala envidia que me dan los periodistas y pensadores que están en contra del sistema que habitan e integran. ¡No se imagina lo fácil que es escribir en contra de algo y lo difícil que es hacerlo a favor! Indignarse es sencillo, basta con batir el parche de la frustración y poner cara de orto. Defender la vida que se vive, el país que se habita, el sistema que se integra, es ir contra la corriente, porque a cada paso (a cada remada) uno se topa con indignados, molestos, frustrados, caras de vinagre, que atacan el mundo que habitan como si lo hubieran hecho siempre otros. Y ese enojo no se tiene por qué fundamentar (como sí se debe fundamentar cualquier defensa u opinión a favor de lo que sea).

Ya sabrá usted, que lee mis notas, lo difícil que es mostrar a este maravilloso país como cualquier otro, con sus buenas y sus malas. A cada paso uno se choca con gente que, sin haber leído libros que lo avalen, ni haber viajado para comparar, creen que este es el peor país del mundo. No importan los fundamentos. Lo que importa es protestar. Quejarse. Ser en definitiva, un hombre de esta época. Protestar, esa es la cuestión. ¿Con razón, sin razón? Una razón siempre habrá, o la inventaremos, o sobredimensionaremos algún dolor temporal, una ausencia, un corte de luz, un semáforo esquivo, una muela cariada, un bache en la esquina.

La globalización unificó criterios sobre gustos y sueños, de tal forma que la abstinencia por un jean que nos ataca en Rosario, podamos satisfacerla en Miami. Así, los hombres y mujeres nos vamos pareciendo. (Es verdad que hay particularidades, por ejemplo las mujeres de Miami no se comparan con las de Rosario). Y así como las tallas de las mujeres consumidoras se unifican en los talles S, M y L, el ímpetu de los hombres y mujeres de hoy se va transformando en uno solo: protestar.

Esa furia imprecisa tiene un primer destinatario: el mundo político. Basta leer los diarios. Una vez agotada la queja contra el sistema político, la furia se volverá contra los bancos, contra un nombramiento, contra un evento, contra el sentido de las calles, contra los que hablan y contra los que callan.

Entonces, ¿en quién confía esa gente para que lleve adelante el mundo que habita? Porque si ese mundo que se habita fue hecho por los otros, y esos otros son los destinatarios de la queja. ¿Quién podrá defendernos? Curiosamente, el sistema. Esa gente que protesta contra el sistema confía en el sistema.

Retrocedamos. El sistema, que describí a lo indio más arriba, ha descubierto que cuando nos ponemos protestones (es decir siempre) es más negocio dejarnos protestar que someternos a través de dictaduras, represiones y matanzas. En eso, el sistema también ha aprendido la lección. Matar, reprimir, tarde o temprano trae consecuencias, y es caro. Se necesitan soldados, armas, medios de comunicación e idiotas útiles. Es caro y poco práctico.

Lo dice Alessandro Baricco: "No quiero decir que el dinero se haya convertido, de repente, en bueno, y que haya decidido no volver a utilizar el instrumento de la guerra: quiero decir que en este momento le parece técnicamente más fácil utilizar la paz. El precio de la guerra se ha puesto caro hasta tal punto, en términos de sufrimiento y desestabilización del sistema, que ha sugerido otra técnica (...) la solución se ha demostrado infinitamente más práctica que lanzar un par de bombas atómicas".

El sistema ahora deja que uno proteste, porque lo único que hay una vez que uno se agota de putear el sistema, es el sistema. Antes existía el sueño del mundo socialista; me temo que ya ni un sueño es. Como si fuera poco, hace meses nomás, se esfumó el Estado de Bienestar que Europa supo construir para que la gente no se meta a hablar de revoluciones y de lucha de clases. Y esa masa de quejosos, indignados, sean del país que sean, considera que a pesar de todo, lo que hay, el paraguas (agujereado pero paraguas al fin) es ese sistema que a los vivos nos deja subir algunos escalones como para que el agua no nos llegue al cuello, a otros con menos suerte les muestra la zanahoria para que tengan un motivo para ir adelante hasta palmar.

Otra lección colateral que nos da el sistema es que a los pobres no los tiene que reprimir porque seremos nosotros, los de la clase media, los que lo haremos. El capitalismo será todo lo que uno quiera, pero no estúpido. Nos deja putear a los engranajes visibles del poder, los otros tienen nombres tan raros y están tan escondidos que ni sabremos que existen. Recuerde a John Berger: "En el pasado, fue una táctica común de quienes defendían su país contra los invasores el cambiar las señales camineras, de tal modo que la que indicaba Zaragoza apuntara en la dirección opuesta, hacia Burgos. Hoy no son quienes se defienden, sino los invasores extranjeros, los que invierten los signos para confundir a las poblaciones locales, para confundirlas acerca de quién gobierna a quién, acerca de la naturaleza de la felicidad, del alcance del quebranto o de dónde ha de hallarse la eternidad".

Parajoda: cuando nos cansamos de putear al sistema, volvemos a nuestras casas esperando a que el banco nos dé un crédito para agrandar la casa, o la tarjeta nos financie un viaje de placer. Y mientras vamos tirando, esperando que el año que viene sea mejor. Igual, nos encontrará protestando.

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