CONTRATAPA

Yo también

 Por Víctor Maini

"En esa casa son todos comunistas", solía disparar don Manuel mientras manipulaba miñones, caseritos y varillas sobre una balanza. En esa casa vivía mi amigo. El panadero no dejaba de sobar una masa leudada en ignorancias. Formador de opiniones en un barrio con escasos televisores, etiquetaba en discriminatorios conceptos a homosexuales, lesbianas, villeros, borrachos, vagos y mal entretenidos. En esa casa con puerta de chapa pintada de rojo y parral de uva chinche, a modo de galería en un patio de baldosas, pasé bellos momentos de mi infancia. La familia del gordo Luis era mi segundo hogar, con algunas sutiles diferencias: no se comía pescado el fin de semana largo del mes de abril, tampoco había arbolito con luces en los fines de año, y menos juguetes regalados por reyes. Si ser comunista era saber de fútbol, el padre del gordo era comunista hasta la médula. Los tres rodeábamos una radio cada domingo y nos dejábamos llevar por la magia de un relato del equipo que nos apasionaba. El comunista padre nos enseñó que en todo juego el hombre se muestra tal cual es, y que si bien se jugaba para ganar, ningún fin justificaba los medios. Admiración y envidia sentía cuando lo veía cubrir su camisa con su impecable guardapolvos blanco de maestro y avisar en voz alta: "Bueno, me voy a humanizar". "Pórtense bien, que el que se maneja a conciencia, no necesita de leyes ni gorras que lo vigilen", era su frase de despedida. Una tarde, Luisito fue quien se encargó de ir casa por casa mostrando la camiseta del Muñeco Madurga, la original, la de los dos goles a River en el Monumental en el 69 que le había conseguido su padre. Le colgaba como un vestido, como un camisón, aprendió a adorarla como a un manto sagrado. En la adolescencia las palabras comienzan a llenarse con ideologías. En la escuela varios "panaderos" ocupaban cargos dirigenciales, aceptaban a los marxistas en zonas heladas detrás de una cortina o en una isla en donde el mar en vez de unirnos, los bloqueara. Éramos felices afuera, nos reuníamos en la esquina del establecimiento entre canciones de Sui Generis, los Beatles, cigarrillos armados, dibujos y poesías que nos daban fuerza para entrar a un lugar en donde estaba casi todo prohibido. Pasaron miles de relatos de partidos no escuchados, cabellos que cayeron al piso como muros, decepciones directamente proporcionales a las expectativas antes de que me encontrara con mi amigo en la puerta de El Cairo. Luis ahora es flaco pero lleva puesta la misma sonrisa. Actor, director, pero sobretodo docente de teatro, trata de llevar toda la creatividad de la juventud, la misma que nosotros dejábamos en la calle, adentro de la escuela, con el objetivo de enseñarles a los adultos a ser mejores padres y maestros. Aproveché una ráfaga de nostalgia que cruzó la mesa del bar para preguntarle si se acordaba de la famosa camiseta, me sorprendió su respuesta. "Siempre supe que no era la original, mi viejo no conoció Buenos Aires, seguramente la compró en Echesortu Sport, pero el hombre es lo que se cree y creí siempre que aquella historia que inventó para mí fue su mejor regalo. Esa camiseta fue mi religión. Cómo no me voy a acordar, si todavía la tengo. O por qué te creés que adelgacé, ya casi ni me entraba. Las noches en que estoy a punto de perder la fe, de tocar fondo, la uso de pijama Es mi mejor manera de no olvidar mi origen, de saber quién soy, de recobrar fuerzas para seguir". Al borde de quebrarse, apuró el momento pagando los dos cafés y a modo de despedida, me dijo, "Bueno, flaco; me esperan los pibes, me voy a humanizar". En ese momento supe que a pesar del tiempo transcurrido, de haberla remado en distintos botes, siempre estuvimos sobre el mismo río, fue entonces que después de abrazarlo me animé a decirle orgulloso, "Yo también, me voy a humanizar".

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