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Domingo, 10 de mayo de 2015

CONTRATAPA

Una lección al mundo

 Por Javier Chiabrando

Argentina le ha dado muchas lecciones al mundo. En el fútbol, en la ciencia, enseñándole a atar la realidad con alambre, a cocinar la carne primero del lado del hueso. También inventó el choripán para combatir la insalubre salchicha teutona y su insípida versión yanqui, entre otras gloriosas páginas de la historia. La última fue cómo hacerle pito catalán a los buitres, que para un argentino es como pedir un préstamo al banco y no pagarlo. Cosa de todos los días.

Ahora, luego de enviar el pingüinaje populista de regreso a su madriguera, llegará la lección definitiva de la mano de una nueva dirigencia que se jacta de no tener ideología y de no leer libros, y que ha logrado convencer a mucha gente de que ambas cosas, ideología y cultura, son irrelevantes, incluso molestas.

La lección que viene de la mano de chicos 2.0 como Macri, Del Sel, Larreta, y Durán Barba de titiritero, será demostrar que el mundo vive bajo el imperio de ideas buenas que pueden ser reemplazadas por malas sin que nadie note la diferencia o patalee en exceso. La primera cosa inútil que el mundo aprenderá a sacarse de encima será la política (por fin), que será vendida en trozos como souvenir cual cascote del Muro de Berlín.

¿De qué sirven los partidos (que según el diccionario de la RAE es un montón de gente a la que llevás como ciego a mear bajo el influjo alucinógeno del choripán), si todo se puede resolver en un slogan que (además) se puede comprar". Esta lección viene con bonus track: la marchita, la internacional y "güi ar de champion" emocionan igual si se cantan en el prime time de la televisión. ¡Cuántos globos (qué globolizados vamos a estar) volarán por los aires sin ideas que separen a los hombres, unidos por el amor a un sponsor!

¿El mundo creía que el Estado no se podía achicar más de lo que lo hizo el neoliberalismo? ¡Vade retro, pesimistas! El modelo de Estado reaganiano (un negro que te abría la puerta de la Casa Blanca y otro que te acompañaba a la salida), será declarado derrochón, un modelo que hay que achicar hasta lograr que el negro aprenda a abrir la puerta primero y a acompañarte a la salida después. ¡Volvió el dos por uno! Donde había dos trabajadores, habrá uno. ¿Será un Estado eficiente? ¿Y a quién le importa si del otro lado hay gauchos argentinos capaces "como Rambo" de comer lo que una cabra desecharía, cosa que haremos para demostrarle al mundo que si hay pan duro, no hay hambre?

Lo primero que nos vamos a sacar de encima serán los derechos humanos. Se puede vivir sin derechos humanos, sin derechos, sin humanos. Es hora de ahorrar en monsergas, cartelitos, pañuelitos, que serán reemplazados por chistes de Del Sel sobre gordos, judíos, gallegos y negros; sin discriminar: todos tendrán su chiste. Esos son derechos, caramba. Le enseñaremos al mundo que con los derechos que hay es suficiente. ¡Y sobran! ¿Qué es eso de derechos a los putos y a los rengos? Si seguimos así, los ciegos van a pedir derechos para sus perros lazarillos y los explotadores rurales para los bolivianos.

El mundo va a aprender a lo macho "a lo Argentino" que la ideología sirve para que los franceses escriban libros que nadie entiende, pero que acá estamos por abolirla desde que la izquierda que siempre está por pasar a la clandestinidad e irse al monte a hacer la revolución, se alía con la derecha perfumada y van juntos de la mano hacia el horizonte donde todos seremos una misma cosa: obreros o desocupados de una multinacional. ¡Para un argentino no hay nada mejor que otro argentino que no cobra salario familiar! Como diría el general Motors: primero las empresas, después los gerentes; ¡y el último culo de perro!

El mundo va a aprender que la democracia esconde una trampa (escondía, porque Argentina la acaba de descubrir): un voto militante, el de un tipo que lee cien libros al año y estudia las ideas de los candidatos, vale lo mismo que el voto risa, el voto del tipo que, despechado, distraído o simplemente salame, vota al más ignorante, payasesco y extravagante de los candidatos. El mismo voto risa que entronizó al Turco que lo Reparió, a Berlusconi, Beppe Grillo, al payaso Tiririca y Bucaram. Chistes sí, libros no.

Macri le va a enseñar al mundo que así como para bailar no es necesario tener ritmo, para tener un candidato como Del Sel no es necesario saber gobernar. ¿Qué es eso de exigirle a nuestros gobernantes que sepan hablar, sumar y restar, negociar, dirigir? Qué antigüedad, señores. Eso era de antes de Google. Ahora tenés un problema de cloacas en un barrio, ponés "cloacas en un barrio" en Google y chau.

Un candidato a presidente puede estar procesado, pero es parte de la lección, porque Argentina le va a legar al mundo un proyecto de gobierno donde los límites entre ilegalidad (Iron Mountain, talleres clandestinos), impericia (vagones que no entran en los túneles), amiguismo (el muro y las computadoras compradas a Clarín), cipayismo (hay que pagar lo que diga Griesa) y menefreguismo (los famosos no sé, no recuerdo, no me dijeron, no estaba al tanto de Macri) estarán borrados y serán una sola cosa: gente sonriendo.

El mundo aprenderá que se puede ser feliz aún enfermo del Síndrome de Estocolmo, el que te hace desear volver a los `90, a ser maltratado por el neoliberalismo, incluso a ser empomado por el neocolonialismo; ¿a quién no le gusta el sexo? Es una nueva concepción argentina de gozar, que incluye una nueva concepción de sufrir, es decir: sufrir para que otros gocen. ¡Y la mitad felices!

Y la lección sigue con una larga serie de confirmaciones: bien promocionado, todo se puede vender, por ejemplo que una ONG formada por esquimales es más confiable que un vecino de intendente. Que se puede votar sin culpas a un candidato que no genera respeto como pensador, ni como estadista, ni por su sintaxis. Que tipos que refundieron al país pueden sean vistos como los salvadores. Que es más confiable un cliente que un militante. Que es bueno ser amigo del juez pero mejor aún es ser amigo del patrón del juez. Que lo que al mundo le hace falta no es agua ni trabajo sino marketing. Que si a los pobres les explicás bien, no tienen problemas en defender a los ricos y a su riqueza.

Pero la lección más importante la recibiremos nosotros, los mismísimos argentinos. Es la que dice que a pesar de todo lo dicho, en broma o en serio, hay que aceptar que a un montón de gente les gusta Macri y Del Sel. Les gusta lo que son, como hablan, como piensan. Como bailan. Los representa, los sienten próximos, confían en ellos. Y los creen capaces de transformar este país en el paraíso que anhelan vivir. Y ese montón de gente son también argentinos, como nosotros, incluso hermanos o primos. Cuesta entenderlo, pero para eso está Chiabrando que pone blanco sobre negro.

Es mejor morfarse ese sapo que andar haciendo tanta sociología barata sobre la clase media y sobre el odio que la gente le pudiera tener a los pingüinos. Claro que aún hay mucha tela para cortar y la historia también enseña que no hay que poner la sartén en el fuego antes de comprar el pescado. Pero es mejor aprender esta lección ahora, aceptar sus probables consecuencias, que irse a marzo. Porque en marzo, estemos dónde estemos como país, habrá otros exámenes, otros desafíos.

Y la frutilla del postre de la lección que estos muchachos le enseñarán al mundo es que cuando las papas quemen, muchos de esos votantes, seguidores, reidores consuetudinarios, o ejercientes del voto risa, volverá a practicar el viejo deporte (argentino, claro) donde también somos campeones mundiales: levantar los hombros al tiempo que se dice: "yo no lo voté".

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