OPINIóN › REFLEXIONES TRAS LAS PASO DE SANTA FE Y SUS RESULTADOS MáS NOTORIOS

El votante confundido

Hay un dato insoslayable de la democracia moderna, los electorados no son homogéneos, sus niveles de compromiso son variables, y es insensato imaginar un universo de votantes meticulosamente informados y entusiastas. En una elección se trabaja con distintas intensidades.

 Por Juan José Giani*

Las contemporáneas filosofías del lenguaje se han ocupado en insistir acerca de la frecuente polisemia que conlleva el uso de cada término. Eso quiere decir tres cosas. Hay un contexto proposicional que da un sentido específico a cada palabra, hay un marco histórico que pluraliza la recepción interpretativa de esa misma palabra y, por tanto, ya no se puede afirmar que hay realidades objetivas que un significante meramente expresa, sino que las cosas mismas sólo existen cabalmente a partir de una manera cambiante de denominarlas.

En el terreno de la política estas aseveraciones resultan más evidentes, pues las compulsas exegéticas respecto del destino que le damos a tal o cual concepto se tornan especialmente acaloradas. Veamos sino un caso prototípico. La palabra democracia. No hace falta enfatizar la espesura de los debates que suscita, y la manera en que se la despliega para imputar al ocasional adversario su aplicación malversada, o la inadecuación entre su correcto significado y un determinado régimen que vendría rotundamente a desdecirla. Actualmente nadie parece dispuesto a resignar su condición de principal exponente de sus alcances, por lo que esclarecer sus contenidos abre reiteradas y fructíferas querellas.

Es una polémica compleja, pero incurramos en una simplificación pertinente. Conocemos dos versiones clásicas del término democracia. Una que remite al conjunto de procedimientos institucionales destinados a preservar derechos individuales que no se agotan en el acto de votar, y otra que prioriza la capacidad de ese sistema para otorgar tangibles beneficios materiales y simbólicos a los sectores menos pudientes de la sociedad. Mecanismos contra resultados, equilibrio funcional del poder contra potencialidad para perforar los núcleos fácticos del privilegio, libertades cívicas que deben ser a toda costa resguardadas contra un involucramiento de masas en la cosa pública para avanzar en una creciente equivalencia entre las distintas clases sociales.

Para los defensores de lo primero, sus contrincanten incurren en la prepotencia autoritaria invocando mejoras que luego falsean o manipulan; para los predicadores de lo segundo la acepción de su rival condena a la democracia a una inanidad de la administración que perpetúa añejas y sustantivas inequidades. Incluso durante el siglo XIX, los teóricos del liberalismo preferían el vocablo "república" para identificar sus posiciones, pues las prácticas que de ella supuestamente se derivaban permitían conjurar los eventuales riesgos de una plebe anárquica e insaciable. El régimen permisivo de esas tumultuosas y desbocadas multitudes recibía la alarmada calificación de "democracia".

En cualquier caso, este debate se sostiene sobre dos principios básicos, uno organizativo y otro antropológico. Quiero decir, la idea de democracia implica necesariamente que la selección periódica de autoridades se alimenta de la regla de la mayoría, y que esa mayoría cuenta con la racionalidad suficiente para establecer quienes son las personas más adecuadas para tomar a su cargo la ímproba tarea de gobernar.

Si en una determinada coyuntura se cancelara la vigencia de la regla de la mayoría aduciendo que su pleno ejercicio daría paso a un intolerable gobierno conducido por ineptos, corruptos, comunistas (o lo que sea), todos coincidiríamos en que la democracia en cualquiera de sus ya mencionadas versiones ha sido impúdicamente ultrajada. O expresémoslo al revés. En el mismo instante en que un número masivo de ciudadanos considera que quienes no son ellos carecen de las facultades imprescindibles para discernir a un candidato aceptable de un personaje deplorable, quedamos tácitamente a las puertas de algún tipo de restricción antidemocrática.

En estos días en la provincia de Santa Fe nos hemos visto confrontados agudamente con estos dilemas, luego del éxito electoral de Miguel Del Sel en las PASO ocurridas el 19 de abril. Un hombre de discurso escueto pero en ocasiones rudimentario y explosivo, con una estética extraña al mundo habitual de la política, y una completa falta de experiencia en la gestión pública.

Consternación de las almas entonces frente a un desempeño que ya dejó de ser fugaz, puesta en duda del buen juicio de aquellos que concurrieron en gran número a votarlo. Como ya quedó insinuado, no debería ser esa la reacción recomendable, pues el mero encono frente a un pronunciamiento colectivo que nos desagrada no sólo llevan del iluminismo a la impotencia, sino que legitima que esos mismos motes recaigan sobre amores del pueblo que sí nos complacen. Basta recordar la tontera gorila de que a Cristina se la vota por "los planes", cortoplacismo del desesperado que altera la lucidez de sus decisiones.

Es cierto, si lo que se procura es respetuosamente comprender, que con Miguel Del Sel hay un vínculo afectivo que emana de su tránsito por la comicidad. El humor parece antitético con la pose del estadista consumado pero sin embargo genera empatía, una forma jovial de la calidez, un solaz artístico frente a los pesares del mundo. Esa corriente cálida funda aquí un peculiar diálogo con la sociedad, como vía de ingreso a una prédica ideológica que muchos reprobamos, pero que logra terreno para esparcirse justamente gracias a ese trato desacartonado. Frente a un discurso político que suele ser excesivamente protocolar y calculador, la conexión por el sentimiento no debe ser condenada como pura irracionalidad o declinación de la recta conciencia.

Por supuesto que es reivindicable la tarea de los dirigentes que ganan su lugar gracias al despliegue de una militancia tenaz y continuada. La esmerada preparación, la incursión en responsabilidades gubernamentales y el estudio afanoso de problemáticas relevantes son prácticas que garantizan una mejor calidad de la política; pero bien sabemos que en falsario nombre de esa misma política abundan los pillos y las negligencias camufladas. Cuando se menciona, acertadamente, que Del Sel acumula el voto antipolítico debemos reparar en la doble faz de ese episodio. Condenarlo, porque es inaceptable arrojar fácilmente a la hoguera muchas trayectorias estimables; pero simultáneamente asimilarlo, pues la única manera de conjurar ese salvacionismo del improvisado es purificar con intransigencia nuestras propias prácticas, extirpar de nuestro lado a quienes enlodan a sabiendas lo que defendemos.

Por lo demás, y esto ya resulta un dato insoslayable de la democracia moderna, los electorados no son homogéneos, sus niveles de compromiso son variables, y es insensato imaginar un universo de votantes meticulosamente informados y entusiastas. Cuando competimos en una elección debemos trabajar sobre distintas intensidades de la conciencia, sin sucumbir a la tentación de suponer que las más indolentes deben ser subvaloradas. La democracia implica la proliferación de opiniones que no coinciden con las propias, y construir hegemonía requiere conceder parcial riqueza a buena parte de ellas.

En la misma dirección, la convicción que precede a la emisión de un sufragio resulta de una combinación inestable y no fácilmente predecible de ideologías, vivencias y materialidades. No es razonable exigir a cada compatriota nitidez absoluta en sus concepciones, impecables orientaciones doctrinarias, sin ponderar finamente como intervienen allí las historias de vida, la relatividad de cada perspectiva o el grado de decepción que se tiene frente al resto de las alternativas que se exhiben a la mano.

Dos buenos ejemplos quizás colaboren para fortalecer este punto. El privatismo liberal de los 90 no fue únicamente consecuencia de una supuesta derechización enfermiza del pueblo argentino comandada por la batalla cultural ganada por Bernardo Neustadt, sino además de la presencia decepcionante de un estado de bienestar objetivamente decrépito y decadente.

En igual sentido, es bien posible postular que los reiteradas victorias electorales de Mauricio Macri no tienen como explicación alguna inescrutable malformación de la porteñidad, sino una serie de logros de una gestión que el vecino visualiza como positiva de acuerdo a su actual escala de prioridades (que es la que debe importar a cualquier político que no se autoflagele como impertérrita minoría).

Por otra parte, los electorados no son ni una trama imperturbable de valores que ninguna retórica persuada o ningún acto modifique; ni tampoco un grupo de opiniones contingentes que mutan todo el tiempo de blanco hacia negro. Hay por cierto honduras de la memoria, fijismo de las tradiciones, inercias culturales que modelan al sujeto histórico; pero también situaciones inéditas, inflexiones del deseo, condiciones para el cambio que el político hábil debe mensurar ubicuamente. Cuando se escucha a militantes o dirigentes decir que tal electorado es "conservador" o "gorila" (cual instancia análoga a la genética) estamos en problemas. Se avizora una seguidilla de tropiezos.

Quien esto escribe está en las antípodas ideológicas de Miguel Del Sel y Mauricio Macri, y me disgustaría severamente que la cosmovisión de derecha que encarnan se imponga en las próximas contiendas. Pero invito a rechazar la idea de que (todos) sus seguidores sean reaccionarios insalvables o conciencias capturadas por el mal absoluto. Cuando observo su buena estrella prefiero interrogar en qué nos equivocamos, que verdad profunda y atendible del pueblo se escabulló ante nuestros ojos, que mérito nos falta adicionar para que el proyecto nacional y popular siga predominando en la Argentina.

*Filósofo

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Imagen: Alberto Gentilcore
 
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