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Cuando las cosas hablan

 Por Adrián Abonizio

*La gente siente que las cosas le hablan. En los goznes de una puerta, en un chillido de pájaros, en el murmullo de los bares, en el tráfico, en el viento. "¡Roberto!", siente que le llaman. Se da vuelta. Nadie. Al instante entiende que el sonido fue "abierto" o "momento". "!Andrea!", es "ojalá se pueda" o "cualquiera". Son oraciones difusas pronunciadas por cuerdas humanas o a veces por gargantas del aire, de los objetos. Pero las cosas hablan, nos hablan. Nos dicen cosas o nos llaman. Algo será, alguna extraña conversación estarán entablando que aún no aprendimos a sostener como incómodas visitas que somos de su mundo.

*"Llamaron a la puerta, una voz y un nombre", narra Borges en una clara muestra de lo que es una figura poética. No importa como se llame. "Un nombre no puede llamar", aclara la maestra de Lenguas con miedo a que los chicos crean en el espiritismo de las cosas cuando se deciden a hablar solas. Nadie las puede parar entonces porque están siendo habladas por ellas mismas.

*De chico sintió que una voz blasfemaba en contra de Dios, de Cristo. Asustado se puso de rodillas ante el lecho donde su mamá descansaba y le confesó. Ella le acarició la cabeza. No es el Diablo hijo, sos vos mismo que estás cansado de ir a la parroquia. Desde mañana no vas más y las voces terminarán. La religión mete voces inventadas en los niños para que puedan con la pederastia, el terror y el sacrificio que otorga el arrepentimiento divino. De rodillas, claman y empieza ahí otra voz. La voz de la memoria del humillador.

*"Tirado en la cama, después de una frugal cena, escucho ruidos sordos que provienen de la cocina. Es la heladera que se descongela, los trozos de hielo que van cayendo desde el congelador", explica Daniel Briguet en su cuento El despertar de la criada. Nada dice que las cosas le hablan. Narra inadvertidamente que está involuntariamente en una casa que es el estómago de un monstruo que nos da señas de sus humores con estos rumores, zumbidos, estertores, sonidos diversos. El lo sabe pero nada dice. Por miedo tal vez. La casa nos habla y nosotros creemos que es ruido, pero se trata de un fino e inexplicable lenguaje acerca de vaya a saberse que advertencias o pronósticos astrales.

*"Otra vez ese ruidito, ¿lo oís?, me increpaba mi tío al volante de su chata como ofendido de no habérselo advertido antes. Y se detenía, abría el capot tipo bandoneón, bufaba, metía una pinza, un alambre dentro de la fauce y luego cerraba de un golpe seco, palmeaba al Merceditas como a un caballo -!klip, klip! le hacía con el carrillo de la boca- y el coche arrancaba obediente como un matungo.

*De chico el papá le hacía escuchar al hijo retazos de temas como María o Malena. Era fanático de Manzi y del gordo Troilo. En ciertas partes, lamentos para adultos, el niño se asustaba y su corazoncito rosado, poco dilatado de penas, virgen en un todo, se arrugaba al oir, por ejemplo, "Y ladran los fantasmas de la canción" o "Si eras como la tarde de la melancolía que llovía, llovía sobre la tarde gris. María en las sombras de mi pieza es tu paso el que regresa". El niño sin ser triste ya había entendido el árbol de la melancolía y sus variados frutos. No fue extraño que una noche se acercara a su papá, tirado con la sordina de Sosa en su oido y le dijera sin temor y con una velada alegría: "Papá, los tangos me hablan". El padre que había entendido todo lloró acariciándole la cabeza. "Gracias, hijo, gracias", agregó.

*No hace falta estar loco, alucinado o drogado pero el sabe que una alameda en movimiento antes de la lluvia, el chirriar de una veleta oxidada, la tevé encendida pueden ocasionalmente decir su nombre, el de su amada o simplemente palabras sueltas que nunca anotará para no espantar la magia.

*La chica, una vidente de tetas prodigiosas, se acercó a él.

--"Tu madre siempre está a tu lado, siempre que te veo la veo a ella.

--¿No está enojada?

--No, ¿porqué?, al contrario, te quiere.

Entonces él, entrando en su campo magnético donde todo es posible la atrae, le corre el pelo y la besa con ternura: "Ahora me ordena, pobre mamá, que te lleve de este bar y que nos metamos en la cama. Son palabras de mami ¿sabés?".

*"¿Como se llega al cielo, padre?", pregunta el feligrés. "Solo hay que oir las campanas cuando suenan: !Dando, dando!". Cerró el libro indignado: ese sonido no existe, las campanas no tienen esa voz y todo es mentira, se dijo el niño para sí. Por suerte en otros libros mejores encuentra los sonidos adecuados o, de lo contrario, sale al patio y en medio de una tormenta siente aullidos con nombres de piratas, palabras en otros idiomas, voces truculentas, amigables o ignotas. Con eso le alcanza. Nunca más escuchará las campanas falsas de la iglesia.

*"Es el viento, es el viento", le repite ella, mamá resignada por el temor ajeno, mientras su hijo la interrumpe para que ella no pueda ver a Tinelli. Pero el pibe sabe que aquello no es viento. Es el monstruo que habita afuera, o a veces adentro y que él no ha visto pero todos saben que está accechando en alguna parte. Incluída su madre que se hace la distraída por miedo, viendo esos idiotas en la pista. Un día el monstruo va a entrar al estudio y se los va devorar en vivo, van a ver.

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