CONTRATAPA › FOTOGRAFIANDO LA ZONA

El perfume invencible

 Por Adrián Abonizio

*"Las feromonas son sustancias químicas secretadas por los seres vivos con el fin de provocar comportamientos específicos en otros individuos de la misma especie. Son un medio de transmisión de señales que pueden ser tanto volátiles como no volátiles. En caso de moléculas para la comunicación interespecífica se utiliza el término kairomona.

Muchas especies de plantas y animales utilizan diferentes aromas o mensajes químicos como medio de comunicación y casi todas envían uno o varios códigos por este medio, tanto para atraerse o rechazarse sexualmente como para otros fines. Algunas mariposas machos son capaces de detectar el olor de la hembra a 20 kilómetros de distancia". El lee y se detiene en el párrafo "como para otros fines". ¿Que otros fines habrían de perseguir los insectos? ¿Chismes? ¿Noticias sobre la moda en flores? ¿Revoluciones del pólen? ¿Insecticidas enemigos? ¿O simplemente un idioma secreto inentendible para las bestias homínidas que somos? ¿Y si esos mensajes hablan que somos una especie en peligro y peligrosa? Una vaquita de San Antonio se pasea por su antebrazo y él sin pensarlo la desprende de un tincazo con el dedo. Se conmueve de pensar que seguramente ellos hablan de lo nefasto que somos para todo ser viviente libre. El bicho muere inmediatamente.

*Aroma a nafta quemada de moto en competencia, olor a esmalte de uñas, a pintura recién pasada en pared, a interior de auto antiguo, a cuaderno nuevo, a ladrillo húmedo por la lluvia. Si pudiera envasaría esos aromas y se sentaría en el mejor sillón a olerlos como si oyera la más sublime de las músicas. El personaje de la novela y luego hecho filme, El Perfume, lo sabría entender.

*Nada es horrible al olfato, todo según a quien le pertenezca la nariz. Hay quienes se extasían al oler, en medio de la noche, por la ruta, el aroma a zorrino. Es la fragancia poderosa de la selva, de la libertad en la floresta, de la huella invencible del poder de todo ser vivo. Zorrino apestoso, exclaman en un dibujito y él piensa: "Qué saben estos de olores, que van a saber".

*"Lamento, chicas, darles una mala noticia acá en confianza", susurra la aromaterapista. "Algunas pieles, por más que se bañen con el mejor Chanel número cinco siempre terminarán oliendo mal". Y las explicaciones redundan: mal drenaje linfático, circulación biliosa, hígado intoxicado. Ella, la alumna, piensa en las almas corroídas por el dolor del hartazgo, el rencor envasado, la bellaquería o la envidia. Y concuerda con ella misma que jamas conoció persona buena que oliera mal. Una ciencia exacta, se dice. Y se sonríe feliz con el hallazgo que no piensa revelar.

*Una entrepierna sudada y con hongos producto del roce de la humedad huele a pez de mar. Algunas axilas transpiradas a neumático quemado. El polen de las mariposas a cadáver expuesto a los deudos. Un aliento a mujer a puro malvón. Los tubitos horneadas de maíz en bolsitas preciosas huelen a culo. Las tintorerías evocan perfumes de maderas de barcos. Un hierro enmohecido por los años nos trae el orín humano. La piel humana masajeada huele a fósforo. La papa podrida a ataúd de tres meses. La lana de las ovejas a la parte trasera del cuello femenino. El hocico de ciertos cachorros perrunos a café. Los mecanismos de los viejos relojes aroman como el lomo transpirado de los caballos.

*La mujer mueve sus caderas y al enhtrar al auto y aspirar el aromatizador pareciera que cayera en éxtasis. Lo mismo sucede con el ama de casa que destapa una botella de perfume sintetizado: vivimos rodeados de sensualidad aromatizada, de señoritas drogadas con perfumes sintéticos y orgasmos fingidos.

*El personaje de Ulises, la novela de James Joyce, cuando evacúa en las mañanas aspira con deleite el aroma de sus propias heces. A nadie, en su intimidad este vapor invisible le desagrada, pero de allí a hacer una apología y encima escribirlo lo torna en desagradable. Pero, lo sabemos, vivimos en un mundo hipócrita así que mejor callar ciertas cosas que cada uno ejecuta en soledad.

*Cada vez que discutían, él transpiraba emotiva, calladamente y luego cuando llegaba la hora de bañarse, olía la ropa y emanaba de ella una fragancia profunda, filosa y desagradable. Era ese el olor del miedo, el dolor, la ira. Cuando consultara acerca de algún antitranspirante, el médico, con mucha calle encima, le recomendó no cambiar de desodorante ni de alimentos, sino de pareja.

*El, un viejo ya, enamorado del olor a tinta y papel prensado de las viejas rotativas no podía soportar la pulcritud de esas oficinas donde se confeccionaba el diario. Por ello, se recluía en el sótano a escribir donde una lavadora vetusta y algún secreto trapo húmedo tirado por allí suplían de algún modo el grado de inspiración que había encontrado cuando, de jovencito, entrara a Policiales a redactar y ser feliz con su profesión.

*Hay una avispa que entra al hormiguero y ataca las larvas. Para evitar que la ataquen segrega una sustancia olorosa que confunde a los soldados y los hace pelear entre sí mientras ella deposita sus huevos en la pupa. Luego se va tranquilamente como lo haría cualquiera que ha sembrado entre dos personas un chisme, perfumado de encono y mentira.

*Comentan los cronistas espirituales de teologías mágicas del cristianismo que cuando Sor Juana Inés de la Cruz entraba en trance de epifanía un olor a rosas invadía el recinto. Nadie lo niega, solo que habría que repasar sus sudoraciones femeninas en tareas normales, como para equilibrar el perfume que navega entre la superstición y la leyenda.

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