CONTRATAPA

Los disfraces de la impunidad

 Por Marta Bertolino

Tiene que haber sido a fines de 1984 o mediados del 85. Yo cursaba el tramo final de la carrera de Psicología (que al igual que mi vida, quedó fracturada por la represión) y un compañero de la Facultad me pidió permiso para hacerle a mi hija unas pruebas proyectivas exigidas para regularizar una materia. Mi hija estuvo de acuerdo y cuando afinábamos con mi compañero los detalles del encuentro que iba a tener lugar en su departamento, en la calle Mendoza al 1400, él me dice en voz baja y no exenta de temor que se ve obligado a comunicarme -como lo hace con cualquiera que va a su casa- que en su edificio vive un hombre que al parecer fue un importante represor durante la dictadura. Un tal Lofiego, agrega, para mi espanto. Lo dijo casi con culpa, como confesando algo que le resultaba insoportable. No pude ocultar el estremecimiento que me causaron sus palabras: una corriente eléctrica (esta vez, por suerte, metafórica) me recorrió de punta a punta la espina dorsal, y tuve que contarle brevemente cómo ese hombre cruzaba mi propia historia. Pasada la conmoción, buscamos un sitio alternativo y así zanjamos el asunto. No recuerdo el nombre de mi compañero, pero su voz cada vez más sobrecogida y su rostro consternado me quedaron grabados para siempre. Gracias a su honestidad, mi hija Alejandra -por entonces una niña de ocho años- no tuvo que cruzarse en un palier con aquél que la había torturado antes de nacer, junto a su padre y a su madre. Pasó el tiempo y el episodio cayó en el olvido, esa zona donde las cosas vividas suelen encontrar un necesario descanso. Y allí hubiera permanecido si de esas nieblas no hubiera venido a rescatarlo la resolución de fecha 4 de abril de 2016 del Tribunal Oral Federal N° 2 de Rosario, que otorga el arresto domiciliario al actualmente condenado Lofiego. Condenado por primera vez a prisión perpetua en 2011, junto al por entonces comandante del Segundo Cuerpo Ramón Genaro Díaz Bessone, por múltiples secuestros y torturas, incluyendo los nuestros, y por el asesinato de Oscar Manzur, único de tantos cometidos por Lofiego que justificó que este mismo Tribunal que hoy lo manda de vuelta a la comodidad de su hogar le diera prisión perpetua de cumplimiento efectivo en cárcel común en el primer tramo de la Mega Causa Feced, con largos y bien nutridos fundamentos. De golpe volvían mezclados en una loca pesadilla la calle Mendoza al 1400, mi compañero de estudios, mi hija de ocho años, la amenaza de aborto eléctrico, los palieres de un edificio donde circulan vecinos que ignoran y se exponen... o saben y padecen, los años transcurridos, las cosas que parecen no terminar de transcurrir, los aullidos de Oscar en la tortura, su desnudez sin rostro, el largo peregrinar, las leyes de obediencia debida y punto final, aquella otra amenaza proferida por el Ciego de matarme ahora, en un año o en diez años, el robo de los archivos de la represión en tribunales, nunca investigado, los años de ostracismo, los dolorosos testimonios, las interminables audiencias de un juicio que por fin tenía lugar... Un relámpago en la sangre, una vorágine imparable de vivencias agitadas por esta nueva borradura de lo actuado. Verdadera consagración de la impunidad, en una resolución judicial que destila el hedor obsceno de lo sabido y renegado. Perseguir, secuestrar, golpear, vejar, quemar. Espiar, amenazar, amordazar, atar, encapuchar. Desaparecer cuerpos, esconder, desaparecer nombres, ultrajar. Infligir, capturar, someter, desollar, pegar. Ahogar, atormentar, hambrear, amedrentar, picanear. Clavar, retorcer, fustigar, volver a picanear. Escarnecer, batir, descostillar, martirizar, asesinar. Empalar, mutilar, desencajar, volver a picanear. Eviscerar, despellejar, desfigurar. Desarticular, triturar, desuñar. Secuestrar. Torturar. Matar. Estas son algunas de las acciones que cotidianamente, durante años, en forma sistemática, ejecutaba el Ciego en ese reducto del horror llamado Servicio de Informaciones, y en sus recorridos por las calles de Rosario y pueblos vecinos en procura de víctimas para conducirlas a ese abismo. Sólo algunas de las acciones, porque hay otras que parecen no caber en ningún verbo, como si un exceso de crueldad desbordara al mismo tiempo la imaginación de los hablantes y la riqueza del idioma. No era el único, pero su lugar en las patotas de Feced y en el entramado de las fuerzas conjuntas quedaba claro, al punto que no existe sobreviviente cuyo testimonio en los juicios no lo nombre. En los años de la dictadura era el Ciego, sin más. También Mengele. Los apodos suelen ser descriptivos, suelen resaltar algún rasgo prominente, y los apodos de los represores en los centros clandestinos de detención dictatoriales no escaparon a esa regla. Epocas esas en que la impunidad lo recubría todo o casi todo, y bastaba con que los ejecutores de los crímenes más atroces escondieran sus nombres y apellidos detrás de apodos y sus rostros detrás de las vendas y capuchas que impedían la visión de los torturados. Así sucedió en particular en el principal Centro de Exterminio de la Provincia de Santa Fe, morada del Comandante Feced, en pleno centro de Rosario, en donde no menos de dos mil hombres y mujeres fuimos partícipes involuntarios de esas aterradoras ceremonias. Un gran número no sobrevivió y los que por azar, destino, o porcentaje previamente calculado quedamos vivos, trasegamos prisiones pergeñadas para aislarnos, acallarnos y destruirnos a lo largo de muchos años, y habitamos expedientes judiciales donde jueces y magistrados federales se encargaron de sellar las múltiples hendijas de una obscena impunidad con una pátina de pseudolegalidad que hoy día no resiste la más rápida y benigna de las lecturas. La doctora Cosidoy, el juez Tschopp... y unos cuantos más. Los muertos con sus voces definitivamente acalladas, los presos amordazados, la población aterrorizada, y las instituciones del estado unidas en la ejecución sistemática del terror. La impunidad al desnudo, con su ropaje más impúdico. En esos años el Ciego era el Ciego a secas. Pero ya en la incipiente democracia de comienzos de 1984, el Ciego fue denunciado con nombre y apellido y señalado por varios sobrevivientes en rueda de reconocimiento, cuando todavía las estructuras represivas estaban intactas. Y tuvo, como todos los genocidas, el beneficio de permanecer impune varias décadas. Un hombre de veintiséis años a la fecha del golpe, carcomido por la obsesión de acorralar y exterminar a su presa, y que ahora, a los sesenta y siete años, carga con dos condenas recién habidas (Feced 1 y Feced 2) y otra que seguramente va a concretarse en el tercer tramo de la causa (Feced 3): un juicio oral que está por tener fecha de inicio. De paso: ¿el Tribunal pretende que vayamos a atestiguar con esta espada de Damocles pendiendo sobre nuestras cabezas? ¿o quieren disuadirnos de prestar testimonio? A los sobrevivientes... digo... Nuestra querella apeló inmediatamente la resolución del Tribunal. Días después apeló la Fiscalía. Nuestras abogadas y nuestros peritos médicos lo dijeron con claridad irrefutable: este hombre de sesenta y siete años no es un viejo al que le quepan excepciones por edad, no tiene una enfermedad terminal, no tiene nada grave que lleve a considerar previsibles urgencias ni requiera servicios hospitalarios de alta complejidad. Tiene, sí, varias dolencias crónicas atendibles en prisión. Y... sí. No goza de buena salud como corolario de una vida sana, en paz espiritual, y el hecho de que la impunidad construida e imaginada como un resguardo de por vida haya comenzado a perforarse en estos últimos años en nuestro país, seguramente ha producido en él y en otros represores sus estragos: es inevitable. No obstante lo cual, ni él ni los otros cejaron nunca en su empeño de ocultarnos los detalles de tantas agonías y el destino de tantos huesos... Y sobran señales de que están siempre dispuestos a dar batalla. Como se ve. Apelamos la Resolución que lo saca al Ciego de la cárcel. Ahora el quiero lo tiene Casación. Ojalá la Cámara de Casación esté dispuesta a "brindar un trato digno y humanitario" también a los sobrevivientes.

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Imagen: Alberto Gentilcore
 
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