CONTRATAPA

A la medianoche

 Por Sonia Catela

-¿Nos encontramos ahí a la medianoche, entonces?

Manuel propone un lugar atípico para nuestro debut sexual mientras me inyecta su aliento de cuerpo y carne como el que se experimenta en la carnicería eligiendo asado, y contesto un: -¿por qué no?-, aunque con cierta desconfianza, especialmente de mí misma.

Y él va a llevar una manta, si me parece necesario, cosa que rehúso.

¿A qué responde la elección de semejante lugar para nuestro debut en el enroscamiento de piernas?

Dentro de las pupilas celestes de Manuel no hallo un espejo ni una galaxia, sólo el dibujo de precipicios negros.

Pero su palma huesuda me transmite cada huella digital de cada dedo y las líneas que no podré leer hasta que esa mano examine mis senos, mi pubis, mi garganta donde dejará impresiones de su identidad.

Ceno apurada, y a las once me pongo en camino.

-A dónde vas-, inquiere mi madre.

-A una asamblea.

-¿A esta hora? ¿medianoche?

-Ya conocés cómo se maneja el Centro de Estudiantes de la facu.

No se anima a poner en mi camino las piedras que llenan su boca, pero amaga un intento por obligación: -Y en semejante horario...para qué se reúnen-, cuestiona.

-Con lo que pasa aquí y en el mundo, todavía tenés el coraje de preguntarme el por qué-, me burlo, y ella vuelve a embuchar los adoquines para cuando pueda usarlos, para cuando pueda lapidarme con sus "te lo dije".

Y me tomo el ómnibus 14 y me bajo en esa periferia donde la ciudad se confunde ella misma, ¿es campo o urbe?

Y camino las dos cuadras para detonarme como un kamikase en los brazos de Manuel, y él se precipita con abrazos que me atan como a un embutido, "vamos" dice, y entramos, y elegirá un lugar cualquiera, según afirma, mientras que a mí me da lo mismo éste que aquél, pero entré en internet antes de venir, e imagino el destino final de esta caminata, y mientras andamos miramos las fotos, este niño, este viejo, esta colegiala, cada uno observando desde su lápida, y las manos de Manuel en mi pecho se me pegan como un imán, pero camina hasta hallar lo que busca, -éste es el punto-, dice, como si le bastara cualquier tumba, pero precisamente se trata de la "elegida" según mi conclusión, y aunque no se trate de llevar vida a un lugar de muertos, antes de desplomarme para cometer el ultraje del sexo justo en esta necrópolis, me río y Manuel presta atención al que emerge de la tierra con su foto y libreta de identificación y sus jinetas y charreteras, medallas y condecoraciones, y abre la boca -hagámoslo- Nos olvidamos de delitos de ultratumba para concentrarnos en lo que nos trae.

Luego le hacemos la venia al coronel y preguntaré por qué ahí, en ese lugar. Y él dirá: -porque no tengo plata ni para el motel más barato.

Y reiremos. Y le haremos la venia al coronel.

Ambos conscientes de la mentira de mi amante.

Que el coronel lleve el mismo apellido que el de Manuel, que haya sido condecorado en 1979 por sus "servicios a la patria", que el epitafio rece: "Valiente luchador contra el terrorismo. Te llevamos en el corazón. Tus hijos Romina, Lila y Manuel", y este desquite tardío, impotente, frustra a mi compañero, el que camina pateando cascotes como si quisiera acertar en un blanco que no existe, que se ha ido, que ya no admite venganza alguna.

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