CONTRATAPA

Ese muchacho Borges

 Por Hernando Quagliardi

Ulyses Petit de Murat fue a convencerlo. "Tráigame a ese muchacho Borges", le había pedido Botana. No iba a ser una empresa fácil. Botana los hacía directores a ambos y les solicitaba un texto propio cada quince días. Habría que escribir sobre las máquinas, ajustando el ritmo y el tono, sin tiempo para cincelar un adjetivo. El diario tenía su público y, a no dudarlo, era dinámico y sensacionalista. Como quien dice, amarillo. Botana quería ser masivo, aunque no a cualquier precio. "Casi todos mis periodistas son poetas, pero poetas que saben contar un partido de fútbol o un crimen" dice, mientras pasa revista orgullosa al plantel de sus "escribas": los hermanos González Tuñón, Jacobo Fijman, Nicolás Olivari, Pablo Rojas Paz, Carlos de la Púa, Conrado Nalé Roxlo, el cronista de policiales Roberto Arlt, y ahora en el suplemento literario, este muchacho con unos cuantos libros publicados y pocos lectores.

Se acomodaron en el séptimo piso donde alguna vez funcionó un taller para ilustradores y así comenzó a tomar forma la Revista Multicolor de los Sábados. Borges traduce relatos de escritores populares que forman el núcleo de sus lecturas (Chesterton, Stevenson, Dickens, Schwob) y los firma con ingeniosos seudónimos (Bernardo Haedo, Alex Ander, Benjamin Beltrán, José Tuntar; Andrés Corthis, Pascual Guida, son algunos). Escribe otros quince que aparecen a lo largo de 58 semanas entre los años 1933 y 1934. En 1935, van a parar al libro Historia Universal de la Infamia. En sucesivos prólogos, Borges ha dicho que se trata del irresponsable juego de un tímido que se dedicó a falsear historias ajenas. Las "biografías" que componen la serie están plagadas de datos deformados, incluida alguna fuente bibliográfica, como la cita de un libro en alemán asignado a un tal Alexander Schulz que no es otro que su amigo Xul Solar. El tema que le da unidad al libro es la "infamia" y la infamia no es cosa de tímidos ni de élites, aunque el artefacto con el que se acerca a las vidas infames sea un microscopio metafísico.

Es cosa reciente el descubrimiento de un Borges dado al populismo por vía del criollismo y la irreverencia. Se anota en esa tendencia el trabajo del historiador Norberto Galasso. En el libro Borges, un intelectual en el laberinto semicolonial, Galasso parte de la autocensura que aplica Borges en la edición de sus obras completas a los poemas y ensayos producidos entre 1920 a 1930, renegando del color local de aquellos textos. Según el autor, hay un desvío que habría tomado Borges del camino nacional y popular "cooptado" por la superestructura cultural de los años cuarenta, de modo que Historia Universal de la infamia sería el límite y el esbozo a partir del cual comienza el giro en su literatura y en consecuencia su aceptación y fama mundial. Para explicarlo, Galasso acude la figura del doble. Así, hay un Borges "el Joven" nacional y popular y un Borges "el Viejo" que es el que perdura en el canon y al que conocemos mejor.

Es verdad que las operaciones de "borrado" de Borges, así como su permanente reescritura, han ocultado el pasado. Hasta que María Kodama decidió recobrar esos textos. Resulta difícil recordar al Borges del poema "los himnos rojos" que saluda la revolución rusa, al que escribe el panfleto irigoyenista para las elecciones del 28; el que juega al truco con el tahúr y matón Paredes y coquetea con el lunfardo, el lupanar y el tango. El Borges de la copla soez ("Parado en las Cinco Esquinas/ con toda mi contingencia/ por ver si te rompo el c.../ ando haciendo diligencias."), el bebedor de caña de los almacenes rosados como revés de naipe, el de las incursiones físicas al arrabal, como la de aquella noche del Bajo Belgrano en que la se enfrenta a tres tipos en un callejón oscuro con el solo arresto de un bastón de madera.

Los reproches de antes y las asimilaciones de ahora, tienen un sabor amargo: el apartamiento de un modo de ser esencial que, para muchos, serían los temas argentinos.

Pero el tema de Borges en 1935 es la infamia y el vehículo de difusión, el diario Crítica. Ser infame es como ser famoso al revés. Los biografiados no solamente cometen delitos, los llevan al límite, y luego se les vuelven en contra. Por aquella época Borges inventó una forma (la escritura de sus lecturas) que trasciende en el tiempo; por causa de lo bajo moral llega a lo excelso estético. Todo un programa que treinta años después, a su manera, retoman los escritores del boom latinoamericano y sin querer (¿sin querer?) le da el título a una década -la de la infamia- mientras la está viviendo.

Con Borges resultan insuficientes las teorías. Hay un peligro de desborde de las categorías hermenéuticas e ideológicas. No alcanzan los dobles ni las superestructuras culturales para poder explicarlo. Borges nos acecha a lo largo de su obra, falseando, jugando, colocando máscaras, borrando; pasando del realismo al idealismo, de Buda a la Cábala, pero también deslizando la biblioteca del Barrio de Almagro en la de Alejandría, al arrabal en Texas, Buenos Aires toda, en la ciudad gótica de La Muerte y la Brújula.

Quizá por esa vía, fascinación por la infamia y contradicción, Borges se haya acercado a nuestra íntima esencia. Hay una clave por ahí, entre sus textos. Dice Borges: "(...) el argentino siente que el universo no es otra cosa que una manifestación del azar (...); la filosofía no le interesa. La ética tampoco: lo social se reduce, para él, a un conflicto de individuos o de naciones, en el que todo es lícito, salvo ser escarnecido o vencido". Por eso, planteando un problema literario como es del concebir personajes mejores que el autor, sentencia: "Pienso que de nosotros no saldrán criaturas más lúcidas o más nobles que nuestros mejores momentos" (en la Nota sobre (hacia) Bernard Shaw, en Otras Inquisiciones, 1951).

Enredado en una constante trama de mitos, los argentinos hacemos de Borges un mito. Como dice Noé Jitrik: "Borges pone de relieve nuestras pobrezas, nuestra inconstancia, fútiles ilusiones de lo inmediato, nuestra resentida manera de acercarnos al templo". Se refiere a la Literatura, pero la literatura, claro está, es también la vida.

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