CONTRATAPA

El secreto del Encuentro

 Por Dahiana Belfiori, Bárbara Corneli y Julia Expósito

‑¿Exploraron los pisos debajo de las alfombras?

‑Sin duda. Levantamos todas las alfombras y examinamos las planchas con el microscopio.

‑¿Y el papel de las paredes?

‑Lo mismo.

‑¿Miraron en los sótanos?

‑Miramos.

‑Pues entonces ‑declaré‑ se ha equivocado usted en sus cálculos y la carta no está en la casa del ministro.

La carta robada, Edgar Allan Poe

 

Hagamos el siguiente ejercicio, revisemos las preguntas del cuento de Poe pensando en el XXXI Encuentro Nacional de Mujeres y en el femicidio de Lucía Pérez, dos hechos ocurridos casi simultáneamente en Rosario y en Mar del Plata, respectivamente. En los modos de estas preguntas, las suyas, no hallaremos al "objeto buscado", la carta seguirá oculta: a Lucía ‑que "se lo buscó"‑ la asesinó por empalamiento un par de drogadictos, enfermos; y el último fin de semana, la paz de Rosario fue quebrantada por graffittis vandálicos realizados por mujeres sucias, violentas y feministas que no "representan al género".

¿Dónde y cómo buscar aquello que es insolentemente mostrado? ¿Dónde y cómo buscar lo que se oculta sin estar escondido? ¿Dónde y cómo buscar aquello que se espectaculariza, desde el morbo y el estigma? ¿Dónde y cómo buscar, cuando abundan imágenes, palabras y sentidos? En suma, ¿dónde y cómo buscar la carta robada, el femicidio de Lucía Pérez y el Encuentro Nacional de Mujeres? En la carta del cuento de Poe, en el cuerpo de Lucía y en la historia de los 31 años de los ENM, hay un secreto que grita leéme. Como nos dice Poe, los secretos mejor escondidos son aquellos que están a la vista de todxs. Un secreto es aquello que revela un sentido sustraído que permite la propia constitución del orden que lo sustrae. Es decir, secreto y orden establecen una relación que nos urge explicitar. La pregunta es entonces, por qué los sentidos de los femicidios y de los Encuentros son elididos. Es que esos sentidos suponen, más que un atendimiento real a los derechos humanos, derechos de las mujeres, etc., una configuración política que contribuye a normalizar a lxs individuxs y a las poblaciones a fin de reproducir un determinado orden social. Se sustrae el sentido de preguntarnos cómo es que se produce y re‑produce la vida ‑y sus modos‑ en este determinado momento histórico, en esta sociedad, en estas ciudades y bajo qué tipos de relaciones entre personas. Más aún, se elude así la pregunta sobre qué tipos de relaciones de poder, de explotación, de dominación, etc., se asumen, y qué consecuencias implican como la pobreza, las violencias, ¿los femicidios? Este orden social controla por tanto, no sólo la producción de la economía y la autoridad, sino que coloca a la binarización de género ‑varones y mujeres‑ como garante de la reproducción socio‑política del statu quo donde los cuerpos se constituyen bajo la heteronorma y hegemoniza la producción de conocimiento y los modos de subjetivación. Porque este orden social tiene nombres y sentidos, y sentidos que se sustraen. Sabemos que es capitalista y que es neoliberal, pero nos urge insistir: también es patriarcal.

Entonces, ¿dónde y cómo buscamos? Volviendo a Poe, "la cosa es sencillísima y, sin embargo, nos deja perplejos". Sencillísima porque son evidentes tanto el femicidio de Lucía como la existencia y desarrollo de los Encuentros Nacionales de Mujeres. Y nos deja perplejas porque aunque se nombre como femicidio (hay que decir que gracias al enorme trabajo de feministas y comunicadoras), se sustrae su sentido: es un femicidio porque Lucía es una más de las que somos asesinadas cada 28 horas por el hecho de ser mujeres, porque su muerte exhibe la violencia generalizada y sistémica ejercida sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas. Nos deja perplejas también ‑aunque no nos sorprende‑ lo que se reproduce de los Encuentros Nacionales de Mujeres porque deja fuera de cuadro, ante la noticia de las tetas y los graffittis, las formas provocadoras y creativas de organizarnos: la circulación horizontal de la palabra en los talleres; la construcción de una ética del cuidado que se opone a los dispositivos de seguridad; las miradas y los abrazos en las plazas y las calles; las formas de habitar la ciudad tranzando nuevas cartografías que no nos dejan aisladas; los múltiples eventos culturales simultáneos donde se manifiestan otros modos de expresión; la creación permanente de nuevas consignas que nos movilizan y empoderan por la legalización y despenalización del aborto y en contra de la violencia machista; la autogestión de los viajes hacia la ciudad sede que durante el año implica un esfuerzo más que se suma a nuestras triples jornadas laborales ‑que aun así, triplicadas, no alcanzan el salario mínimo vital y móvil y tiñen de femenino los índices de pobreza‑; la posibilidad de vivir sin odios, culpas ni condenas nuestras disidencias sexuales, corporales e identitarias; la convocatoria voluntaria, diversa e intensa de la "mesa latinoamericana" donde nos emocionamos y conmovemos con el documento que resume que, como feministas del Abya Yala, "nuestros sueños y proyectos no reconocen las fronteras geopolíticas impuestas por el coloniaje. Las únicas fronteras que reconocemos y asumimos, son las que nosotras levantamos frente al patriarcado, al capitalismo, y al colonialismo".

Quizás es precisamente por todo esto que el recorte es intencional y las pintadas molestan tanto, porque el Encuentro exhibe las miserias del orden hegemónico, desnaturaliza sus instituciones y pone al desnudo la crisis de la política de la representación. Más aún, porque el Encuentro y las muchas Lucías ponen en entredicho y disputan las subjetividades que este orden instala: la (in)seguridad, la violencia machista y sexista, la pobreza no son el resultado de decisiones o fracasos personales, sino que son los dispositivos de poder y de subjetivación los que sostienen estas democracias racistas, clasistas, colonialistas y patriarcales.

Algo cambia durante los Encuentros que el orden hegemónico acepta mostrar, pero no deja ver. No por nada todas decimos que la ciudad es nuestra y nos sentimos "seguras" durante el Encuentro. Esa es la ciudad que queremos todos los días, donde nuestra palabra valga, donde no tengamos miedo, donde nos podamos besar, (des)vestir, hablar, coger con quién queramos. Hay algo que cada encuentrera conoce y nos convoca a encontrarnos cada vez, con alegría y con rabia. Ese "algo" es el secreto que grita leéme: "Algo cambia en cada mujer que participa", porque el secreto del Encuentro es que a pesar de que la experiencia de participar es intransferible, su susurro persiste durante todo el año, trasciende fronteras e invita a través de la pedagogía del abrazo y el cuchicheo a las que no pudieron viajar este año "pero el que viene no me lo pierdo ni loca", y contagia a las siguientes generaciones. El secreto del Encuentro es el murmullo más sostenido y transmitido ‑¡por eso cada vez somos más!‑ de que no hay lugar más cuidado que el abrazo y la mirada que se graban en la imprenta feminista de nuestros cuerpos. Murmullos, susurros, cuchicheos que no dudan en hacerse grito ante el femicidio de Lucía Pérez. Así el próximo miércoles 19 las mujeres convocamos a un paro nacional. El Encuentro también es un gran basta a todo lo que no queremos ni queremos ser. Es hora de que adviertan que no es ningún secreto.

 

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Imagen: Helen Turpaud
 
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