CONTRATAPA

El tipo que sabía

 Por Leandro Arteaga

Se cumplen seis años de la desaparición física de Néstor Kirchner, pero ojo (más bien, ojos: como los "Huevitos Kirner" que sabía dibujar Rep), que la letra K es de una invocación política ya indeleble.

A ver. Tapa de Página/12, 21 de agosto de 2003. Título: "El país del símeacuerdo". Oportunidad extraordinaria para este docente primerizo, de educación media. Entrar a la clase con el diario bajo el brazo. Las horas de la materia dedicadas a leer lo que el matutino informa, sobre una coyuntura que obligaba a poner en contexto a los pibes y pibas para discutir sobre eso que se llamaba Leyes de Obediencia Debida y Punto Final, qué eran, por qué anuladas. Un día memorable.

Otro flashback. Diciembre de 2001. Trágico e hiriente, todavía duele, y cómo. Una sucesión presidencial en tiempo récord, para llegar al "tipo" del que nadie sabía mucho, nadie auguraba demasiado. Pero el tiempo da saltos rápidos, como las elipsis de cine. En 2010 fallecía, y Mario Wainfeld se daba cuenta de que se había ido una persona fuera de lo común. La desconfianza primera, la amistad posterior, los hechos consumados, le decidieron por la redacción del libro que está hoy en las vidrieras.

Dice el autor: "Ese día triste y revelador me motivó a revisar y reformular lo mucho que había escrito y dicho sobre Kirchner, resignificado por el hecho ineludible de su muerte y por esa despedida que cualquier político popular hubiera envidiado. Ese día me propuse escribir este libro".

Kirchner, el tipo que supo (Siglo Veintiuno) articula recuerdo, información, análisis. Entremezcla las cartas y mira con distancia crítica. Hasta se permite algunos reproches, mutuos: "Ustedes, los intelectuales...", ironizaba el presidente cuando discutían. Confidencias que las 300 páginas comparten y convierten en una aventura de afecto, que creció de a poco, sin previsión.

Pero también, el libro oficia como remembranza social. Ese ejercicio de la memoria que viene bien, siempre. Porque remite a capítulos distintivos, con temáticas que sucedieron hace poquito. No pasó tanto, che. No hace mucho que Argentina supo ser un país desendeudado. La crónica del episodio, sus maniobras y contratiempos, son un lujo del prosista. (Por ejemplo: el FMI dejó de tener, entonces, su oficinita situada en el Banco Central; por las dudas: no es metáfora zonza, sino ubicación inmobiliaria real.) Wainfeld escribe con pluma privilegiada -los lectores de este diario lo saben- y hace deliciosamente patente lo que es/ha sido verdad.

En otras palabras, hay un juego de tiempos en espejo, que evoca y rebota acá, ahora. Las páginas de Kirchner, el tipo que supo le discuten al presente, no lo increpan pero constatan hechos. Decisiones tomadas, medidas elegidas, cuáles se lograron, qué errores y cuáles aciertos prevalecieron. Repasar aquella época -casi- lejana, con la habilidad narradora de Mario Wainfeld, es de lectura placentera. A su vez, desesperante. Porque la lente que examina, de paso y sigilosamente, lamenta. Con párrafos que rememoran un candor de multitudes que oscilaban y crecían, a la par de las sorpresas que este "tipo" guardaba bajo la manga.

Eso sí, la historia tiene determinismos, también carambolas, dice uno de los capítulos. Néstor Kirchner ha tenido un poco de ambos. Pero si hay algo que este libro trasluce desde el vamos, es la decisión de aquel presidente por hacer lo que hizo. Wainfeld caracteriza a un hombre de voluntad política suficiente, capaz de encarar cuestiones que parecían inalcanzables, adormiladas como estaban luego del estrago menemista y el coletazo delarruista.

Por ejemplo, sin orden y rápido: ¡Descolgar a Videla! ¡Mercosur! (¡ALCA al carajo!). ¡Estatización de las AFJP! ¡Resolución 125! ¡Matrimonio Igualitario! ¡Fútbol para Todos! ¡Pensión para los excombatientes de Malvinas! ¡Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual! Momentos tensos, otros festivos. Plazas llenas. Los periodistas no sabían cómo entender a este presidente que escapaba al protocolo para saludarse con la gente, sin vallas. Otra vez: sin vallas.

También hubo piquetes del campo. Un voto "no positivo". La agenda Blumberg. Los (des)acuerdos con Clarín. Una concertación política soñada y fisurada. Relaciones armónicas y no tanto, como con Lavagna; otras obligadas, como con Prat Gay.

Si hay que pensar un ejemplo narrativo que completa, éste sería Néstor Kirchner, la película, pero con el corte del cineasta Israel Adrián Caetano. Cada vicisitud, cada conquista, cada apriete, a partir de la revisión y puesta en escena del material de archivo. Un film notable, cuya dimensión crece en importancia, atento como está a perfilar un personaje con contradicciones, decidido. Son los hechos, finalmente, los que hablarán; dice Wainfeld. Entre aquel film y este libro hay paralelas que se tocan.

En suma, Kirchner, el tipo que supo es un libro de cariño periodístico, dedicado a un amigo, a un presidente, a un momento del país. Lo que sucedió fue cierto y fue insuficiente; allí está recordado, basta leerlo. Y hacer contraste. Y discutir. Y confrontar.

¿Qué otra cosa es la política?

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