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Religión del odio

La muerte de Néstor Kirchner me sorprendió entrando a una catedral, más precisamente a la de Salta. Nunca fui creyente, como todos saben, pero cuando estoy de viaje en plan turista las iglesias me despiertan muchísima curiosidad. Además, era el único lugar público abierto en ese feriado censal.

Un dolor intenso se apoderó de mi alma y no pude contener el llanto. Otras muertes vinieron a mi memoria, la de Perón cuando aún era una adolescente y la de Eva, tantas veces evocada. Sentí desolación, rabia, miedo. Estamos condenados a la desgracia, me dije con infinita pena. Pensé en mis hijos y en los nietos que todavía no tengo. En los hijos y nietos de mis compatriotas. En todos los que nos atrevimos, gracias a Kirchner, a soñar con un país más justo y soberano. Ese país que comenzó a caminar en 2003 y que debe seguir haciéndolo en el mismo sentido, por el bien de todos. Al ritmo que se pueda, según los obstáculos por vencer, pero sin detenerse.

Pensé en Cristina. No pude dejar de identificarme con ella; imaginé su tremendo dolor ante semejante pérdida y la imposibilidad que tenía para vivir su duelo como cualquier hijo de vecino. Cristina no puede darse el lujo de deprimirse. La compasión se transformó en congoja. Mientras todos estos sentimientos se agolpaban en mi pecho, comencé a caminar sin dirección alguna. Las calles estaban semidesiertas, sólo podían verse algunos turistas extranjeros deambulando sin rumbo y de vez en cuando, una pareja de policías detenida en las esquinas. Otra vez me encontré frente al mismo templo. Un periodista entrevistaba a una mujer que acababa de salir. Era una mujer paqueta, entrada en años y llevaba en sus manos un rosario. Mantenía el ceño fruncido y el cuerpo rígido mientras declaraba con inconfundible acento local: "Mire Señor, mejor no me haga hablar porque no es de buen gusto que le cuente mi alegría" y después, con aires de desafío: "Al fin este país va a andar por el buen camino". Pensé que, seguramente, minutos antes habría agradecido a su Dios por esta muerte.

De pronto el micrófono quedó frente a mí y el entrevistador me preguntó cómo recordaría a Néstor Kirchner: "Como un patriota", contesté con entereza. La señora paqueta y su religiosidad de odio, me trajeron a la realidad. Una realidad que no admite lágrimas. Una realidad que sólo podremos modificar sin dar tregua. Cristina no podrá hacer su duelo como cualquier hijo de vecino, pero nosotros tampoco. Nosotros tenemos el deber de acompañarla.

Adriana Medina.

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