SOCIEDAD › JUICIO POR EL SECUESTRO Y ASESINATO DE CAMBIASSO Y PEREIRA ROSSI

El recuerdo de los testigos

Ayer declararon los primeros declarantes del secuestro de los militantes Montoneros en el bar Magnum: su propietario, un chapista, la actriz Liliana Gioia y la dueña de una farmacia. Los represores se negaron a declarar.

 Por Sonia Tessa

Con las declaraciones testimoniales, empezó ayer el núcleo del juicio oral y público por el secuestro y asesinato de Osvaldo Cambiasso y Eduardo Pereira Rossi, ocurrido el 14 de mayo de 1983. Los primeros testigos fueron personas que asistieron al secuestro en el bar Magnum, de Ovidio Lagos y Córdoba, el propietario del negocio, y también Daniel Chamorro, un chapista que vio pasar un camión Mercedes Benz 608 azul por Callao y Biedma a primera hora de la tarde de ese sábado ventoso y frío, y observó cómo se metía, por Callao, a 50 metros de su taller mecánico, en una empresa metalúrgica llamada Maiorano. "Todo el mundo en el barrio sabía que su dueño, Generoso Maiorano, era de inteligencia del Ejército", dijo el testigo. Como los abogados defensores volvían una y otra vez sobre las mismas preguntas pero cambiaban los datos, el presidente del tribunal Omar Digerónimo los llamó al orden. "Parece que estamos llevando al testigo a que se contradiga", les advirtió.

Chamorro contó que esa tarde de sábado vio pasar el camión y lo observó con detenimiento porque era un vehículo nuevo. Vio que detrás iba un Renault 12 con una antena, de las que "usaba inteligencia del Ejército". Vio al camión hasta que se metió en la empresa ubicada a 50 metros, adonde entró de inmediato. Un amigo que estaba en la vereda, Miguel Capobianchi, había hecho el servicio militar en Alvear y 27 de Febrero, donde funcionaba -siempre según su testimonio- Inteligencia del Ejército. Su amigo reconoció a un coronel que iba en el auto.

Chamorro contó que a los pocos días fue citado a la comisaría 6ª. "Por poco no me reciben con un beso", rememoró. Entonces, tres hombres lo interrogaron y él, en ese lapso, pensó que era mejor "no contar nada de lo que había visto". "Y entonces mentí, dije que no había visto nada. Si hubiera hablado, quizás, hoy sería un desaparecido más", se sinceró el hombre que hoy tiene 59 años. Entonces, tenía 27 años, un hijo pequeño y otro en camino. "No me pegaron, pero me rompieron la cabeza en esos 20 minutos. Yo perdí hasta el sueño, me sentí muy mal", dijo Chamorro, que se emocionó al decir: "Estoy acá porque me interesa que se aclare esto, me duele mucho, como argentino, que los traidores a la patria siempre vivan bien".

La larga jornada de ayer, que a la mañana fue presidida por Beatriz Baravani y por la tarde fue conducida por Di Gerónimo -el TOF lo completa Jorge Benegas Echagüe, con Otmar Paulucci como cuarto juez- comenzó con las indagatorias de los acusados. Los militares retirados Reynaldo Bignone, Luis Muñoz, Carlos Lucena, así como el ex policía Luis Patti, observaron la audiencia desde su lugar de detención, y pidieron ser eximidos de presenciarlas. Lo mismo solicitó el ex policía Juan Spataro. Los también militares retirados Pascual Guerrieri, Carlos Sfulcini y Rodolfo Rodríguez estaban sentado en el banquillo, en la misma sala, como el Personal Civil de Inteligencia (PCI) Juan Cabrera, Walter Pagano, Ariel López y Ariel Porra. Todos pidieron lo mismo: no ir a las audiencias. El Tribunal se lo concedió sólo a Spataro y a López, quien alegó tener un hijo con síndrome de down.

Para el público, el pedido fue una afrenta. "Queremos que ellos estén sentados en el banquillo de los acusados, ese es uno de los sentidos de este juicio, sino parece que somos los familiares los únicos que estamos sentados acá", dijo Laura Tasada, asistente a las audiencias, cuya hermana Adriana está desaparecida. El público portó las fotos de los desaparecidos de la región, que también fueron puestas en las sillas vacías. Otra imagen que relucía era de Herminia Severini con su pañuelo blanco, sonriente, como era la costumbre de la Madre de Plaza de Mayo que murió en septiembre del año pasado.

La mayoría de los acusados se negaron a declarar. Patti sólo dijo que no apelará la sentencia del Tribunal y tuvo unas palabras para otro imputado. "El delincuente y mafioso de Guerrieri puede decir si yo formé parte de Inteligencia de Campo de Mayo", lo desafió. El aludido quería hablar, pero la abogada defensora oficial Victoria Longo le aconsejó, por gestos, que se callara la boca. Los pocos imputados que declararon, negaron haber participado del secuestro y asesinato de los militantes montoneros.

Más allá de las indagatorias -que forman parte del derecho a defensa- ayer comenzaron los testimonios. Los más relevantes, además del de Chamorro, fueron el de la actriz Liliana Gioia, que fue testigo presencial del secuestro. "Recuerdo que estaba comprando el diario, como es mi costumbre. Entonces vivía en Ovidio Lagos entre Córdoba y Rioja. En un momento el diariero exclamó que algo le llamaba poderosamente la atención, dijo 'vamos, vamos' y lo seguí hasta el bar", comenzó a rememorar. "No veo lo que ocurre en el bar, sino afuera. Yo cuando llego lo que veo es que arrastran a una persona por el suelo. Está boca abajo, vendada, con los brazos también atados atrás. Yo preguntaba '¿qué pasa, qué pasa?', pero nos dijeron que nos fuéramos, que era una cuestión de drogas. Lo que yo veo es que festejan", siguió su testimonio. Gioia contó que le impactó "mucho el episodio coral, ver a varias personas festejando, me lastimaba a mí la forma en que lo sacaban, con esa violencia, esa urgencia, esa rapidez".

También Analía Pellon, que era dueña de la farmacia de Ovidio Lagos y Córdoba, vio cómo sacaban a un hombre "pelado, delgado" que luego, por las fotos de los diarios, reconoció. Era Cambiasso.

El otro testimonio relevante fue el de César Rozas, que era el propietario del bar Magnum, de donde se llevaron al Viejo Cambiasso y a Carlón Pereira Rossi. "Eran las 12 del mediodía, estaba lleno de gente el bar. Entró un grupo de personas, se abalanzó y hubo una pelea en una mesa, mi papá se acercó a separarlos y se llevaron a dos personas", fue el relato del hombre que ese mismo día fue a hacer la denuncia a la comisaría 6ª. El padre de Rozas quedó tan afectado por lo ocurrido en el comercio que poco tiempo después sufrió un ataque al corazón.

La mayoría de los testigos hicieron un gran esfuerzo para recordar, pero subrayaron que "pasaron 32 años" y por eso algunos detalles estaban borrosos.

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Algunos de los represores en el banquillo de los acusados.
 
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