LECTURAS

Madres de la Plaza

 Por Aída Albarran

El pensamiento rebelde no puede prescindir de la memoria

Albert Camus

I

Plaza 25 de Mayo, día jueves. En el centro, un puñado de madres continúa la ronda; a su lado pocas personas las acompañan mientras conversan animadamente. Sé donde me encuentro, sin embargo vacilo, es que la copia tantas veces repetida en los medios de comunicación carece de esta singularidad dinámica e irrepetible que se manifiesta en la plaza. El atardecer comienza a suavizar los contornos, es marzo, y aunque hace calor las hojitas crujientes de los árboles preanuncian el otoño. Me acerco junto a Pablo Alvarez que será el encargado de presentarlas. La mirada se deleita en los detalles casi insignificantes: los gestos, las sonrisas y los rostros que comienzan a definirse inspiran confianza y serenidad. Sin embargo, después de treinta y un años siento como si algo pesara en mi espalda, es el tiempo transcurrido; tal vez mi presencia es indiscreta o tardía. Nos saludamos y de inmediato las palabras dan lugar al abrazo amigable que exterioriza la disponibilidad de las madres para el afecto y el encuentro y hacen dejar de lado la actitud devota tan funcional a los usos políticos del olvido y la memoria.

Había llegado a la plaza porque pensaba que la ronda de las madres era un acontecimiento que formaba parte de un discurso público, un monumento vivo a la conciencia histórica que interpelaba al silencio para que el pasado tuviera voz, para que la tragedia no se repitiera pero además porque estaba convencida de que las anécdotas cotidianas, los sueños y proyectos de sus hijos debían formar parte de otro relato que le imprimiera al recuerdo un sesgo familiar; la evocación los mostraría como habían sido restituyéndoles la identidad que pretendieron negarles. Al contar desde la perspectiva de madre individual, la memoria cambiaría de ubicación, sería más íntima e inalienable; sólo ellas eran capaces de reconstruir esa relación tan breve como intensa para dejar testimonio de la existencia de sus hijos.

Noemí De Vicenzo

Noemí como el mar se aproxima y se aleja; a veces la mente necesita del olvido para continuar actuando y su presente está cargado de futuro. Cuando Gustavo y Darío llegan a la plaza proyecta su amor hacia los nietos, cuando Lara, Sofía, Abril o Miriam, las bisnietas, corren y se le acercan, sus ojos las iluminan. Entonces con tibieza comparte instantes de su vida, borra los clichés de la Historia. "Los dos son buenitos, afirma orgullosa, hubieran podido hacer o ser cualquier cosa, ¡con lo que les tocó vivir, pobrecitos!" De a poco las palabras rompen el silencio, Gustavo y Darío, hijos de Roberto y Miriam Moro, están allí, con la contundencia de sus sonrisas, de sus proyectos, de sus hijas que corretean por la plaza, con esas palmaditas cómplices y cariñosas sobre los hombros de la abuela; desde pequeños los pusieron a prueba. Gustavo me cuenta: "¿Sabés qué difícil era ir a la escuela en esos años y tratar de contestar quiénes eran y dónde estaban tu papá y tu mamá, ¿cómo explicaba un chico que era hijo de desaparecidos?" Pudieron ser o hacer cualquier cosa, pero están en la plaza, no piden venganza ni "mano dura" sino la restitución de ese orden legal que tanto nos cuesta aceptar como pueblo y que ellos todavía esperan; también muestran la cara más humana y reconocible del despojo. A Miriam, su mamá, la asesinaron, estaba embarazada. Tuvieron el triste privilegio de localizar su cuerpo.

Matilde Toniolli

Chocha siente que no puede escribir, es decir dar un orden a los acontecimientos pero desliza algunos instantes mientras conversa de una manera informal, y esa sucesión que no es lineal adquiere sentido y relevancia porque está hecha en carne viva. "Viví en Rosario, en Córdoba y en Buenos Aires, así comienza a dar cuenta de su vida trashumante estaba en Buenos Aires en el 55 cuando derrocaron a Perón, plena Revolución Libertadora. Tenía la panza así", afirma, y hace un ademán mostrando el tamaño de su vientre. "Los dos hermanos nacieron muy seguiditos, fueron muy compañeros y confidentes. Fijate que coincidencia, ¡plena Revolución Libertadora!, pensar que nosotros jamás habíamos sido peronistas y después el Negro empezó a militar en la escuela secundaria y se hizo peronista, quería un mundo mejor. Siempre le creí, le creo a Carlitos, mi otro hijo ya fallecido que tanto sufrió con la desaparición del hermano, él una vez me confió que el Negro le había asegurado que jamás había tenido un arma en sus manos, lo suyo era la militancia".

Chocha cuenta una vida común trastocada para siempre por el terrorismo de Estado. "Yo era tonta, no entendía nada de política, todavía hoy me cuesta. Mirá que tonta habré sido que el Negro se fue a Córdoba y me dijo, mamá no te preocupes, y yo le creí, justo lo agarraron ahí y nunca más lo vi. Después tuvimos que salir de casa para buscarlo, preguntar dónde estaba y vivir la zozobra de proteger a Alicia, su mujer, ella estaba embarazada cuando lo secuestraron al Negro y le faltaba poco para parir. Fue un tiempo de incertidumbre, gracias a Dios ella conservó la lucidez necesaria para proteger a su hijo. Después de un tiempo pudo salir del país y me lo salvó a Eduardo; tuve suerte de no perder a mi nieto".

"Darwinia Gallichio, madre y abuela de la plaza de mayo; miro el espejo de lo pasado. Veo a mis tres hijas concebidas junto a Carlos; Graciela, Stella y Silvina. Revuelvo el recuerdo y pujo mi gravidez de Stella Maris; la beba crece, la niña traviesa, la mujercita de melena sacude su amor interior al ritmo de Lennon y McCartney. Luego la década del 70, fluye el recuerdo, veo una mujer inteligente, alegre. Enamorada de Juan Carlos, flaco y barbudo, se fueron a su casita de barrio Pichincha. Entre liberación, guitarra, política, trabajo, diferencias, discusión y golpe de Estado hubo amor para engendrar a su hija: Ximena, mi nieta.

Stella Maris viaja, junto con ella su amigo Alfredo Berrutti, a la ciudad de Buenos Aires para tramitar el pasaporte en la sede de la Policía Federal: es 5 de febrero de 1977. Durante la mañana secuestran en la casita de Pichinca a Juan Carlos. Y, supongo que al mediodía, luego del trámite, Stella pregunta por el pasaporte de su esposo. Alfredo esperaba en el pasillo de esas oficinas federales y alguien indagó: "quién tiene a la nena Ximena Vicario", Berruti la sostenía en sus brazos: 'yo' responde.... desde entonces enhebran la palabra desaparecidos. Carlos Gallicchio, mi esposo, falleció en diciembre de 1980. Tres meses después de una entrevista que nos concedió el Ministro del Interior del gobierno de facto; Carlos preguntó por el presente y el futuro de la beba, nuestra nieta, y el General Albano Harguindeguy contestó, casi fusilándolo: 'jamás va a encontrar a su nieta porque no queremos que se convierta en una guerrillera'".

Norma Vermeulen

"Yo no desconocía lo que hacía mi hijo, era su confidente, por supuesto lo aconsejaba, máxime cuando las cosas se pusieron feas, pero él me respondía que quería que su hija tuviera un país que mereciera ser vivido. Hoy después de tantos años, si bien no tenemos una democracia plena, pese a sus falencias, nada es comparable a una dictadura, más como la del 76 al 83.

Siempre está en mi memoria, lo que me dijo unos antes de que lo llevaran: 'Mami esté donde esté voy a seguir siendo tu hijo', aún no lo alcanzo a descifrar. Hace 31 años que estoy en la lucha, durante mucho tiempo mi objetivo era tratar de recuperarlo como sea, hoy no sé si es por mi edad y viendo que la justicia fue muy lenta, ya descreo de todo y he perdido en parte la esperanza de saber por lo menos, dónde están sus restos, y además no creo llegar a ver a algunos de los genocidas de Rosario presos, pero no en la casa, sino en cárceles comunes, que es donde deberían estar".

Elsa Massa

"Ya había comenzado su militancia y con ello nuestras discusiones. El 'no te metás' existió. Cuántas veces los padres lo habremos dicho, no porque no estuviéramos de acuerdo con lo que hacían, pero sí para cuidarlos, preservarlos de males mayores; desgraciadamente los acontecimientos nos dieron la razón. Pero algo tengo que reconocerle, con nosotros cumplió. Le habíamos pedido casi rogando que terminara su carrera y lo hizo, después su participación en la militancia se intensificó y con ello su lucha contra las injusticias, los sufrimientos sobre todo de los más humildes y abrazó una causa que consideró justa y reivindicatoria. El, supimos después de su desaparición, debía volver a Rufino, ciudad donde residía y trabajaba ya que Susana, su compañera, médica patóloga, también desaparecida, había instalado un laboratorio.

Lentamente el ómnibus se alejaba y allí en el andén quedaba Ricardo, parado, saludándonos con su brazo en alto. Entre sus manos el sobretodo gris que había quedado en casa. Se lo había llevado pensando que ese invierno lo iba a necesitar. Fue la última vez que lo vi y esa visión está aferrada en mi memoria. No puedo imaginarlo de otra forma, sólo lo que viví en sus 30 años de vida.

Me pregunto, ¿será que mi alocado subconsciente se niega a aceptar la triste realidad de su ausencia?"

Nelly Galasso

Después de la muerte de su hijo Ricardo fue a Córdoba, le habían sugerido que tomara distancia, que buscara otro sitio para macerar el dolor pero luego de un tiempo volvió a la ciudad de sus amores, a la ciudad que vio nacer y morir a su hijo, a su lugar en el mundo donde estaban sus seres queridos. Una vez de regreso cultivó el perfil bajo, pero no es casual que las Madres de la Plaza la hayan encontrado y le ofrecieran compartir la ronda de los jueves, y allí fue a pedir justicia. Cuando estaba por despuntar la primavera del 2009 y hacía pocos días que habían comenzado los juicios, los pasos de Nelly se silenciaron, su cuerpo dijo basta, pero su voz permanece en Gracias a todos, el libro que publicó, animada por sus hijos, poco antes de morir, Nelly encontró el camino de la ficción para arrancarle a las palabras sonidos perturbadores, para reflexionar acerca de la condición humana, para establecer un diálogo que no cesa.

También, cuando debió escribir sobre su hijo lo hizo sin dudar y convirtió lo acontecido en una pieza literaria que estremece de belleza el dolor, tal vez fue el camino que eligió para hacer verosímil lo real, para hacer imaginable lo inimaginable, para dejar su luz en la oscuridad de la muerte.

Esperanza Labrador

"Mis hijos eran buenísimos, tanto Palmiro como Miguel Angel y Tito que se murió electrocutado, y Manoli, la única mujer y la que me quedó. Los cuatro eran excelentes. No hacían mal a nadie, los vecinos los querían. Por esos los mataron por ser buenos, por pensar en los otros, han matado a una juventud entera, la mejor, ellos no querían que hubiese niños pobres, que le faltara de nada a la gente.

Miguel Angel, el más chico, y el único nacido en Argentina, empieza a militar a los 15 años en Tacuara, y luego ingresa en la Juventud Peronista. Se inició con algunos amigos en el barrio. Y luego convenció a su hermano Palmiro para que milite.

Siguen pasando los años, hasta que en 1976 se produce el golpe de Estado, empiezan a desaparecer los compañeros de mis hijos, y todo el mundo anda con miedo. Palmiro y Miguel Angel comentaban: 'han matado a tal o a cual' y eso era muy triste.

Miguel Angel, los primeros días de septiembre sale a vender calzados a las provincias de Santa Fe y Entre Ríos, pero todas las noches llama para contar cómo le han ido las ventas y de golpe deja de llamar. Estuvimos cuatro días sin saber nada y nos avisan que lo han visto en Jefatura de policía de Rosario llevándolo de una oficina a otra. Entonces mi marido consulta a dos policías conocidos, Vitantonio y a Avila, y éste último lo acompaña a jefatura. Nosotros presentamos habeas corpus, escribimos al obispo, en fin todo lo que se podía hacer.

Seguimos buscándolo y llega el mes de noviembre en que nos allanan todas las propiedades, roban todo lo que pueden, nos golpean, y nos dicen que han matado a Palmiro. Entonces cuando ellos se van mi marido va a la casa de Palmiro para ver si esto era cierto, y lo matan. También matan a Palmiro y a su compañera Graciela Koatz.

Nomás enterrarlos y el cónsul de España nos saca de vuelta para allá, en donde vivo actualmente, con mi hija Manoli y su esposo. Nos quitaron a nuestros seres más queridos, pero no nos pudieron robar nuestros recuerdos, eso nunca".

Elida López

"En Mar del Plata el ejército acostumbraba a rodear las manzanas y a allanar casas, no sé si en Rosario ocurría lo mismo, tampoco estoy segura si fue así el operativo en el que se llevaron a mi hijo, pero entraron a su casa. Leticia tenía 10 días estaba en su cunita, a mi nuera la dejaron pero le advirtieron que se quedara allí porque la iban a llamar por teléfono, ella lejos de obedecer se fue con los chicos a la casa de sus padres. Unas horas después recibió un llamado de mi hijo, era evidente que lo habían obligado para sacar información de otros compañeros; en determinado momento dijo: 'para mi estoy en la base naval', en ese instante la comunicación se cortó abruptamente. Esa fue la última vez que lo escuchó o supimos algo de él.

Todo fue y es muy difícil, ahora con los juicios en Rosario revivo muchas cosas; en una de las audiencias escuché a uno de los sobrevivientes de un campo de concentración contar que escuchaba los gritos del hermano como consecuencia de la tortura y también su queja desesperada por el frío que padecía, entonces experimenté como si fuera hoy toda la preocupación y la angustia que yo sentía al pensar en el frío que debía sufrir Adrián en la base". Elida por fin hace una pausa, y me dice: "sabés, allá en el sur hace mucho frío". Asiento con la cabeza, permanezco callada, luego la acompaño, las madres están por recibir una plaqueta de reconocimiento en la plaza.

Las madres no fueron, no son excepcionales ni brujas, son las "locas" de Plaza de Mayo, con ese epíteto trataron desacreditarlas pero lograron lo contrario, distinguidas en su locura no se sentaron a recordar y a llorar en la soledad del cuarto. Su respuesta fue la ronda de los jueves, donde el tiempo se constituyó socialmente y la experiencia personal adquirió un significado histórico, la recreación de la escena formará parte de la Historia pero en el lugar de la escena: en la plaza, se respira la paz de las cosas comunes. Hay que acercarse y escuchar.

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