LECTURAS

Los borrados

 Por Beatriz Vignoli

Inge (a partir de Lardi)

Me animé a hacerme extraer las astillas. Dejé las pastillas. Empecé a salir y a ver amigos cuando supe que uno de mis verdugos se estaba muriendo de cáncer. Había algo de justicia poética en eso. Me reconforta saber que se desintegró en el esfuerzo por destrozarnos. Nosotros no estamos enteros, pero de ellos pronto no quedará nada.

¿Qué piensa el sobreviviente que pretende conquistar a una belleza joven? Piensa: que me ame, que se enamore de mí como si yo tuviera todavía aquella cara, la mía, la que me rompieron a golpes. Que guste de mí como si nada de todo eso hubiera sucedido.

La foto de otro tipo en la mesa de luz. "Este era yo", dijiste. Hablabas como un muerto.

Técnicamente, eras un desaparecido. Concretamente, eras un sobreviviente. Vivías y andabas por ahí con una identidad falsa y no desalentabas (salvo para un círculo muy cercano) la suposición de que el poseedor de tu legítima identidad estaba muerto. De todos modos nadie hubiera relacionado tu cara con aquella foto. Habías adquirido, en el exilio, un acento chileno. No te habían perdonado la vida; habías huido. Vos, y otros dos, se habían fugado cuando estaban por fusilarlos y habían cruzado la cordillera. Podías vivir fuera de la ley porque total eras otro, desde cualquiera de las dos puntas de la alteridad eras otro. Dos puntas tiene el camino y en ninguna estabas por completo.

Se está muriendo de cáncer de pulmón porque fumaba toda la noche, me acuerdo. Salí con asma, por el cigarrillo del verdugo y los seis años de privación de sueño. Me acordé mucho de vos. Vos tosías todo el tiempo y decías que era por la tortura. Yo no sabía qué decirte. Supuse que aquello se arreglaba con psicoanálisis. Era asma, asma por stress. Yo no podía soportar oírte toser y no te lo decía, y vos no tomabas nada para aliviar la tos. Tampoco dormías, salvo con pastillas, y no dormir te agravaba la tos. En tu cama, tuviste que pedirme que te abrazara. Ahora yo te pediría que me dejaras abrazarte.

Tenías la piel muy suave y la espalda muy blanca, con pecas, y un olor dulce. Pero no pude enamorarme de vos porque se interponían tu tos, tu cara que ocultaba sus fracturas debajo de los anteojos gruesos y la barba espesa, tu furia contenida que sólo te permitías expresar a través de ingeniosos pero amargos sarcasmos (que me sacaban de quicio a mí) y, sobre todo, mi lástima y mi incapacidad de sentir genuina compasión. Tus sarcasmos se ensañaban contra tus ideales, los que te habían llevado a la tragedia.

Ahora sé que no eras un quebrado; eras un adulto. La desilusión viene con la madurez. Hubiera venido sola de todos modos; viviste para saber que los verdugos trabajaron en vano y, si su obra te enfurecía, lo absurdo de su obra tal vez te causaba algo de gracia.

Ahora, tarde, me he enamorado de tu humor amargo y lo imito. También imito tu forma de hablar. Te recuerdo como si fueras un amigo de la infancia. Te quiero tardíamente, ahora que no estás, y si estuvieras no sé si me querrías, no sé si amarías esto en lo que me he convertido. Tarde comprendo que en tu forma de hablar se concentraba una voluntad de belleza, unas ganas de volver a tener esa belleza que te habían arrebatado.

El tiempo, dice el poeta, es un verdugo; el verdugo es un tiempo cruel que se acelera.

Me levanté de la cama con el preservativo en la mano. "Pudo ser el Mesías", te dije, antes de tirarlo por la ventana de tu departamento. Esto fue hace quince años. Vos te reías. Sé que fuiste feliz en ese instante. Feliz, como si nada de aquello hubiera sido.

Alexis (para Ernesto)

Me gustaba el pibe. Algo en él no terminaba de gustarme, pero debo confesar que el pibe me gustaba. Aquello de él que no me gustaba del todo no parecía hallarse en él sino en otra parte: iba como rondándolo, detrás o alrededor. Me gustaba porque me hacía acordar a unos árboles que se me habían aparecido últimamente en sueños: unos pinos de corteza rugosa, altos y silenciosos como si guardaran silencio sobre algo. Me gustaba la lucidez, la aparente madurez con que el pibe me había hablado del silencio y de la angustia del que calla. Yo no lo veía como a alguien de otra generación sino como a un igual. Él se distanciaba cortésmente. Aunque nunca pude atravesar esa distancia, logré arrimarme a él con excusas y propósitos variados. Le encargué trabajos, hablé bien de lo que hacía. Me gustaba lo que el pibe hacía y lo comentaba con mis iguales desde ese lugar anfibio que he venido a ocupar entre las generaciones. Su madre tiene mi edad; él me habló de ella y de sus abuelos. De su padre únicamente me dijo que había muerto.

Alguien, hace poco, agregó un poco más de información. No mucha, apenas la suficiente como para que la figura de aquel padre muerto comenzara a importarme.

A mí el pibe me gustaba y por eso yo demoraba insensatamente el momento en que visitaría su casa. No me había dado su teléfono pero sí su dirección y aprecié ese gesto de confianza. Pero no sabía si iba a estar a la altura. Con el pibe nunca me sentía a la altura. Siempre me quedaba con la sensación de estar debiéndole algo. Ya no era más un pibe sino un hombre joven, limpio, correcto y ordenado. Pero tenía una elegancia bohemia y como sin patria, algo que me hacía identificarme con él. Supuse que éramos dos nómades, dos huérfanos. Supuse que él vivía con su hermano en un monoambiente. Me imaginé que al llegar a su casa yo le daría un gran abrazo de cariño desinteresado; el tipo de don que no me creo capaz de dar, pero me imaginaba cambiada por aquel padre.

La casa era lo más distinto de un monoambiente que pudiera imaginarse. Amplia, elegante y con patio, todos los materiales nobles que la constituían llevaban inscripto el signo de la herencia. No reconocí al pibe cuando abrió la puerta. Lo que vi fue otra cosa, otra persona: te vi a vos, como eras hace veinte años, cuando yo iba a tu casa y vos me hacías pasar a la cocina y me preparabas café. El pibe estaba en cuero pero su torso desnudo, que yo había esperado ver con ansia y curiosidad casi místicas, ya no me seducía en absoluto. El seductor que él era fuera de su casa había desaparecido por completo y en su lugar había otra persona, un chico de anteojos parecidos a los que vos usabas en tu casa, cuando ponías el pocillo del café adentro del microondas para entibiarlo en invierno, un gesto civilizado y considerado de entre los muchos gestos civilizados que tenías hace veinte años, y que supongo tendrás también ahora, gestos que me enternecían pero que al mismo tiempo me entristecían porque yo no era así, aunque tratara de imitarte, nunca iba a poder ser tan buena como vos y eso nos alejaba.

Fue como en esas películas donde los personajes viajan en el tiempo a su propio pasado pero conservan su cuerpo del presente. Ahí estabas vos, con tus veinticinco años, abriendo la heladera para servir un vaso de agua fría, y yo ahí sin mis veinticinco años pero con mis cuarenta y cinco, como alguien a quien el pibe le explica sus planes: "Primero estudiar, después recibirme, después escribir. Cada cosa a su tiempo". El pibe hablaba como un padre, hablaba como si fuera el padre de sí mismo, y cuando mencioné al que conocía a su padre se limitó a un comentario seco. "Muchos lo conocieron", dijo.

Y entonces comprendí qué era lo que había comenzado a desagradarme de su cuerpo. Eso que me disgustaba ya no lo rondaba: encarnaba en él. Era el suyo un cuerpo en lugar de otro cuerpo. Aquel padre había migrado, en la distancia lo había engendrado ("Volvía siempre a la ciudad y siempre traía cosas", me habían dicho; era probable que se lo hubiera visto muchas noches en un bar que quedaba cerca de aquella casa) y después había muerto y era el hijo quien había vuelto a la ciudad, a la casa de sus abuelos, a la hermosa casa que (según supe luego) era la de los suegros de su padre.

Aquel padre insepulto, tal vez muerto fuera de la ciudad, no había vuelto jamás. Era el hijo quien volvía. Y eran del hijo ahora la casa, la heladera y la botella de agua. Al hijo pertenecían la vida y el futuro. A él, el arte y los años. Del padre no quedaba ni siquiera el vacío. Para los amigos era una leyenda pero en la familia ni se lo nombraría. Era el hijo perdido, nocturno, caído de la serie. Aunque no se había suicidado, cuando oí su historia y la cotejé con la de su hijo se me ocurrió que aquel padre se había eliminado. Y yo no terminaba de comprender por qué lo había hecho. Ahora entendía. El cuerpo flexible y espléndido del hijo, ese cuerpo sano en su edad más vigorosa, con sus anteojos parecidos a los tuyos y su cabello suelto, y su diploma a apenas un verano de distancia (como vos, que te recibiste en marzo, igual que yo) seguramente calzaba como un guante en los sueños de los padres de su padre, de donde el padre se había desgajado.

Todo lo que habían soñado en vano para el padre, todo aquello era la brisa cantora y silenciosa que al fin envolvía, como a un alto pino azul, el cuerpo del hijo. Aquel hijo no había matado al padre: para matar hay que ocupar un lugar distinto al que ocupa lo que se mata. No se puede matar lo que ha sido borrado. El padre se habría caído de la serie como un premolar que deja espacio para que la ortodoncia tire del resto de la encía en una boca donde los dientes son demasiado grandes. Tal vez no hubiera ni siquiera una velita conmemorativa para aquel padre. El espacio inmenso que ocupaba el hijo (la seguridad de aquel muchacho que hablaba de igual a igual con adultos de cuarenta y cinco años) era parecido al que quizás habían, de jóvenes, ocupado mis padres. Ellos habían borrado a mis abuelos y ahora, como abuelos, borraban a sus hijos para abrazar a los nietos. Yo no podría, ya no podría, abrazar a aquel hijo. Era un zombi viviente. No era culpable pero era parte de una borradura que no le hubiera servido de nada evitar.

Vos no tenés hijos y yo tampoco. Bendito seas, bienaventurado seas. Una vez, cuando teníamos diecisiete años, me dijiste: "Yo no soy el zombi de nadie". Era una frase que habías encontrado en un libro. Un libro para jóvenes, un libro del siglo pasado. Lo leí hace un par de años y no entendí una palabra. Ahora estarás cenando en el restaurante vegetariano chino, donde podés poner la comida en el microondas y se entibia el plato.

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