LECTURAS

La virgen de San Martín

 Por Juan José Bereciartúa

Miradas

17 de agosto de 1950 Hora 12:06

Con prolijidad digna de la escuela primaria, todo el mundo clavó las rodillas en los reclinatorios de los bancos cuando el Padre Ciriaco elevó los brazos al cielo concibiendo una cruz y dijo, los ojos cerrados, Oremus, aufer a nobis, quaesumus, Domine, iniquitates nostras. Per Christum Dominus nostrum. Amen. María Ursula, las largas puntas de su nueva mantilla cruzadas sobre el pecho, sobre el pecho las manos entretejidas aprisionando el misal, siempre la sonrisa torpemente descolocada en la boca, María Ursula, a quien ya se vio antes levantarse entre las primeras y que ahora considera la presión de su cuerpo sobre las rodillas, siente una sensación desconocida, siente una leve y metafísica onda que recorre su mantilla como si un aire impropio hubiera hecho su ingreso desde el atrio y ahora estuviera contagiando su miasma. Otra vez recuerda que dos filas detrás y a la derecha está la mirada, la masculina mirada perforándole la mantilla, clavándole la nuca. La mujer que se ha arrodillado al lado de la masculina mirada, que ha tomado con fuerza la mano de la mirada, que parece pretender quebrantarle dedos y uñas ya que no puede hacer lo propio con el cuello, que ha percibido la dirección exacta de la mirada porque otras veces también... esa mujer clava las uñas en la palma húmeda de la mirada, parece liberar una mínima parte de odios largamente acuñados intentando desgarrar los dedos rígidos del Pachi, guacho de mierda, hasta cuándo la vas a mirar, tanto te gustan las vírgenes. Pero hay otras miradas en esta solemne misa recordatoria. La misa se tensa de miradas que se cruzan, que se interceptan en una infinita telaraña que une, que ata, que aprieta, que aprisiona a todos los integrantes de esta especial ceremonia. María Úrsula gira su cabeza hacia atrás por un instante y percibe la telaraña de miradas. Quizás nadie más vea este fenómeno, nadie más pueda disfrutar de esta mágica visión, de esta nube de miradas cruzadas establecida sobre calvas, mantillas y gominas, de a ratos meciéndose como si hubiera vientos que la desarmaran y la volvieran a construir.

Hay miradas profundas, de miedo, de angustia, incomprendidas, y las hay tan gruesas y consistentes que, si se observa bien, a éstas se las puede ver como una red de hilos iluminados por el sol de los ventiluces que rozan el techo, el sol que denuncia al cura en su cruce con el capitán Onganía, a María Úrsula y su madre con el cura, a Pachi con Nemesio Ribonetto, a don Heriberto Gil con el comisario Payoni, y así se sigue engordando y tejiendo la doliente telaraña de miradas que enlaza tantos espíritus en guardia. Todos parecen inmersos en el temor de que aquí suceda algo extraordinario, alguna aparición extraña, alguien que llegará desde otra dimensión a castigar o a premiar, a definir de una vez por todas, la suerte de este pueblo.

Hace un rato, en el nuevo Arco, mientras se desarrollaban los fastos del centenario de la muerte del Padre de la Patria, perdida, o mejor dicho, oculta entre el numeroso público, María Ursula estuvo imaginando que podría haber miradas electrizadas o miradas piadosas. Mientras presenciaba los espesos cruces que también se habían producido en el acto, supuso entonces que habría varios que caerían fulminados y otros y otras a los que se les adornaría la cabeza con ángeles, con estrellitas, con flores, según quién los mirara. Luego del acto, María Ursula había partido en medio de la gente hacia la misa. Mientras caminaba junto a su madre, al cruzar la plaza, no pudo evitar dirigir sus ojos hacia Sotero, el hombre que supo declararle su amor. Sotero Hernández llevaba casi nueve meses de hambre, recostado contra la pared del único monumento de la plaza. Recordó el insensato desafío que allí lo sostenía, su insensata promesa, los motivos de ese ayuno interminable. Sintió como agujas de culpa clavándosele en todo el cuerpo cuando vio lo que restaba de Sotero, allí, su color amarronado, las telarañas que estaban terminando de cubrirlo y la comprensiva muerte que seguramente estaría impacientándose detrás de algún árbol.

Evangelista en misa

17 de agosto de 1950 Hora 12:07

Debajo del roble, Evangelista se despertó sobresaltada presa de un negro y recurrente sueño. Otra vez calor, llamas que la devoran, a ella y a sus crías, a sus crías y a sus padres, todos allí recibiendo el digno castigo por haber nacido. Recordando en el acto su genético instinto de guardiana se paró, saltó sobre sus cuatro patas, guau a quién hay que morder dónde estoy cuánto dormí a quién hay que asustar me dejaron sola a mí a la mejor amiga con amigos como éstos... Después de agacharse sobre los remos delanteros, casi ocultando entre ellos la cabeza, después de estirar músculos y tendones como mandan sus ancestros, se encaminó con pasos dudosos hacia la iglesia.

En el atrio estaban todos los que había visto antes de su siesta y todavía algunos más. Entre los oscuros y holgados pantalones, algunos con un brillo sólido como si hubieran nacido con él, se abrió paso hacia adentro con el hocico, guau a ver a ver dejen pasar a ver qué anda ocurriendo allá adelante. Fuera perro, qué cosa, hasta cuándo va a entrar cualquiera en esta iglesia, hasta los perros. Después de cruzar el vano de la puerta y apartar con el lomo los brillos oscuros de unos hombres que estaban clavados detrás de los bancos, se paró en medio del pasillo central, guau cuántas cabezas cuántas espaldas todos sentados qué estará pasando. Avanzó tres pasos más y entonces se detuvo en seco, las uñas que intentan clavarse en un mosaico negro, un miedo desconocido que la inunda, una rígida visión la paraliza. La perra cree ver... ve a alguien en el altar vestido de blanco sin mácula, de luz, los brazos abiertos, de espaldas, ve extraños hilos de sol enmarañados flotando en el aire, una telaraña de hilos que se entrecruzan sobre la gente sentada, también hay oscuros vahos como fumarolas que nacen de algunas cabezas, y ve otras cabezas, muy pocas, giradas hacia algún costado, pero la mayoría enfocadas hacia el hombre luz que, siempre de espaldas, se esfuerza en gestos ampulosos, todo en medio de un extraño olor como de carne quemada que le entra por la nariz y le rebalsa los pulmones. Y el hombre de blanco parado en el fondo que dice Oramus te, Domine, per merita Sanctorum tuorum, el hombre de blanco parado en el fondo que se inclina hacia adelante, el hombre de blanco parado en el fondo que ahora se ha dado vuelta y la mira desde su incomprensible altura, Dominus Vobiscum escucha Evangelista.

Un negro escalofrío le recorrió el espinazo y entonces se hizo cargo de su absoluta soledad animal, de sus trémulos dientes que interrumpían el oscuro silencio. Recibió los flechazos de varias miradas, de humanos ceños fruncidos y después, como obedeciendo a una orden celestial, todas las cabezas giraron hacia ella. Allí pudo darse cuenta de que en todas las miradas había signos de miedo, de angustia, de incertidumbre podría asegurar, como si cientos de ojos se le hubieran clavado buscando en ella quizás a Alguien que se espera con desesperación. Entonces su terror le abrazó el pescuezo y la hizo retroceder. Desandando el exacto camino que había recorrido, se pensó una estatua de sal retrocediendo, abriéndose paso con la cola, con los cuartos traseros a contrapelo, con lo que fuera, quién piensa en despeinarse ahora, le pareció que era desde el blanco infierno, desde un horno de cuerpos calcinándose desde donde miles de ojos oscuros la miraban. Por favor, otra vez este perro, cómo va uno a concentrarse en las acciones del Padre Ciriaco con esta permanente circulación de animales por entre las piernas.

En las últimas imágenes que la perra pudo discernir del sagrado ámbito, espiando por entre varios pantalones, cuando su cabeza seguía apurada a su cuerpo retrocediendo por entre las arrugas de varios pantalones, logró ver con nitidez los movimientos de la boca de un penitente ubicado al borde del pasillo a la derecha, los movimientos de esa boca enmarcada por un bigote negro y grueso partido al medio. El hombre azul noche con rayas le decía a una dama beige clarito sentada dos filas adelante, en la otra hilera de bancos, le vocalizaba en silencio una palabra incomprensible para ella. Siguió retrocediendo hasta salir del atrio, guau, quién me mandó esto no es para mí yo sólo quería ver si había lugar para esta fiel servidora guau el cielo debe ser hermoso celeste comida guau perros para elegir no quiero ir al fuego cómo se hace cómo se hace. Pobre animal, no se conoce ella misma, cree tener alma, cree tener derechos reservados sólo a los humanos, o mejor dicho a ciertos humanos. Afuera trató de relajarse aspirando nuevamente aire puro. Ya recuperada la tranquilidad, pensó en volver a su siesta, guau sí mi siesta allí adentro pasan cosas raras esa telaraña sostenida entre oscuros vahos cabezas humeantes imágenes borrosas guau las vi o me pareció sí mejor sigo la siesta todavía la misa está en lo mejor. Se recostó de nuevo en el lugar que había abandonado hacía minutos, todavía la tibieza dulce de la tierra, y se puso a pensar en la palabra que un exacto traje azul noche le había proferido a un ajustado cuerpo beige clarito, a su altiva cabeza cubierta. Lo natural sería decir que apenas cerró los ojos la perra se quedó dormida, qué otra cosa podría hacer una perra, se sabe de su innata desmemoria. No fue así, pobre animal, la naturaleza ha fallado otra vez. La palabra que había visto volar entre las hileras de bancos le repicaba ancha y consistente entre oreja y oreja, entre ojo y ojo, le subía por la nariz, se le clavaba en el fondo del paladar, le desacomodaba las neuronas de una manera inexplicable, nadie podría hacer nada por ella, una lástima, fiel amiga del hombre. Hasta el prematuro final de la misa la atormentada cuadrúpeda deberá soportar su insomnio cruel, una pegajosa sensación de vacío dominada por una palabra de cuatro letras bailándole en la punta del hocico.

Aguas milagrosas

Mirá Pachi, esto es mucho más fácil que las otras veces que viniste y no hace falta andar rezando ni pidiendo peras al olmo, dijo la mujer apoyada en la puertita de entrada a su vivienda en el barrio de la cancha. Como cada vez que se había llegado hasta aquí, el Pachi debía olvidarse de que tenía olfato, respirar quizás con la boca e intentar concentrarse en la emergencia que lo traía sin reparar en el aspecto, en los olores, y en general en la repugnancia que le producía la suciedad extrema que invadía a esta mujer y a su entorno. Se estaba fijando en su vestido mugriento y raído y en el pelo largo y blanco con restos de comida y de tierra, cuando le hizo la pregunta, la que encerraba su duda desde que decidió venir a verla. Yo hasta ahora no lo pude curar al Lito, le contestó la vieja, porque la Pancha nunca me lo quiso traer, sabés, y así le va al pobre desgraciado, sigue loco y malo y peligroso para cualquier mujer, y así va a seguir mientras no hagan lo que yo digo. Lo llevan de Ciriaco, como si con lo que él le hace o le dice se va a curar... qué se va a curar, peor va a quedar. Lo que pasa es que a esta pobre vieja nadie le hace caso, nadie me hace caso porque yo vivo acá, en este ranchito, y yo curo sólo con mis yuyitos y con la palabra. Sin embargo vos lo sabés bien, Pachi, vos sabés bien que cuando me viniste con la panza de esa piba enseguida le hicimos lo que correspondía, con los yuyos que correspondía, y bien que lo escupió a las pocas horas y sin que se entere nadie, te acordás. Y te acordás esa vez que te habían salido las verrugas ahí, ahí donde no te da el sol, te acordás, bueno, acordate que después que enterramos la carne picada que yo te refregué por las verrugas, nunca más te volvieron a salir. Pero hay muchos que no me tienen en cuenta, que no la quieren a la Vieja Arduzo y entonces van a la misa para que Ciriaco los cure, cuando ni él mismo se puede salvar ya de la enfermedad que tiene, el pobre. Y si no capaz que van del Santito Donato, que habrá sido muy buena persona acá en la tierra, pero de curar, nada, eso, de curar, nada. Bueno, pero ahora que me consultás te digo, al Lito lo que hay que hacerle son los baños. Vos sólo fijate la forma en que lo convencés para que venga una mañana para acá. Hay que aprovechar antes de que se vayan los fríos y las heladas. Avisame el día antes y ya está, yo preparo bastante agua, bastante agua caliente, como si fuera para una carneada, ¿viste? Yo enciendo la leña a eso de las cinco y así la tengo lista para cuando me lo traigás, a eso de las nueve. No le expliqués nada, total no te va a entender, o mejor decile que... qué se yo, que lo vamos a bañar para que les guste más a las chicas, para que las chicas se le tiren encima. Lo que sí, me vas a tener que ayudar a desnudarlo y a convencerlo para que meta todo el cuerpo en el agua caliente, bueno, caliente aunque no tanto como para que se queme, viste, pero sí le vamos a hacer lo más caliente que aguante. Después de cinco minutos lo sacamos y lo metemos en la bebida de las vacas que tengo atrás. Vos me vas a ayudar a tenerlo, y me controlás las aguas, la fría, si está escarchada, primero le sacás el hielo para que el Lito no se espante. Y así, le hacemos diez veces en cada agua intercalando fría y caliente, y otra vez fría y después caliente. Eso le va a hacer bien, es lo único que lo va a curar, porque el Lito tiene el cerebro con muchas rayas, sabés, tiene demasiadas rayas, y encima tiene algunas que se le cruzan. Vos viste cómo son los sesos de las vacas, tienen rayas oscuras. Bueno, el del Lito es igual, o parecido, nada más que un poco más chico. Entonces lo que hacen las aguas es ir alisándole esas rayas porque las rayas le aprietan los sesos y entonces piensa mal y hace las porquerías que hace. Yo te aseguro Pachi que en cinco o seis sesiones que le hagamos las aguas el Lito queda curado, convencelo mañana mismo, a vos te cree, te quiere, me parece que a vos te hace caso a cualquier cosa que le digás. Después del tratamiento, si querés decir que lo curó tu santo, o tu noviecita como decís vos, mientras me pagués, a mí no me importa. Y si querés te puedo seguir dando soluciones. Y a este milagro sí que lo vas a poder anunciar con bombos y platillos con la anticipación que quieras, si eso es lo que te preocupa, si querés decir que fue una curación de la María Úrsula, decilo nomás.

Los trapecistas a salvo

Señoooreees y señoooraaas. Respetable público de esta progresista localidad, por favor Berenjena no se cruce que estamos terminando de tensar la red. Bien, decía, respetable público de Ordóñez. Ahora, como número final, antes del dramaaaa, tengo el incomparable honor de presentar a todos ustedeeees, que suenen las trompetas, presentarles el número esperado por todoooos. Señoreeees, con ustedeeeees, loooooos trapecistaaaaas. Más fuerte las trompetas. Aquí están. Capaces de hacer detener el corazón con sus acrobacias. Dueños de un coraje a toda prueba. Aquilatando años de ensayo para llegar al cenáculo de los elegidos. Después de haber mostrado sus proezas por el viejo continente. Después de haber obtenido un rotundo éxito en Buenos Aireeees, tengo el sumo placer de presentarles aaaaa..., Los Dioseeees dellll Trapecioooo... Los recibimos con un fuerte aplausoooooo. Gracias. Gracias. Guau menos mal alcancé a colarme justo guau un agujero de la carpa rota la carpa ese milico una patada me tiró una patada me erró milico tenía que ser. Guau me perdí lo mejor de Berenjena y Remolacha por lo menos acá veo bien los tipos éstos están locos pruebas entre las sogas guau y las luces mamma mía un día se van a enredar y a mí no me digan nada yo les avisé después tengo la culpa de todo siempre hay alguno se la agarra con nosotras. Guau me perdí las pruebas de los leones aunque ver sufrir así pobres bestias guau ya demasiado tengo que mirar para otro lado paso por el patio del circo los veo ahí en las jaulas ganas de llorar igual los tres elefantes pobres elefantes grandotes sí que no se puede mirar. Bueno pero ahora yo me quedo acá al ladito de la silla de la María Ursula guau nadie moleste mirar para arriba un rato. Qué plato todos con los cogotes arqueados para arriba todos en la punta de la silla todos que no sea que alguno se caiga más abajo de la red no van a llegar con la red cualquiera qué plato alguno se zafara. No no puede ser allá atrás de todo contra la lona atrás está el Pachi guau con una mujer el Pachi no mira a los trapecistas se pierde lo mejor si será tonto le dolerá el cogote la mira a la María Úrsula los ojos grandísimos la sigue mirando cómo la mira. Ella no le da bolilla ella sí mira para arriba qué raro si la María Úrsula a veces con él. Mejor me dedico a mirar a los cosos éstos si aprendo alguna pirueta. La madonna para no caerse guau llegar juntos juntos juntos en el mismo lugar del aire de arriba de la carpa agarrarse tan justo en el aire da algo de julepe miedo mirar yo ni loca mejor descanso. De aquel lado también está la Magdalena no mira para arriba qué raro lo mira al Pachi también se pierde a los cosos estos escribe algo siempre escribiendo guau qué difícil debe ser para algo en el Unión no del Pachi no del circo pero entonces que mire para arriba qué va a sacar qué va a escribir mirándolo siempre al Pachi lo único que sabe es mirarla a la María Úrsula. Raro cómo mira la María Úrsula para arriba está concentrada ni se le mueven las patas ni las orejas ni el morro ni los ojos guau como de piedra de fierro ya sé tiene miedo porque han sacado la red los cosos se van a tirar sin la red ay mamita yo no miro no miro no quiero mirar no mirés María Ursula no mirés a ver si se caen tengo un presentimiento María Ursula no mirés María Ursula a soñar después mejor me tapo los ojos. Ay cuidado qué pasó todos se levantaron de golpe qué pasó los cosos no están arriba guau se soltaron ahora están acostados en el aire a la altura de la red una nube transparente en medio de una nube transparente cómo puede ser pero si la red no está los tipos ahora se paran en el aire pero la red no está guau están flotando dentro de la nube no entienden pobres se miran no les falta nada no lastimados ojos grandotes miran para abajo la gente la boca abierta todo el mundo las manos en el morro menos la María Ursula se quedó sentada se ríe se ríe para ella me parece le dice algo a la madre sigue sentada para mí fue la María Ursula algo hizo los ojos la mirada fija para arriba sí estoy segura fue la María Ursula guau a mí no me la cuentan los tipos se salvaron la nube ya no está quién escondió la nube. Todo el mundo aplaude todos respiran mucho se ríen todos hablan y comentan no el Pachi no el Pachi viene para acá la María Ursula lo ve y se va para el otro lado otro rincón guau la lleva a la madre del brazo y se va a buscar espérenme yo también voy agarra una silla para ir rápido del otro lado de la carpa el escenario para ver el Drama yo también voy vamos vamos a guardarnos un buen lugar no me quiero perder "Mate Cosido" guau otro circo que vino ya la dio esa vez me gustó mucho los actores muy macanudos los actores en los personajes vamos a ver si éstos también.

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